9/1/14

Ya no había más tiempo para seguir durmiendo

Miércoles 9 de enero de 2013, 5:30 AM: la voz de tu mamá desde el living me despertó. Las contracciones empezaban, ya no había más tiempo para seguir durmiendo. Hicimos bien todos los deberes, esperamos un rato y llamamos a Marta -la partera- que nos hizo las preguntas de rigor y dijo que nos encontrábamos en la clínica en un par de horas. Antes de las 10 de la mañana, un mensaje de texto confirmó la reserva del taxi: “El móvil 403 patente IAG 617 arribará en 12 minutos.” Llegamos a la Suizo, le avisamos a Marta y nos sentamos a esperar a que nos venga a buscar. Nos hizo pasar a una habitación para revisar a tu mamá y confirmar lo que estábamos esperando: ya tenías ganas de nacer.

Miércoles 8 de enero de 2014, 11 AM: hace (casi) un año que saliste de la panza de mamá para llenarnos la vida -y el departamento- de risas, pañales, llantos y juguetes. Ahora estás durmiendo la siesta en la cama grande, mientras yo escribo sentado en el sillón y Rosi trabaja desde casa, (todavía) en camisón. Me tomé esta semana de vacaciones para cuidarte y además compartir con vos el día de tu primer cumpleaños.

Hace un tiempito ya que aprendiste a gatear, así que andás para todos lados esperando que alguno se distraiga para poder abrir todas las puertas que no te dejamos abrir. El no Charo se ha vuelto una constante de estos días. Ya te salieron seis dientes, te metiste muchas veces a la pileta y tomás la mamadera sola. Te encanta aplaudir y hacernos aplaudir a todos. Cuando estás chinchuda ponés cara de chanchito y si te hago burla te reís (me encanta que te rías). Cuando te reís se te hace un pocito en el cachete derecho (y en el otro no). Sos la nena más linda que existe en el mundo.

Jueves 9 de enero de 2014, 0:30 AM: se terminó el miércoles y ya empezó tu cumpleaños. Ayer a la tarde después dormir la siesta y tomar la leche, fuimos a la peluquería a que te pongan (todavía más) linda para los festejos que se vienen. Ahora vos y tu mamá duermen en la pieza mientras yo escribo en el living. La noche está hermosa y no hace tanto calor como un año atrás.

Hay algo que a veces me sorprende sobre mi -ya no tan nuevo- rol de padre: la ausencia de miedo y/o preocupación con la que vivo (y viví desde el momento que me enteré que ibas a venir) el día a día, la naturalidad con la que -siento- me dejo llevar por cada situación. Esto no quiere decir que hago todo bien ni nada por el estilo, sólo que simplemente no me resulta común entrar en estado de pánico o de “y ahora qué hago”. Estimo que deber ser algo positivo, al menos yo lo pienso así. Como si hubiese tenido guardadas en algún lugar de mi cabeza las instrucciones y el sólo hecho de que hayas nacido las hubiera desbloqueado.

Hace mucho que no escribía -casualmente lo último que publiqué es de cuando todavía estabas adentro de la panza- pero tenía ganas de regalarte algunas líneas en este día tan especial. Justo anoche hablábamos con Rosi sobre (todo) el trabajo que significa ser padres. Hoy se cumple un año desde el momento en que se acabó el tiempo para seguir durmiendo. Vos llegaste para revolucionar todo, hasta nuestra forma de sentir.

Feliz cumpleaños Chuleta, te quiero con todo mi corazón.

19/9/12

Papá está Creisi

Messi le imprime vértigo a la realidad cada vez que pisa una cancha de fútbol. Cuando los periódicos hablan de que le falta un gol para alcanzar un nuevo récord, él va y mete tres en el mismo partido, superando el récord del récord. “Tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi”, dice Hernán Casciari. Porque de eso se trata, al caer en la cuenta que somos contemporáneos de este enano maravilloso que llegó al punto de dejar en ridículo a las estadísticas, simultáneamente nos vemos invadidos por la pena de lo que ya fue y – por ende – no puede volver a ser. Por momentos parece capaz de ganarle al futuro. El sábado 2 de junio, Argentina venció a Ecuador en el Monumental por Eliminatorias y Messi festejó su gol metiéndose la pelota debajo de la camiseta. Quizás,  dentro de unos cuantos años, cuando yo esté más viejo y vos – quién  te dice – tengas hijos, les podamos contar que una vez Lionel Messi hizo un gol jugando para la Selección y lo festejó igual que el abuelo. El día que Messi me copió el festejo.


Ya se terminaba el primer tiempo cuando el Negro Ampuero se metió en el área, enganchó, lo tocaron y el árbitro cobró foul. Yo agarré la pelota y empecé con el ritual de siempre: sosteniéndola con las dos manos la apoyé sobre la mancha blanca que indica el punto penal y haciendo un poco de presión la dejé sobre el pasto. Con el botín derecho pisé la tierra a un costado para asegurarme que estaba firme. Caminé para atrás varios pasos tomando carrera y me paré de frente al arco, con los brazos en jarra. Con un golpe de vista miré al arquero y también al árbitro (el orden no es importante). Volví a mirar la pelota y esperé el silbatazo. Ese instante en el que toda la atención está ahí, a doce pasos de la línea de gol. Corrí en diagonal hacia el punto del penal y le pegué con cara interna abriendo el pie derecho. El arquero se jugó a la izquierda, la pelota entró junto al otro palo, rebotó contra la red y volvió hacia donde estaba yo. La levanté y me la metí debajo de la camiseta. Vos estabas lejos, te habías ido de viaje por Europa en la panza de mamá. Paseando por Berlín, todavía eras una hermosa noticia que algunos pocos conocían. Pero ese mediodía de otoño fuiste, durante algunos segundos, esa pelota fría pegada contra mi abdomen. Fuiste esa corrida – con beso en la falsa panza incluido – que terminó en abrazo con el tío Larva. El partido fue derrota para el Creisi Mayin, nos fuimos calientes porque ese resultado casi que nos despidió de la lucha por el campeonato. Sin embargo ese sábado a la noche, mientras miraba el partido de Argentina en casa y lo veía a Messi festejar su gol, yo pensaba en vos y en la cara se me dibujaba una sonrisa.

31/5/12

Viggo, el Kun y los milagros

¿Qué hace que una multitud que observa con atención y nerviosismo como veintidós tipos corren atrás de una pelota, repentinamente se encienda y comience a cantar (gritar) a coro y como si en eso se les fuera la vida?¿Qué es lo que produce que una persona desde el escalón de cemento de una tribuna – y por el sólo hecho de saltar en el lugar –, se sienta repentinamente capaz de lograr que esos jugadores que visten la camiseta del club de sus amores corran más rápido, salten más alto o pateen más fuerte? ¿Por qué una pelota que se estrella contra el fondo de una red es capaz de producir lágrimas de emoción cayendo por las mejillas del hincha que festeja el gol? ¿Adónde se origina tanta angustia?

Hace un par de domingos me desperté después del mediodía y, todavía desde la cama, escuché el grito de gol del relator que salía por los parlantes del televisor. Creo que no existe un despertador más efectivo: me levanto y camino hasta el living casi como si fuese un acto reflejo. No necesito saber ni quién juega ni por qué liga. Escucho la letra "o" multiplicarse en el tiempo y rápidamente voy en busca de las imágenes. –Gol del City –me dice mi viejo que mira el partido parado, adelante del sillón. –¿Cómo van? – retruco mientras hago un esfuerzo por despertarme del todo. –2 a 2. Ya termina. El United ya ganó. –Con apenas un puñado de palabras me describe cuál es la situación. Manchester City está a punto de dejar escapar la posibilidad de ser campeón después de cuarenta y cuatro años, en su cancha y jugando contra un equipo que lucha por no descender. Se juega la última fecha y está obligado a ganar. Miro el relojito en una esquina de la pantalla que indica “+5”, es decir, se va a jugar hasta el minuto 50. Van 46. El relator dice que “sólo un milagro” podría darle el título a los de celeste. Minuto 47 y 20 segundos: Agüero mete un pique corto entrando al área grande, amaga ante la estirada del defensor y saca el latigazo seco al primer palo. Milagro. En la ciudad de Manchester los fanáticos del City enloquecen. Simultáneamente, acá en Buenos Aires, mi viejo y yo largamos un grito corto y espontáneo: ¡Gol!


Aquel domingo deseé por un momento haberme criado en algún rincón Manchester y ser hincha del City, para poder gritar – como gritaron ellos – el histórico gol del Kun. Un poco más acá en el tiempo sin embargo, también domingo pero por la tarde, son los otros los que anhelan estar mis zapatos. Mientras camino sonriente por las calles del Bajo Flores yendo a tomar el colectivo, meto la mano en el bolsillo del jean, saco el celular y leo: “Me puse muy contento por vos con esta locura que acaba de pasar. Te quiero amigo.” Sin dejar de caminar, mis dedos aprietan las pequeñas teclas del teléfono y en la pantalla se va escribiendo un mensaje de agradecimiento. Hace alrededor de media hora, yo era uno más de los miles de cuervos que gritaban y se abrazaban en las tribunas del Nuevo Gasómetro. San Lorenzo lograba dar vuelta el resultado y se ponía 3-2 arriba en el marcador faltando apenas dos minutos para que finalice el partido. Sí, otra vez milagro. Aunque ese gol no valió un título ni mucho menos. Apenas si nos sirvió para zafar del descenso directo, más no sea hasta el próximo partido. Alcanza y sobra. El pitazo final desata el festejo loco y también las lágrimas.

Liam Gallagher – ex Oasis – levanta los brazos en lo alto del Etihad Stadium festejando el gol agónico que significó un campeonato. Viggo Mortensen – ex Señor de los Anillos – grita ¡Pipi, Pipi, Pipi!” en el aeropuerto de Washington celebrando el tanto que concretó la remontada azulgrana. La pasión por el fútbol unifica. Yo no se cómo será la vida de un fanático del waterpolo o de qué hablará con sus amigos un loco del hockey sobre patines. Desconozco sinceramente si existen estos personajes, probablemente si. Tengo la suerte de no tener que preocuparme por ese tipo de cuestiones. Yo se que si el sábado al mediodía me levanto puteando porque la lluvia hizo que se suspenda el partido de la tarde, tengo el consuelo de prender el televisor y elegir entre mirar Aldosivi-Central o Queens Park Rangers-Chelsea.

Solemos hacer particular hincapié en resaltar fechas y momentos, sin embargo, vivir es todo aquello que hacemos cotidianamente, sea trascendente o (valga la redundancia) cotidiano. Y nuestra cotidianeidad está envuelta en todo tipo de sentimientos. Algunos de nosotros (me incluyo) le damos al deporte un alto grado de relevancia. Al hacerlo, todo lo que tenga que ver con ello podrá verse afectado por las diferentes variedades del sentimiento. Fernando Pacini hace referencia a lo esencial del sentimiento de pertenencia, porque este: “Pone al amor por el juego y por el club por encima de todo lo que se le ha añadido al fútbol en el camino de la adaptación a los tiempos.” De ahí que el resultado de un partido (un gol) pueda representar la diferencia entre la alegría y la angustia. Amor en italiano se dice amore y fútbol se dice calcio. La pasión trasciende idiomas y fronteras. Dice Ariel Scher: “Al fútbol se juega para transformar en ciertas a las esperanzas, para emprender aventuras que van de casi nada a casi todo, para pegar un grito cuando el universo parece condenado al silencio.” Porque los milagros existen, sino me creen vayan a preguntarles a Liam y Viggo.

30/4/12

En las antípodas

El sábado 19 de mayo, en el estadio Fußball Arena de la ciudad de Munich, el local Bayern München enfrentará a Chelsea en la final de la Champions League, el torneo que reúne a los mejores equipos – a nivel clubes – del fútbol del viejo continente. Ingleses y alemanes vibrarán con uno de los eventos futbolísticos del año. Drogba versus Robben, Ribéry contra Lampard. Sin embargo, hace tan solo algunos días, todos soñábamos con un desenlace bastante diferente. Más bien, con que los protagonistas del partido definitorio fueran otros. En cierto punto, creo que hasta algún hincha de Chelsea o Bayern también lo deseaba. El mundo fútbol ya se relamía ante la posibilidad de ver una final Barcelona-Real Madrid.

Hoy el panorama cambió radicalmente. Se ha terminado un ciclo. Creo (y deseo) que a este maravilloso Barça todavía le queda hilo en el carretel y volverá la próxima temporada a por más títulos. Sin embargo, cuando la 2011/12 llegue a su fin, Josep Guardiola habrá finalizado el período más próspero de un entrenador en el banquillo blaugrana. Ese hecho tendrá varias consecuencias, entre las cuales quiero destacar una en particular: no más duelos Mourinho-Guardiola. Sus estilos los diferencian y los colocan en veredas opuestas. Los une una rivalidad que logró adueñarse de la escena futbolística ante cada enfrentamiento. Pep se ha quedado con la mayoría de los clásicos, incluida una serie de Championes League que después ganó, sin embargo Mou termina con una victoria en el último choque, que le sirvió para sentenciar la Liga.


El catalán es desde hace 4 años (4 temporadas) un idioma universal. El desembarco de Guardiola como director técnico del Barcelona se dio desde una lógica con un profundo anclaje en el respeto por las tradiciones: luego de dar sus primeros pasos como DT en las divisiones juveniles de la institución, debutó al frente de un plantel profesional sucediendo a Frank Rijkaard. Nadie hubiese imaginado que tan solo cuatro años después, estaríamos hablando del entrenador récord en la historia del club, con 13 títulos (pueden ser 14 si gana la final de Copa) en 4 temporadas. Hoy muchos se sorprenden ante la noticia de que su sucesor será Tito Vilanova, quien fuese hasta hoy su ayudante de campo, pero esta decisión no hace más que ratificar que lo que se busca es continuar por el mismo camino.

En la otra vereda está Mourinho que, desde su arribo a Real Madrid, se ha transformado en la encarnación del árbol que logró tapar el bosque. Impregnó todos los rincones de la Casa Blanca, logrando convencer al plantel – y también a los hinchas – con la idea de que cualquier método es válido en pos de conseguir el triunfo. Llegó con su impronta de ganador nato, con el claro objetivo de hacerle frente al deslumbrante Barcelona. Luego de padecer el predominio catalán en la liga española, hoy está muy cerca de quebrar esa hegemonía: los últimos tres años los que terminaron festejando fueron siempre los de Guardiola. El entrenador portugués está a punto de convertirse en el único en ganar cuatro de las grandes ligas de Europa: tiene 2 ligas de Portugal con el Oporto, 2 Premier con el Chelsea y 2 Scudetto con el Inter de Milán.

El enfrentamiento que seguramente siga sumando capítulos es el que protagonizan Messi y Cristiano Ronaldo. Con personalidades diametralmente opuestas, los dos cracks garantizan espectáculo cada vez que salen al escenario. En la Liga pelean fecha a fecha y gol a gol por quedarse con el pichichi (comparten el liderazgo de la tabla de goleadores con 43 tantos en 35 fechas cada uno). Sencillamente impresionante. El portugués, con su particular gusto por acaparar todas las miradas, es el archienemigo perfecto de la Pulga: extrovertido y provocador, busca siempre salir en la foto de la tapa. Es tan insoportable como letal, se alimenta de los que lo critican por soberbio y contraataca golpeándose el pecho en pleno Camp Nou. Mientras tanto, el argentino desparrama rivales con la misma facilidad que rompe récords, este año se transformó en el máximo anotador de la historia del Barça. Son dos pesos pesado luchando por la misma corona, sólo que en lugar de golpes lo que intercambian son dobletes y hat-tricks.


Pero este deporte nos ha demostrado una vez más que su encanto radica en la carencia de lógica. Un Chelsea desteñido a nivel local, que se despidió hace rato de la pelea en la Premier League, logró arrebatarle el lugar en la final que estaba predestinado para el Barcelona. Lo hizo con una efectividad notable en ataque, sumado a la convicción y la vergüenza necesarias para hacer de la defensa su sistema. Mientras que Bayern, mostrando un fútbol dinámico y ofensivo, jugó con los nervios de un Madrid que ya se sentía finalista (y quizá también campeón) antes de serlo y lo eliminó por penales en su el mismismo Bernabeu. Dentro de un par de semanas, los amantes de este deporte nos sentaremos frente al televisor para ver quién levanta la orejona en la ciudad de Munich. Lamentablemente, Mourinho y Guardiola serán solo dos espectadores más.

31/3/12

Materia gris

La sustancia gris (o materia gris) corresponde a aquellas zonas del sistema nervioso central de color grisáceo integradas principalmente por somas neuronales y dendritas, carentes de mielina. Al carecer de mielina, no son capaces de transmitir rápidamente los impulsos nerviosos. Esta característica se asocia con la función del procesamiento de información, es decir, a la función del razonamiento. Es por ello que, la cantidad de sustancia gris, muchas veces es vista como directamente proporcional a la inteligencia de un ser vivo.

Para mí un requisito fundamental que debe tener una persona para ser considerada inteligente, es la voluntad de buscar siempre desempeñarse en un marco equilibrado. No soy un hipócrita, tengo claro que uno no puede despojarse del sentimiento a la hora de tomar una decisión, y por lo tanto jamás será posible lograr objetividad en un sentido absoluto. Sin embargo, en la paleta de colores del inteligente debe estar siempre la búsqueda por reducir los niveles del prejuicio al mínimo. Sin desechar lo aprendido a través de la experiencia, utilizándolo para enriquecer el análisis. Este artículo nace a raíz de diversas situaciones en las que, según mi pericia, distintos personajes se desenvuelven con una alarmante falta de inteligencia.

Los dos son capaces de tergiversar cualquier tipo de argumento, convencidos de que su visión es la visión. A ambos los define la antinomia en el sentido de lo que creen o descreen. Los une una característica: cierto tipo muy particular de ceguera. Son como los caballos que tiran de los carros en cualquier barrio del conurbano, tienen limitada su visión periférica y sólo avanzan hacia adelante. El extremo como contraposición a la apertura. Llegan al punto de creer que existe una sola la verdad, tienden a convencerse de que el que piensa diferente siempre estará equivocado. Y la única verdad es que ninguno de los tiene razón. El fanático versus el contra. Ninguno es realmente útil, más bien todo lo contrario. Valioso es aquel que busca nutrirse de las diferentes visiones y centraliza sus esfuerzos en lograr que convivan en armonía. Hablamos de lo esencial de los puntos de vista.

En materia política hoy (aunque históricamente siempre fue igual) se vive una suerte de superclásico entre los gobiernos de la Nación y la Ciudad. De un lado están los dirigentes: disputándose los subtes o la policía, echándose culpas, exhibiéndose los trofeos y festejando los errores ajenos. Todo es parte de una gran lucha, con el objetivo de acumular más y más poder. Es utópico imaginárselos trabajando juntos. Del otro lado estamos nosotros, los ciudadanos, que lejos estamos de ser carmelitas descalzas. Porque si leés determinado diario sos opositor y si mirás tal o cual programa de televisión sos oficialista. Siempre transitando por los extremos, como si la vida transcurriese arriba del samba de un parque de diversiones.

Nosotros, como sociedad, también somos responsables. Porque es muy válido elegir, por ideologías y convicciones, cuál de los bandos representa mayormente lo que pensamos y cuál se mantiene más alejado de nuestra posición. Pero lo que no sirve es subirse a la bola de nieve y analizar la realidad desde un solo lado de la calle, menospreciando al de enfrente. Reconozco que estamos transitando una etapa en la que hubo un importante crecimiento en el grado de participación. Eso es algo muy positivo. Pero no nos debemos conformar con el sólo hecho de ver que ahora mucho jóvenes se involucren en política. Eso debe ser sólo un punto de partida. Porque de la mano de la renovación se puede empezar a intentar desterrar ciertas (malas) costumbres del pasado.

No se trata simplemente de una cuestión de tolerancia. No alcanza con dejar que los demás realicen su gestión con libertad, participar también es brindar nuestra ayuda inclusive a los que no tienen puesta la misma camiseta que nosotros. Si quienes ostentan los puestos de poder no dan el ejemplo y demuestran que pueden trabajar juntos, entonces tendremos que ser nosotros los que les enseñemos que semejante aventura es posible.

Equilibrio: Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

Elegí esta definición de la palabra equilibrio porque me pareció un claro ejemplo de lo que no se debe buscar: la destrucción. Para demostrar inteligencia no es necesario desarrollar la cura de una enfermedad mortal. Se puede ser inteligente, acercando posiciones y escuchando propuestas, recopilando información para poder hacer un análisis más profundo y eficaz, indignándose cuando el otro dice o hace algo que no me gusta, pero evitando reaccionar con violencia. Existen muchas materias que debemos cursar para poder acercarnos a ser una sociedad más inteligente. Somos los campeones del blanco y el negro, es hora de abrir el espectro e ir en busca de los grises.

24/2/12

El espejo

Me gusta pensar que hay algo mágico en ese cristal que aparenta ser plateado y que cuando nos colocamos delante, nos devuelve – de inmediato y sin consultar – la imagen viva de nosotros mismos. Digo que aparenta, porque resulta difícil de corroborar: siempre está reflejando algo. Debe ser extraña la sensación que experimentamos ante la primera aparición de nuestra figura rebotada en el espejo. Hoy, gracias a la fotografía y el video, tenemos la posibilidad de vernos realizando cualquier tipo de actividad: bailando, corriendo, hasta durmiendo. Sin embargo, fue aquel reflejo el que nos confirmó que estábamos aquí: ver para creer. El tiempo pasó, nos fuimos poniendo viejos y siempre hubo uno ahí para ratificarlo.

“Los mares del sur siguen justificando los ojos y la vida. Todos los Iniesta del mundo y el Barça, también.” Así finaliza un hermoso texto de Ariel Scher, en el que se cuenta la historia de un chico que juega al fútbol en la playa, se cree Iniesta y aprendió mirando al Barcelona por televisión junto a su papá. La historia de un chico que, a una edad en la que todavía es necesario pararse arriba del inodoro para verse en el espejo del baño, busca parecerse a esa banda de locos bajitos que desparraman fútbol por las canchas del mundo.

Un espejo es una tabla de cristal que refleja lo que tiene delante. Cuanto mayor es la calidad con la que ha sido azogado (proceso mediante el cual el vidrio se vuelve espejado), más nítida es la imagen que nos devuelve. En Cataluña existe un grupo de personas que, sin proponérselo, descubrió una fórmula para fabricar espejos de excelencia, logrando una calidad de reflejo pocas veces vista. ¿Cómo lo lograron? Resulta que transformaron el terreno de juego del Camp Nou en un inmenso cristal plateado: en él, jugadores vestidos de azulgrana se convierten en destellos de luz que rebotan contra el cristal inanimado y se te meten a través de la retina. Como un germen: son el principio, el origen de la seducción.

Viéndolos jugar uno tiene la sensación de que está ante un espectáculo guionado, por momentos las escenas de la realidad se vuelven dignas de una superproducción cinematográfica. Pero no lo son, los protagonistas son tan reales como los pies descalzos de ese chico que corre por la arena vestido con la camiseta número 8 de su ídolo. Se mueven, tocan, improvisan. Nos transmiten sus hábitos con naturalidad, llevan adentro ese germen, que alguna vez fue semilla. Son causa y efecto de un juego que al mismo tiempo asombra y cautiva: por belleza y por efectividad. A pesar de estar contemporáneamente fuera de contexto, ya que viven rodeados de espejos que reflejan una imagen más bien opaca de ese deporte al que llamamos fútbol.

Sinergia: 1. Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales.
2. Fútbol Club Barcelona.

La definición número 1 está sacada del diccionario de la Real Academia Española. La número 2 es una suerte de metáfora que acabo de inventar, pues entiendo que la palabra “sinergia” tiene mucho que ver con lo que hizo Josep Guardiola dándole forma a este equipo. “Yo, desde los 13 años, he sido educado de una manera muy particular de entender el juego, que es como me enseñaron y jugué luego en el Barça. Por eso, me gustaría que mis equipos se lo pasaran bien jugando al fútbol, que fueran protagonistas del juego”, declaraba Pep algún tiempo antes de comenzar su carrera como director técnico. Y su equipo se la pasa bien, literal y figuradamente. Se pasa bien la pelota (la protagonista estelar) y se divierte a la vez que divierte.

Los promotores de esta filosofía de juego lejos están de ser revolucionarios. “El futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania”, dijo alguna vez Gary Lineker, ex futbolista británico. La frase, además de simpática, supone una verdad tan simple como elemental: cuando el partido comienza, son 11 jugadores por lado. “Alinear es un arte que considera la configuración inteligente de relaciones”, escribió Oscar Cano Moreno, entrenador de fútbol español, en su libro El modelo de juego del FC Barcelona. Se trata de defender una idea. La que defiende Guardiola cuando nos habla de juego, un concepto que a muchos hasta les podría sonar anticuado si lo relacionamos con este deporte.

“Toque, toque, toque, nos movemos, nos movemos.” El pequeño Iniesta juega en la orilla y pretende inculcarles a sus compañeros el modelo catalán. Por un momento se vuelve él mismo un objeto (animado) capaz de reflejar los principios ideológicos del fútbol barcelonista. Se contagia y contagia. Y entonces yo – que ahora estoy sentado frente a la pantalla de la computadora imaginándome esa playa – repentinamente descubro que allí radica el encanto, en el efecto contagio. Porque existen muchos espejos en los que reflejarse y también muchos modelos que vale la pena imitar.

Ninguno como este Barça.

21/1/12

Confesionario (II)

Yo salí campeón jugando al fútbol con mis amigos. Nueve palabras que describen cabalmente, cuál es uno de los significados – desde mi singular perspectiva – de la palabra felicidad. El 2011 fue un año muy lindo, en el que viví unas cuantas experiencias nuevas, algunas de las cuales las he ido contando por acá – a través de esta acogedora bitácora – y algunas otras no, me las he querido guardar, son para mí. Fue gratificante descubrir que el artículo con título homónimo a éste (el número II está sólo por cuestiones prácticas), ha sido uno de los mejor recibidos por varios de ustedes, los lectores. Aunque, debo reconocer que no todos lograron decodificar por completo el mensaje que traía implícito. Es lógico, simplemente no me conocen lo suficiente, pero ese texto – como algunos otros que también navegan por las aguas de este blog – fue una suerte de descarga emocional, llevaba adjunto una importante dosis de desencanto, por aquel viejo anhelo tan deseado e incumplido. Pues he aquí, y a continuación, mi casi inmediata respuesta a esa primera declaración. Si el primer Confesionario tenía un tinte más bien triste, ésta segunda versión vendría a ser su contracara.

Recién comienzo a desandar los terrenos del segundo párrafo y ya empiezo a sacar conclusiones, que vertiginosamente devienen en advertencia: cuidado amigo lector, es harto probable que estemos ante uno de los más viscerales de mis escritos. Como suele suceder cuando decido relatar vivencias, el teclado de mi computadora escupe palabras con inusual fluidez. Mi estilo de escritura es por el contrario, particularmente pausado, como haciéndole honor – involuntariamente – al nombre del blog. Lo que van a encontrar en los párrafos que se asoman por debajo, es un cúmulo de fotografías convertidas en relato, que documentan algo sucedido durante una mañana de primavera.

El sábado 26 de noviembre de 2011 está marcado con resaltador en el calendario de mi historia personal. Como le comenté a alguien durante la semana previa, ese día estaba destinado a ser quizá uno los más felices de mi vida, siempre y cuando todo saliese como lo deseábamos (el plural abarca a todos los que se ajustan a la definición de las dos últimas palabras de la oración que da comienzo a este artículo: “mis amigos”). Ese sábado se jugaba la última fecha del campeonato. Viví los días previos con un sentimiento particular, mezcla de ansiedad y nerviosismo. Ansiedad por querer que llegue el día del partido y nerviosismo por saber que – a contramano de mi más profundo deseo – tenía grandes chances de no ser titular. Lo supe desde el mismo momento en que me bajé del avión que me trajo de vuelta a Buenos Aires, luego de algo más de cuatro meses en territorio neocelandés: mi ausencia producto del viaje era sinónimo de perder privilegios tales como ser de la partida en el once inicial del equipo. Pero, aunque entendía que era lógico y no lo merecía, nunca perdí la esperanza de poder estar de entrada.

La mañana del partido amaneció con clima ideal para la práctica deportiva al aire libre: sol radiante. Me pasaron a buscar bien temprano, como estaba previsto, y llegamos al predio adonde se juega el torneo antes de que abran las puertas. El ánimo de todos estaba por las nubes, con un punto de ventaja por sobre el segundo, necesitábamos de un triunfo más para asegurarnos el campeonato. Una vez cambiados llegó el momento de la charla técnicaˡ, el único tramo de la jornada que – por razones que serán esbozadas a continuación – no fue completamente feliz para quien escribe. De la mano de las emotivas palabras que nuestro entrenador nos regaló antes de salir a la cancha, llegó la confirmación menos deseada: iba a ser suplente.

Me abstraje unos pocos segundos del contexto con el propósito de asimilar la noticia, para inmediatamente volver, en mente y espíritu, al lugar de los hechos. Hice la parte de la entrada en calor que me correspondía y después fui a patearle al arquero para que pueda culminar con la suya. Algunos minutos más tarde, sonó el silbatazo que dio comienzo al juego. Siguiendo la cábala de los partidos anteriores en los que no me tocó ser titular, no me puse la camiseta y me quedé en cuero, siguiendo la acción pegado a la raya lateral, caminando inquieto de lado a lado según para donde fuese el balón. El sufrimiento duró menos de lo esperado, promediando el primer tiempo ya estábamos 3 a 0 arriba. En ese momento el técnico me dijo que me moviera, que en diez minutos entraba. Con el partido definitivamente encaminado – ya había llegado el cuarto gol –, ingresé al campo de juego antes de que finalice la primera mitad.

Me sumerjo en el relato y revivo en mi memoria cada instante de aquella mañana de primavera. Quedaban todavía algunos minutos de juego cuando los que estaban afuera empezaron con los festejos. La pelota se jugaba cerca de nuestra área, yo los veía cantar abrazados, desde las cercanías del círculo central. Fue entonces cuando sentí un par de lágrimas brotándome de los ojos, deslizándose hasta llegar al encuentro con las mejillas, recorriéndome verticalmente la cara y soltándose al vacío justo después hacerle una caricia a la mandíbula. Bajé la mirada, respiré hondo y sonreí. No hubiese sentido vergüenza si alguno percibía que había estado llorando, eran lágrimas de emoción y al mismo tiempo de orgullo. Ese grupo de amigos, devenido en equipo, estaba logrando el sueño de salir campeón.

Emoción: Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

Lo somático pasa por esas pequeñas gotas de agua que nos salen de los ojos y que tienen como objetivo comunicarle al resto del mundo que estamos sentimentalmente vivos. Paradójicamente, podemos llorar tanto de tristeza como de alegría, sólo que en este segundo caso, muchas veces lo hacemos a un nivel cuantitativamente menor. Como si nos hubieran avisado de antemano, que podemos generar una cierta cantidad límite de lágrimas felices y entonces uno viviese administrándolas para no quedarse sin. Todo lo que nos pasa es sentimiento. Reímos a carcajadas, lloramos desconsoladamente, nos enojamos y nos desenojamos, todo el tiempo estamos experimentando sensaciones y, en la mayoría de los casos, vamos haciendo lo posible para que sean placenteras.

Aquel sábado de noviembre fui feliz. Y si alguien me preguntase cuál fue el momento de mayor alegría de esa jornada, mi respuesta sería: cuando miré hacia el costado de la cancha y vi a los que estaban afuera empezando a festejar. Es decir, en el instante en que mi emoción tocó su techo y las lágrimas me nublaron la vista. La satisfacción obtenida por el logro que estábamos alcanzando, fue un proceso de muchos meses de esfuerzo y dedicación. El festejo fue acorde, no a la trascendencia del título que estaba en disputa – muy pocos se enteraron que un equipo llamado Creisi Mayin ganó un torneo de fútbol amateur en Pilar –, sino al nivel de importancia y de pasión que nosotros habíamos depositado en él. Por ende, fue un merecido y hermoso festejo. Como escribí en el epígrafe de una de las fotos de esa tarde: una fiesta interminable.

ˡAclaración: En este artículo se cuenta una historia real, protagonizada por un equipo de fútbol amateur cuyos integrantes se comportan y viven como si cada partido fuese la final del mundo.

29/12/11

La noticia precoz

La información es un bien que, por abundante, se ha desvalorizado en los últimos años. Ante el avance incontenible de las nuevas tecnologías, los diferentes medios tienen más medios – valga la redundancia – para reproducir lo que pasa. Vivimos en la era de la sobreinformación. Ya no importa tanto lo que se dice, sino el sólo hecho de decir algo. En los diarios online abundan los artículos de dos o tres párrafos, una clara demostración de que no se tienen los datos suficientes como para redondear una crónica seria. Lo importante es que la página principal se renueve constantemente, simulando un innecesario y continuo recambio. Aunque suenen a noticias de ayer, el contenido que podemos encontrar en los periódicos en su versión papel suele ser mucho más rico y sustentable. La instantaneidad deja de ser una virtud en el momento en que se vuelve sinónimo de irresponsabilidad. Se prioriza entretener antes que informar, se busca llamar la atención aunque no siempre se sabe qué hacer cuando se la obtiene. Lo precoz como sinónimo de prematuro.

Vértigo: Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.

Pienso que las consecuencias son lógicas cuando me pongo a analizar las causas: con el advenimiento de las nuevas tecnologías sobrevino un abanico de herramientas hasta hace muy poco tiempo desconocidas. Por ende, son inevitables los tropiezos por tener que caminar en un terreno virgen y extraño. Sería importante comenzar por reconocer y diferenciar cuál es el campo que le corresponde a cada uno. Bien vale aquí el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta. Cuando el objetivo es comunicar, la radio es capaz de brindar rapidez, la televisión puede aportar riqueza desde las imágenes y los diarios son el mejor terreno para ahondar en el análisis. Me interesa hacer hincapié en el papel que juegan estos últimos – es decir, la prensa gráfica – y la relación que tienen con internet.

¿Cómo se hace para competir contra la velocidad con que se propagan las noticias a través de twitter? Pues, evitando dicha competencia. Los 140 caracteres son de una gran utilidad para informar (muy) brevemente y con gran rapidez. Pero surge un contratiempo ante tanta instantaneidad, una vez que se ha prendido la mecha es muy complicado apagarla: el usuario quiere saber todos los detalles con idéntico apremio. El cliente no siempre tiene razón. No hace falta alimentar esa ansiedad de información con datos poco precisos o que no fueron verificados. Debe ser virtud de quienes ocupan el rol de comunicadores no sucumbir ante la demanda urgente del público, siendo ellos los que imponen el ritmo, los que marcan el tempo. Sino se corre el riesgo de quedar constantemente en offside, fuera de juego, lo que desprestigia a la profesión y pone en riesgo la credibilidad. Debemos educar con la paciencia, buscando brindar un mejor servicio, si llega rápido bien, pero nunca desechando calidad.

No nos gusta esperar por nada. En un mundo híper conectado, pareciera que lo que llega antes siempre es mejor. Hace no mucho tiempo, me descubrí a mi mismo apretando F5 para actualizar la pantalla del navegador, en busca de un dato más sobre la última noticia, de algún video o una foto aunque sea. Yo, que hace un par de años hice un blog con la propuesta de que vayamos más lento, me sorprendí al verme atrapado por la desesperación de querer saber todo ya, o inclusive antes. Y fue ahí cuando pensé, acá hay algo que no está bien. ¿Por qué estoy tan apurado? ¿De dónde sale tal prisa? He llegado a la conclusión que son los mismos medios los que generan dicha urgencia. Informar se ha vuelto una carrera, gana el que lo dice antes.

Recién hablaba de un desprestigio de la profesión, pero esa no es la única consecuencia de entregar noticias erróneas o imprecisas, hay otra bastante más peligrosa: las reacciones que pueden generarse a raíz de determinada información. Vivimos nerviosos, por momentos la realidad pareciera estar cocinándose adentro de una olla a presión y un titular de un diario puede ser suficiente para destaparla. Es fundamental ser responsables ante lo que se dice, porque es posible que luego no haya tiempo para rectificaciones. Mejor prevenir que curar. Es indispensable tomarse el tiempo que sea necesario para confirmar algún dato, aunque eso signifique abandonar la carrera. No hay ganadores ni perdedores a la hora de comunicar una noticia. Entender que no existe tal competencia, quizá nos enseñe a disfrutar un poco más.

21/11/11

Confesionario

Tengo 29 años. Nunca voy a cumplir el sueño de jugar al fútbol profesionalmente, en la primera de un club. Lo tengo muy claro. Sin embargo, siento que jamás dejaré de soñarlo. Terminé de redactar la segunda oración y me dieron ganas de llorar. Lo vivo con dolor, aunque a alguno le pueda sonar exagerado, tal vez con el más legítimo de los dolores. Es difícil de explicar, pero piensen en algo que desean con locura y saben que nunca tendrán. Bien se podría hacer la analogía con un amor no correspondido. Quizá les cueste entenderlo, de hecho no pretendo que lo hagan, escribo en parte para desahogarme. Empecé a pensar este artículo después de leer una nota a Alessandro Del Piero, en un pasaje de la misma le preguntaron cómo hacía para divertirse a los 37 años: “Todavía me dejo llevar por la pasión de esa cosa redonda llamada pelota. Hay momentos en los que hay que saber hacer de todo, incluso tirarse al suelo para recuperar un balón o correr por correr. Es bonito así y yo estoy superfeliz de llevar todo esto dentro. Cuando se muera, ya no tendré nada.”

Profesional es aquel que practica habitualmente una actividad, de la cual vive. Mientras que amateur (o aficionado) es aquel que también lo hace, pero sin recibir un pago a cambio. La pasión no discrimina a unos o a otros. Hay quienes juegan al fútbol apasionadamente y ganan mucho dinero, así como también están los que lo practican con un nivel similar de compromiso sin que exista un beneficio económico de por medio. Hay gente que cree que por ganar millones y ser famosos, los jugadores pierden las ganas de jugar. No quiero pecar de ingenuo, entiendo que eso pueda suceder, pero se que no es la regla. No me interesa polemizar al respecto, hoy quiero hacer hincapié en los que sí experimentamos este sentimiento. Los que como Del Piero, sabemos que sin la pasión por el fútbol, no tendríamos nada.

Somos unos cuantos los que compartimos esta locura. Yo juego todos los sábados en un torneo amateur. Hace un par de fines de semana teníamos un partido muy importante, en el que defendíamos la punta del campeonato. Y a pesar de haber arrancado ganando, nos lo dieron vuelta y estuvimos a pocos minutos de perderlo. Hasta que llegó un centro al área, la pelota cayó en medio del tumulto y Feli tocó corto para el Negro Damián, que con un puntazo de zurda decretó el empate. Repaso ese instante en mi memoria y se me eriza la piel. El festejo fue interminable, desaforado, loco. Tan loco que no me dejó seguir jugando el partido, ya que salí de la montaña humana con un corte en la cabeza y otro en el ojo. Viví los últimos minutos sentado a un costado del campo, con la camiseta manchada de sangre y la impotencia de no poder volver a entrar. Todavía me tienen que sacar los puntos de la cabeza, los del ojo se me salieron el sábado pasado, mientras estaba jugando.

Jugar: Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse.

Hablamos de diversión e instantáneamente entra en escena también la tristeza. Ganar o perder condiciona el ánimo de toda la semana: ese tiempo muerto que transcurre entre partido y partido. Como no somos profesionales y no jugamos en grandes estadios, vivimos atentos al pronóstico del tiempo, esperando que la lluvia no obligue a suspender las canchas y haya que esperar hasta el sábado siguiente para volver a jugar. Somos seres extraños, vamos por la vida disfrazados: de lunes a viernes es posible que nos descubran haciendo de abogados, médicos, periodistas. Hoy estoy sin trabajo y, cada tanto, cuando alguien me pregunta ‘¿a vos qué te gustaría hacer?’, la respuesta que quisiera dar – pero siempre reprimo para no quedar como un tonto o un loco – es: ser jugador de fútbol.

Una vez, muchos años atrás, jugué un partido amistoso con el club de mi barrio en la cancha de Almagro. Salimos por el túnel, que tiene apenas diez metros de largo y sólo está para unir a los vestuarios ubicados debajo de la platea local con el campo de juego, y con mis botines rojos pisé el césped de un campo de primera. Lo recuerdo con mucha alegría, a pesar de lo intrascendente del partido, para mi fue un día muy especial. En esa época soñaba con ser jugador profesional, lo vivía como una meta posible de alcanzar. El tiempo pasó y muchas cosas cambiaron, sin embargo cada vez que entro a una cancha vuelvo a ser ese chico. Aunque ahora esté acá sentado delante de la computadora escribiendo, con la intensión de conmoverlos, o más no sea entretenerlos durante algunos minutos contando parte de mi historia. No se dejen engañar, ni por mucho que lo intente, ni por más que insista en ponerme el traje de escritor y les hable de la pena de muerte o relate alguna experiencia de viaje. Es sólo una coraza que me protege de este presente que me toca vivir. Si algún día me buscan, es fácil encontrarme: soy ese que corre detrás de una pelota todos los sábados en Pilar.

31/10/11

Yo soy del 82

Yo nací cuando la dictadura estaba dando sus últimos manotazos de ahogado. Somos, por ende, de la misma generación: fuimos juntos a la primaria y también a la secundaria, pero nos conocimos cuando yo estaba haciendo el CBC en la Universidad de Buenos Aires. Nunca me voy a olvidar de ese día, era domingo por supuesto y yo estaba algo nervioso. Nuestra relación se va afianzando a medida que pasa el tiempo. Hasta ahora fueron seis las veces que nos vimos, casualmente una cada dos años. Yo he aprendido a quererte, defenderte y valorarte, vos estás cada día más linda.

Disfruto del sólo hecho de ir a votar, salir a la calle y encontrarme con la ciudad en situación electoral. El paisaje del domingo difiere del habitual, los estadios de fútbol están cerrados y se abren las puertas de las escuelas. Contrariamente a lo que sucede durante cualquier día de clases, adentro de las aulas reina el silencio, y no por una repentina visita de la directora, sino porque por algunas horas se transformaron en cuartos oscuros. Cuando era chico pensaba que se trataba de una especie de cueva, que uno tiene el privilegio de descubrir recién de grande. Resulta ser, sin embargo, que no existe tal oscuridad y que la única diferencia con el lugar que yo frecuentaba de niño, es que las ventanas han sido cubiertas. ¿Para qué? Para que nuestro voto sea un secreto que compartiremos tan solo, con el pizarrón y los pupitres.

Más allá de los candidatos, más allá de las propuestas, es sano vivir en un país que tiene la posibilidad de elegir. Desde aquel primer gobierno de Yrigoyen y la Ley Sáenz Peña, pasando por la inclusión del voto femenino en el año 1947, la Argentina ha podido elegir a sus representantes. Pero cuidado, porque ese privilegio no ha estado siempre vigente. La historia de nuestro país está manchada con la sangre de las dictaduras militares. Durante muchos años, los habitantes de este suelo no tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad. Democracia es sinónimo de libertad. Hoy, y desde hace ya más de 28 años, esta doctrina es un árbol que ha echado raíces y que tenemos el deber de regar constantemente.

¿Qué no te gustan las opciones que hay para elegir? Sucede que no alcanza solamente con meter una boleta en un sobre de tanto en tanto: para que nuestra querida democracia siga gozando de buena salud es imprescindible participar, involucrarse. La militancia política es una de las opciones, pero no la única. Informarse, opinar, comunicar, son todas formas de ser partícipes y de hacer valer nuestro derecho. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a convivir con el que opina diferente a nosotros. Democracia es también sinónimo de pluralismo, lo que implica que inevitablemente existirán siempre fuerzas que defiendan otras posturas. No es sano pretender que nuestra creencia es la única opción correcta. Por lo que se vuelve de vital importancia el rol de los opositores, quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar las decisiones tomadas por quienes son gobierno.

“La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar, libre como el viento.” La historia no la escriben los que ganan, la historia la escribimos entre todos. Es imprescindible mantener viva la memoria, recordando con orgullo a todos aquellos que pagaron con su vida por decir siempre lo que pensaban. Valorando y reivindicando su lucha, ejerciendo siempre nuestro derecho. Algunos días atrás, mientras esperaba que vuelva el presidente de mesa para yo poder votar, vi salir de otra de las aulas a una mujer que había ido con sus dos hijos, y sonreí. Es probable que esos chicos nunca tengan la posibilidad de imaginarse el cuarto oscuro como un lugar misterioso y por descubrir. Pero lo que importa realmente, es que cuando crezcan puedan ser ellos los que vayan con sus hijos, y así sucesivamente. Es por esa razón que, luego de introducir mi sobre en la urna, volví a casa caminando despacio, contento por saber que más allá del nombre de quien sea electo, la que gana siempre sos vos.

Democracia: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

24/9/11

La vuelta está en marcha

Para vos, amigo pincharrata.

Setenta y siete días pasaron desde aquel domingo a la tarde en que llegué a Seddon Accommodation, una casa con: tres habitaciones, una cocina, un living-comedor y un baño. En su esplendor hubo ocho habitantes conviviendo al mismo tiempo, dos por habitación y dos que dormían en el living. Lavar los platos antes de usarlos (y no siempre después), bañarse rápido para que nadie se quede sin agua caliente, convivir con porrones de cerveza vacíos desparramados por doquier, son algunas de las incomodidades a las que hubo que acostumbrarse. Sin embargo, esa casa será por siempre mi casa, mi hogar en Nueva Zelanda. Y cada uno de los que compartieron ese techo serán, a su vez, mi familia neozelandesa.

Proceso: 1. Acción de ir hacia delante.
2. Transcurso del tiempo.

La vida es un continuo transcurrir, se trata de un proceso durante el cual nos vemos constantemente en la obligación/necesidad de tomar decisiones. Para ello, algunos somos más fríos, más pensantes y otros nos dejamos llevar por la intuición, vamos atrás de lo que sentimos. Desde mi punto de vista, lo ideal pasa por combinar ambos estados, buscando elegir con una dosis de frialdad y otra de pasión. No siempre es sencillo lograrlo, pero bien vale la pena el intento.

Hace un par de semanas dejé mi casa, casualmente también fue un domingo. Esa mañana me desperté con la felicidad de saber que estaba comenzando mis vacaciones. En el living los que ya estaban levantados charlaban y, por un instante, yo fui el tema de conversación. Escucharlos me hizo recordar, entonces agarré el teléfono y escribí lo que sigue en un mail para mis amigos: “Acá es domingo a la mañana y me acabo de despertar. En general nunca me acuerdo de lo que soñé, hoy no era la excepción. Pero un amigo mexicano que vive en la casa me ayudó a hacer memoria. Anoche grité un gol mientras dormía. Sólo me acuerdo que fue del Pipi Romagnoli y que lo estaba viendo por tele con mi viejo.”

Vuelta: 1. Regreso al punto de partida.
2. Retorno o recompensa.
3. Repetición de algo.

Ahora escribo sentado en la mesa del comedor del ferry que me cruzará de Picton a Wellington. Navegando por Queen Charlotte Sound, entre un puñado de montes tapizados con el verde oscuro de los árboles, comienzo a dejar atrás la Isla Sur. Lo que significa, de alguna manera, empezar a despedirme también de Nueva Zelanda. Ahí abajo quedaron mi casa, mis amigos, mi familia. Nelson, Hokitika, Queenstown, Dunedin, Kaikoura, Picton. Seis ciudades, de norte a sur y viceversa, en menos de dos semanas le di toda la vuelta a la isla. Volví a ser un turista, mezclado entre los miles que llegaron para ver el Mundial de Rugby. Y hay, en ese hecho, un dejo de nostalgia – por más que hoy posiblemente ya no quede nadie – cada vez que en mi memoria vuelva a cruzar la puerta de la casa de Seddon, ahí estarán todos: desparramados por el living, jugando a la playstation, abrigándose con el calor del hogar.

El otro día, leyendo a Villoro, me encontré con un breve parráfo que me hizo sentir identificado: “Durante nueve años contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español.” Para él patear una pelota y gritar en su idioma eran lo mismo. La analogía es doble. Disfruto de poder comunicarme en otras lenguas – lo que me permite acercarme a otras culturas – pero ningún idioma me gusta tanto como el castellano, a la vez que coincido en el sentimiento de libertad que experimento dentro de una cancha de fútbol. Volver, significará por ende una recompensa, así como también una garantía: no más gritos afónicos contemplando la pequeña pantalla del celular.

Repetición es sinónimo de rutina, lo que no necesariamente debe verse como algo negativo. Como cuando los que se reiteran son los mails que confirman asistencia al asado de mañana a la noche, o lo rutinario pasa por coordinar cuántos somos y cuántos autos hay disponibles para ir a jugar el sábado. Extraño desde hacer la cola para entrar a la cancha, hasta el indignarme por tener que soportar a tal o cual comentarista mientras miro algún partido por televisión. El punto de partida siempre será Buenos Aires. Regresar es también la certeza de revivir gratos momentos, desencadenados por el reencuentro con todos aquellos que son familia. Valoro la posibilidad que tengo hoy, de decidir no por obligación, sino por voluntad. El viaje de vuelta es largo y comenzó aquel día en que el corazón me dijo que ya era buen momento para volver.

30/8/11

Bajo cero

La temperatura corporal desciende gradualmente, el paisaje comienza a teñirse de blanco y la sensación térmica se ve reflejada en ese movimiento espasmódico e inevitable que uno realiza al temblar. Si el termómetro fuera el ascensor de un edificio, en este momento estaríamos bajando hasta el primer subsuelo probablemente. Puedo contar las veces que he visto nevar con los dedos de una sola mano, desconozco cuántas más serán necesarias para que yo deje de sonreír por el simple hecho de ver los copos cayendo.

Frío: 1. Dicho de un cuerpo: que tiene una temperatura muy inferior a la ordinaria del ambiente.
2. Que, respecto de una persona o cosa, muestra indiferencia, desapego o desafecto, o que no toma interés por ella.
3. Sensación que se experimenta ante un descenso de temperatura.

Soy propenso a experimentar la sensación mencionada en la definición número tres. Definitivamente prefiero el verano antes que el invierno. Me gusta el calor, disfruto de el sólo hecho de no tener que abrigarme. Sin embargo, llegar al viñedo y ver todo pintado de color blanco fue espectacular. Con seis capas de ropa encima, igual me era imposible dejar de temblar. Entre las actividades que realizo a diario en el trabajo, lo mejor es el stripping si uno pretende mantener el cuerpo caliente: se trata de arrancar de entre los cables de acero las ramas sueltas que ya fueron podadas. Suele ser bastante fastidioso, es inevitable recibir cada dos por tres algún que otro latigazo al tirar con fuerza de las que están más enredadas. Bajo la lluvia blanca fueron un par de horas durante las que se podría decir: disfruté de tener frío.

Hace poco más de dos años nacía este espacio, casi de casualidad: una tarde se me ocurrió hacer un blog para poder publicar un artículo que había escrito. Estuve varias horas para decidir cuál iba a ser el nombre del mismo. Del blog, no del artículo. Y no sabía todavía, que al elegir Hacé la pausa estaba al mismo tiempo marcando el camino a seguir. La expresión tiene un origen futbolero y puede ser aplicada con el mismo sentido a cualquier situación de la vida cotidiana.

“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”, escribió Eduardo Sacheri. Yo juego al fútbol con pasión, se me va la vida en cada partido y vuelvo a renacer con cada pitazo inicial. Se juega como se vive. Cuando me siento a escribir soy igual. El año pasado redacté unos cuantos artículos para un portal de deportes que, en ese entonces, estaba recién dando sus primeros pasos. Un día decidí dejar de hacerlo: me di cuenta que había perdido temperatura, la simpleza del trabajo requerido iba en detrimento de la dosis de pasión necesaria para poder sentirme satisfecho. Se vive como se juega.

Este blog puede tomar diferentes formas, puede ser una bitácora durante algún viaje, así como también un cable a tierra ante una situación o suceso que no es de mi agrado. Siempre haciéndole honor a su nombre, sin precipitaciones. Algunas veces escribo para compartir una experiencia, algunas otras para realizar algún tipo de denuncia. Hoy lo hago con la intención de incomodar.

En el mundo en que vivimos hay museos, hay osos de peluche y también polares, hay wi-fi, hay rascacielos y villas miseria, hay sopas instantáneas, teléfonos celulares, películas de terror y carreras de caballos. Hay también balcones, fronteras, música funcional, orcas asesinas, zapatos con tacos. Hay marihuana y hay guerras. En el mundo en que vivimos hay pisos radiantes, estufas eléctricas, calefacción central. Pero no todos vivimos en las mismas condiciones, hay gente como yo por ejemplo, que un día se puede dar el lujo de trabajar bajo la nieve y disfrutarlo. Mientras hundía mis botas en la alfombra blanca se me vino la imagen de aquel que convive con esa sensación llamada frío todos los días. Y lo sufre.

Empecé con la descripción de una mañana bajo la nieve. No tenía del todo claro hacia donde quería a ir. Me gusta embarcarme en este tipo de relatos en los que me dejo llevar, sin tener la certeza de si voy a llegar a algún destino en particular. Generalmente son los más difíciles de escribir. El hilo conductor de este artículo es el análisis de lo que no necesita ser analizado. Porque de eso se trata hacer la pausa, de tomarse un tiempo de más para pensar – y repensar, las veces que sea necesario – en todo aquello que a simple vista parece simple, valga la redundancia. Resulta muy gratificante darse cuenta de que no fue un tiempo perdido, de que lejos estuvo de estar de más. En el básquet lo llaman tiempo muerto. Yo suelo utilizarlo para buscar en el diccionario, por ejemplo. Una de las definiciones de la palabra pasión dice: lo contrario a la acción. Nada tiene que ver con el uso que le di algunos párrafos más arriba. Sin embargo, la inacción puede ser también la calma que antecede a la tormenta. Porque una buena solución para dejar de sentir frío, podría ser ponernos en movimiento.

29/7/11

Unipersonal

“Argentina es hermoso y es jodidísimo, y Hawaii es hermoso y es jodidísimo. Ahí te das cuenta que es uno, y no el lugar”. La frase la escuché en un capítulo de Clase Turista, la dijo un argentino que vive en la isla de Maui desde hace ya varios años. Era domingo al mediodía y en ese momento estaba solo, en el living de una casa que comparto con siete integrantes más (checos, mexicanos, chilenos), terminando de almorzar y tomando un vaso/taza de vino. Todos se habían ido a la playa, yo decidí quedarme y descansar un rato adentro, preparándome para el plato fuerte de la jornada: el picado de la tarde. Para mi son fundamentales estos momentos en los que puedo disfrutar en soledad, carente de compañía.

Primer día libre después de la primera semana laboral. Estaba todo arreglado, ellos traían la pelota, nosotros sólo teníamos que preocuparnos por juntar la gente. Suena mi celular, un mensaje de texto, una pregunta. ¿Tienen inflador? Entro súbitamente en pánico, levanto la vista buscando compañía y pego un grito: muchachos, hay un problema, necesitamos inflar la pelota. La respuesta llega de inmediato, el inflador está, lo que hace falta es un pico. Sí, ese insignificante tubito de metal que hace posible que el aire llegue hasta lo profundo de la cámara y el cuero se estire hasta adquirir forma esférica. Devuelvo el mensaje con la noticia del inflador inútil. Ellos también responden, tan sólo un puñado de palabras denotan una infancia sin potrero: “capaz el fin de semana que viene se pueda jugar, nos vemos”. Me invade la indignación, agarro la bicicleta y salgo a recorrer el pueblo en busca de una solución que no encuentro. Cuando vuelvo a la casa alguien me dice que podemos usar el cartucho de tinta de una birome. Meto la mano en el bolsillo y escribo en el celular: “solucionado lo del inflador, nos encontramos 2:30 PM en la cancha de la escuela”. Un par de horas más tarde el sol comienza a caer, el invento de la birome no sirvió de mucho pero el fútbol igual dijo presente. Yo jugué con los franceses, ganamos 14 a 10.

Seis veces a la semana me despierto a las 7 AM, cuando suena por primera vez la alarma del celular. Entreabro los ojos, lo agarro con la mano derecha y presiono “posponer 10 minutos”. En la oscuridad de la habitación puedo ver, gracias a la luz que emite el teléfono, el humito que me sale por la boca al exhalar. Me meto debajo de las sábanas y repito la misma acción dos o tres veces mínimo. Luego tomo coraje y me levanto, hay que considerar que estamos en invierno y que, por ende, nunca es sencillo salir de la cama. Hace frío dentro de la casa y por la mañana el mejor refugio es la cocina, cuanto más cerca del horno mejor.

En el pueblo hay un solo supermercado, bastante pequeño y con una característica que detesto: sensores de movimiento que emiten un sonido agudo y corto, avisando que estás en la góndola de los artículos de limpieza o que acabas de pasar por el rincón adonde descansan los lácteos. Intento realizar el esfuerzo de anticipar el estrépito con el pensamiento y minimizar así ese breve instante de ira, pero es imposible. Para colmo de males, a mi me gusta ir al supermercado y deambular por demás, aunque ya tenga en la mano lo que fui a comprar. Aquí, es una práctica poco recomendable si uno quiere preservar su salud mental.

Algo lindo que tiene esta casa es el living, con los dos televisores uno arriba del otro y la chimenea al lado, que no nos deja sentir el frío del invierno neozelandés. Conseguir leña es una de las tareas fundamentales a realizar un par de veces por semana. Un día de lluvia al regresar del viñedo o (cualquier día) por la noche, son los mejores momentos para hacerlo. Cual grupo comando, la camioneta se detiene a un costado de la ruta y todos corren, juntan unos cuantos pedazos de madera y regresan al vehículo. Me gusta ocuparme de prender el fuego, pero como los troncos son siempre de un tamaño considerable – y necesario, sobretodo si uno quiere disfrutar del calor por al menos un par de horas – hacerlos arder puede ser una tarea complicada. Todo sirve a la hora de empezar la fogata: cajas de cereales, cartones de huevos, hasta las tiritas de papel y alambre que usamos para atar las plantas de vid.

En castellano es Nueva Zelanda, en maorí Aotearoa, coloquialmente traducido como “tierra de la gran nube blanca”. Aunque no siempre sean tan blancas. Para convivir con el invierno kiwi, es necesario acostumbrarse a la lluvia. Pero como el clima es por demás ciclotímico, cada tanto el sol se asoma a saludar y te regala un lindo arcoiris. Coincido con lo que dice la frase con la que comienzo este artículo, es uno, siempre. No importa el adónde. Hoy me toca sentarme en un colchón sin cama – apoyado directamente en el piso – con la computadora sobre las piernas, para poder escribir con cierta tranquilidad. En esta casa la constante es el caos, el desorden. Hay que sacar turno para casi todo: para cocinar, para ducharse, hasta para usar la taza grandota.

Se que estoy de paso, aunque por un momento haya dejado el traje de viajero en el placard. Acá vivo el día a día como uno más, no me siento un intruso que anda espiando la vida del resto, soy parte del paisaje. Eso me obliga a tener que sobrellevar tanto los aspectos positivos como los negativos de mi entorno actual. Guardo la cámara de fotos en la mochila y me calzo las botas de goma para poder caminar por el barro. Le pongo el cuerpo a esta experiencia en la que lo exótico se confunde con lo que comúnmente podríamos entender como habitual. Es hermoso y es jodidísimo. Está en mí el saber sacarle provecho a las distintas vivencias. Desde la charla con los franceses que me invitaron con un par de cervezas en el comedor del motorcamp, hasta el viento helado de la montaña que no quiere entender de camperas ni gorros de lana. Un café con leche caliente después de trabajar, una carcajada que no es necesario traducir. Hoy escribo para mí, para contarle a esa parte mía que siempre dejo en Buenos Aires cómo es vivir acá, 15 horas en offside. Citando a Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”. Pues entonces, que el paseo valga la pena.

12/7/11

Sólo un sueño

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.” Edgar Allan Poe

Levantando la vista uno se encuentra con el verde de las montañas y el sol de la mañana que ya se empieza a asomar por detrás. Allá en el fondo están por llegar las ovejas, para seguir arrasando con el campo a medida que avanzan en busca de más alimento. Caminando entre las innumerables – pero numeradas – hileras de viña se respira aire de campo, apenas una decena de personas trabajan y en el ambiente reina la paz. Intento mantener la concentración y realizar la fuerza justa para no quebrar la planta al enrollarla en el cable. En ese momento, una idea, más bien un concepto, se me viene a la cabeza: irse por las ramas. Decido dejar para más tarde el ejercicio de profundizar en el análisis, vuelvo mentalmente al viñedo y me dejo llevar por la música de las cañas peleando por desatarse. Así transcurrirá la jornada, tranquilamente.

Rama: Parte secundaria de algo, que nace o se deriva de otra cosa principal.

“Es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro…”, cantan a coro los Onda Vaga, y yo sonrío con la certeza de haber hallado una frase que llegó para allanarme el camino en la narración. Los lectores asiduos ya sabrán que acostumbro utilizar definiciones y citas como herramienta en muchos de mis textos. Pues volvamos a ubicar espacialmente al relato en Seddon, un pueblo minúsculo perteneciente a la región de Marlborough, zona plagada de viñedos. Paulatinamente, la mañana le ha dejado su lugar a la tarde, es entonces, y como tantas veces, que la música me ayuda a encontrar el rumbo que me conducirá al destino de lo que quiero expresar. Cuando pienso en el niño que llevamos dentro, inmediatamente lo asocio con la expresión más pura del soñar.

Sueño: 1. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes.
2. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.

Con respecto a lo que aportan las definiciones, empezando por la primera, se me hace inevitable plantear la siguiente relación: soñar es irse por las ramas. Las imágenes o sucesos se derivan de otras/os a medida que se desarrolla la fantasía. Por otro lado, la improbabilidad sugerida en la segunda definición no me termina de convencer. Para mi los sueños son proyectos, deseos o esperanzas sin lugar a dudas, pero a los que uno puede aspirar. Entiendo que todos nos damos el lujo de soñar con un imposible de vez en cuando, pero también considero que el primer paso para cualquier tipo de proyecto no es concreto, sino que se origina en ese instante en que uno lo sueña. Bien vale primero construir el castillo en el aire, para luego ocuparse de los cimientos.

“Soñar en teoría, es vivir un poco, pero vivir soñando es no existir.” Jean-Paul Sartre

Yo me permito la osadía de no coincidir del todo con el filósofo francés. Me parece que vivir soñando es, en cierto sentido, imprescindible. Es la manera más sana de ir en busca de un objetivo. Me levanto cada mañana para ir a trabajar con el propósito de ahorrar lo necesario para poder seguir viajando. Es importante aprender a desandar el camino para poder sacarle provecho a cada instante, por más insignificante que pueda parecer de antemano. Hacer del vivir soñando parte del objetivo.


“Creo que todavía estoy durmiendo, me siento como en un sueño”. Hace algunos días, el serbio Novak Djokovic logró su mayor anhelo: “Es el día más feliz de mi vida, logré el sueño de ganar Wimbledon”. Fue el primer torneo que vio por televisión cuando era chico, muchos años atrás, cuando su padre todavía pensaba que el pequeño Nole iba a seguir sus pasos. Hasta aquel día de la confesión: “No quiero esquiar, no quiero ser futbolista. Quiero jugar al tenis, quiero ser como Sampras”. Djokovic lidera hoy el ranking mundial de la ATP, nada más y nada menos que en la era de Federer y Nadal. Pero atención, no se trata solamente de querer ser el mejor, sino serían muchos los que por haberse quedado en el camino se sentirían fracasados. Hay sueños de todos los tamaños y colores, para todos los gustos.

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Pedro Calderón de la Barca

Las manos duelen después de haber trabajado todo el día, el sol ya se ha despedido hasta mañana y el frío dice presente en la montaña. Giro la cabeza y levanto la vista hacia el horizonte, el paisaje es majestuoso. No hay un rincón de tierra sin cultivar, para donde mires todo es viña. Jamás soñé con hacer esto, con trabajar en donde estoy trabajando, con vivir está realidad que estoy viviendo. Ese es otro punto a favor que tienen los sueños, a veces vienen sin que uno los busque, simplemente te despertás y descubrís que estás protagonizando una historia sin guión. Es por eso que yo tengo sólo un pedido: si toda la vida es sueño, déjenme dormir entonces, que no me quiero despertar jamás.

23/6/11

Sinsentido(s)

“Todo lo tóxico de mi país a mi me entra por la nariz, lavo autos, limpio zapatos, huelo pega y también huelo paco, robo billeteras pero soy buena gente, soy una sonrisa sin dientes”, Canción para un niño en la calle (Mercedes Sosa & Calle 13).

Estaba leyendo recién y una imagen del relato – más bien fue un aroma – me hizo notar algo que no me había llamado la atención hasta ese momento: en Auckland hay mar, pero no hay olor a mar. No se si es que yo estuve toda la semana resfriado (lo hubiese sentido, en menor medida), pero lo cierto es que pasé varios días sin percatarme de que esa fragancia, que tanto me gusta, no estaba en el ambiente por alguna razón. Mientras pensaba en el (no) olor a mar, se me dio por ponerme a buscar otros olores, otros aromas que – por su particularidad – me transportan a un lugar determinado. El hostel en el que me hospedé durante esos días en Auckland por ejemplo, a pesar de no ser un lugar sucio ni nada parecido, te recibía desde el momento en que cruzabas la corrediza puerta de entrada, con un olor singular que no me dejaba estar del todo cómodo. O la semidesierta Christchurch, todavía llena de escombros producto del terremoto, que también tiene un aroma específico que te advierte que estás ahí, es una mezcla de olor a polvo sumado a la ausencia casi total de gente, que produce una suerte de involuntario vacío.

Hace unos días salí a correr por el camino que bordea el lago Wakatipu, en Queenstown, una pequeña ciudad ubicada bien al sur en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Mientras trotaba cuesta arriba y barranca abajo, en la boca sentía el olor del aire seco y frío de la montaña, que entraba y salía de mis pulmones. Es probable que en el ambiente hubiese otro aroma característico, posiblemente proveniente de los árboles que decoran ambos costados de la ruta, pero la agitación generada por el ejercicio físico no me dejaba diferenciar con claridad cada fragancia. La imposibilidad de reconocer nítidamente los olores también es, de alguna manera, una forma singular de sentir que nos remite a determinada situación.

Olor a pochoclo es sinónimo de cine, a pólvora de petardos para mi equivale a estar en la cancha, aunque también podría hacer alusión a cualquier jardín durante la última semana de diciembre, ya sea Navidad o Año Nuevo. Pero no es el olfato el único sentido capaz de retrotraernos a un sitio específico. Vista, gusto, audición o tacto, cualquiera de ellos tiene el poder de hacernos saber que – gracias a un recuerdo del pasado – estamos en algún lugar conocido. Cada uno de nosotros sería capaz de reconocer a través del sentido del gusto, y sin la necesidad de recurrir a los otros cuatro, que está sentado en la mesa de su casa. Queenstown, por ejemplo, es una ciudad que se te mete directamente en la retina: la escena que cada mañana al abrir las cortinas, representan el lago y la montaña (los dos protagonistas principales de la obra), te llena los ojos y te invita a almacenar cada imagen en la memoria, ocupando bastante espacio del disco rígido debido a que es recomendable guardarlas en alta calidad.

Sentido: 1. Que incluye o expresa un sentimiento.
2. Proceso fisiológico de recepción y reconocimiento de sensaciones y estímulos que se produce a través de la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto o la situación de su propio cuerpo.
3. Modo particular de entender algo, o juicio que se hace de ello.
4. Razón de ser, finalidad.
5. Cada una de las distintas acepciones de las palabras.

Empecé hablando de los sentidos, en relación a la segunda acepción de la palabra. Pero luego de hurgar en el diccionario, algunos de los otros significados lograron seducirme. Cuando uno viaja suele sufrir un cambio inconciente en la capacidad natural de sentir. Al alejarse de los lugares comunes de lo cotidiano, nos volvemos más receptivos, lo que hace que todo lo que incluya o exprese algún sentimiento esté potencialmente más próximo a dejar su marca. Pero cada uno de nosotros tiene un modo particular de entender la realidad. Por ende, lo que para mi es fundamental, para otro puede resultar un absoluto sinsentido. Paradójicamente, aunque todo tenga una razón de ser, no siempre será la única.

Hace aproximadamente un año, me sentaba delante de la computadora con el deseo de ponerle palabras a la belleza de una ciudad que me había cautivado. Ahora escribo este artículo con la finalidad de compartir, por medio del relato, algunos de los sentimientos recopilados durante estas semanas de viaje. Con aromas e imágenes como condimento del texto escrito. Porque todo (nos) entra a través de los sentidos. Aprender a diferenciar cada fragancia, implica un ejercicio que es tan natural como gratificante. Cerrar los ojos y dejarse embriagar con el perfume del entorno, siempre será bien recompensado. Y teniendo claro que muchas veces no se trata de cuánto ni cómo ni dónde, sino que lo que realmente importa es con quién. El sólo hecho de compartir un momento con alguien que vale la pena, puede ser la causa que lo haga rebosar de sentido.

8/6/11

Fuera de contexto

“Contextualizar los problemas que cada uno tiene”, siete palabras que fueron el disparador de lo que viene a continuación. Sentado en el asiento 20A del vuelo que une Buenos Aires y Auckland, y mientras ceno, la idea se me viene a la cabeza y me apuro a anotarla en el primer papel que encuentro a mano. La traducción inmediata del pensamiento inicial fue: cada uno vive su propia vida. Una afirmación que no deja mucho lugar para la discusión, por ser demasiado simple: por tanto que uno intente a veces ponerse en el lugar del otro, nos será imposible interpretar cualquier tipo de realidad de la misma manera que lo hace el prójimo. Cada uno de nosotros posee un tamiz diferente e irrepetible – forjado a través de la propia experiencia – que utiliza para decodificar cada suceso, cada evento. Los esquimales, para brindar un ejemplo, llegan a diferenciar entre 30 tonalidades de blanco. Mientras que, por otro lado, aquellos que padecen de daltonismo, ven la misma realidad que nosotros, sólo que pintada de otro color. Son apenas un par de ejemplos de cómo no todos vemos lo mismo, a pesar de que estemos mirando hacia el mismo lugar. Es entonces cuando uno podría bien hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo son realmente las cosas?


Ahora escribo algunas líneas desde los 182 metros del café/bar que está en la SkyTower de Auckland, la estructura más alta hecha por el hombre de todo el hemisferio sur. Allá abajo, las luces de la ciudad se van encendiendo lentamente y la gente sale de las oficinas para empezar a disfrutar del fin de semana. Me cuesta pensar en un contexto más descontextualizado – valga la redundancia – que éste para analizar mi realidad, la que quedó allá, a 10.367 kilómetros, en la menospreciada Buenos Aires. Los viajes siempre me ayudan a sacar conclusiones, que no tienen porqué ser definitivas, pero que al fin y al cabo son conclusiones, lo cual ya es algo de por si positivo.

Mientras Kevin Johansen canta: “Me voy porque acá no se puede, me vuelvo porque allá tampoco…”. Mientras cada uno se encuentra inmerso en sus propios problemas, sean pequeños, grandes o irresolubles. Resulta que yo entro a un banco en Nueva Zelanda con la idea de abrir una cuenta y, un buen rato más tarde, salgo con el número de cuenta en un bolsillo de la campera y con la grata noticia de haber conocido a Frank, un empleado de origen hindú que llegó a este país hace ocho años, que tiene un hijo de tres años que nació acá y que se llama Suhan, que se pregunta si Messi es o no mejor que Diego y que me simplificó la existencia pocas horas después de haber pisado tierra maorí. ¿Cómo? Preocupándose por tratar de ayudarme en lo que yo necesitaba que me ayuden. ¿Por qué lo hizo? Porque cuando llegó al país se le hizo muy complicado adaptarse y dar sus
primeros pasos, y hoy está convencido de que lo mejor que puede hacer es devolverle una sonrisa y brindarle su ayuda desinteresada, a aquel que llega en una situación similar a la que él vivió. Durante estos primeros días, han sido varias las ocasiones en que me descubrí haciéndome la siguiente pregunta: ¿qué hago acá? Y he podido darme cuenta que lo más interesante no pasa por buscar una respuesta inmediata, sino por dejarse llevar e ir descubriéndolo sobre la marcha. Para poder así conocer gente como Frank, dispuesta a tomarse el tiempo que sea necesario para darte una mano.

Yo decidí hacer este viaje para poder sentirme fuera de contexto. Para conocer una cultura diferente (y por ende nueva para mi), en la búsqueda de lograr un crecimiento, más que todo desde el punto de vista humano. El primer comentario cuando le contaba a alguien que me iba era (usualmente): “ah, vos si que la pasas mal”.
A lo que probablemente mi respuesta más común haya sido una sonrisa que decía tácitamente: “y, la verdad que no me puedo quejar”. Sin embargo me he dado cuenta que sería falaz pensar que esta aventura sólo tiene como objetivo el disfrute. Estar sólo y a tantos kilómetros de casa implica, inevitablemente, momentos de sufrimiento (porque uno sufre cuando no puede tener lo que necesita), a los que se les puede dar – si uno sabe como – mucha utilidad. Canalizando esos sentimientos, podremos dimensionar con mayor precisión cuáles son los factores a los que debemos darle real importancia en nuestra vida y cuáles a los que no.

Contexto: Entorno físico o de situación, ya sea político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el cual se considera un hecho.


Pasaron varios días y ya estoy lejos de Auckland. Hoy me siento a escribir las últimas líneas de este artículo en la cocina del hostel, en Christchurch, la ciudad que hace poco más de un año sufrió un terremoto de 6,3 grados de magnitud en la escala de Richter. Hace un rato, mientras caminaba alrededor del cerco gigante que rodea el centro, volví a pensar en el tema del contexto. ¿Cómo es vivir un terremoto? Se me hace simplemente imposible pensar en como sería que el lugar en el que vivo, de un día para el otro, se convierta en ruinas. Miro a mi alrededor y las paredes de la habitación están empapeladas con mapas de todas partes del mundo. Cada tanto entra alguien a prepararse un café o a servirse algo para comer, son muchos los países con representantes que alguna vez dijeron presente en este recinto. Y cada uno de ellos será capaz de contar su propia versión de los hechos.

Vivimos – frecuentemente – preocupados por los contratiempos que nos invaden en nuestra vida cotidiana. Solemos catalogarlos como problemas, pero basta con que alguien cercano nos cuente que le pasó tal o cual cosa, que represente una gravedad de mayor nivel, para que luego de la comparación lleguemos a concluir que no tenemos derecho a quejarnos de nada. Hace un par de días charlaba con un inglés con el que compartí habitación en Wellington y, al comentarle que venía para Christchurch, me dijo: “no hay nada para ver, está todo cerrado”. Ahora que he recorrido esta ciudad, difícilmente pueda estar más lejos de compartir ese pensamiento. Porque, como decía al comenzar, cada uno vive su vida como quiere o puede. Porque bien vale hacer el ejercicio de ponerse en el lugar del otro, pero siempre teniendo en claro que cada uno de nosotros es único, e irrepetible.

16/5/11

Cuestión de piel

- Ley de Registro de Población: clasifica a todos los sudafricanos por razas, siendo el color el criterio decisivo.

Para entender por qué alguien toma una decisión y no otra, para comprender las razones por las que una persona elije un camino y no otro, siempre es imprescindible ponerse en contexto. En 1948 el National Party ganó las elecciones generales blancas en Sudáfrica. Estaba liderado por el doctor Daniel Malan, quien centró su campaña haciendo hincapié en el swart gevaar (peligro negro). En las elecciones se impuso por sobre al United Party, el partido gobernante en ese entonces. Fue un triunfo de los afrikáner por sobre sus antecesores ingleses, hasta allí los principales dominadores de la Sudáfrica de aquellos años. Fue la primera vez en la historia en que el gobierno quedó en manos de un partido exclusivamente afrikáner. La declaración formal de principios políticos que alentaba el partido nacionalista fue conocida como apartheid (segregación). El inglés pasó a ser el segundo idioma, como era lógico si uno tenía en cuenta cuál era el lema del nuevo régimen: “Eie volk, eie taal, eie land” (Nuestra gente, nuestra lengua, nuestra tierra).

- Ley de Servicios Públicos Separados: fuerza la separación del espacio de uso de los servicios públicos, destinándose áreas reservadas a los blancos y otras para los no blancos.

“Yo simpatizaba con la corriente extremista y revolucionaria del nacionalismo africano (su lema era “África para los africanos”). Estaba furioso con el hombre blanco, no con el racismo. Aunque no estaba preparado para echar al mar al hombre blanco, me habría hecho tremendamente feliz que hubiese subido a sus naves y abandonado el continente por su propia voluntad”. Son palabras de un joven Mandela, en esa época integrante de la Liga de la Juventud del CNA (Congreso Nacional Africano), que comenzaba a dar sus primeros pasos en política. Sus inicios nos mostraban a un muchacho rebelde, que no iba exclusivamente en contra de los ataques raciales del gobierno blanco, sino que buscaba defender más que todo a los que consideraba su raza, a los africanos. Se había criado de acuerdo a las costumbres tribales de su gente y su pensamiento era – en un primer momento – acotado.

- Ley de Inmoralidad: considera ilegales las relaciones sexuales entre blancos y personas de otras razas.

Hablamos de retroalimentación, cuando se instaura el odio sólo se debe esperar más de lo mismo. La historia de Mandela es admirable en varios sentidos, para mi uno de los más trascendentes es su capacidad de reconocer que había elegido el camino equivocado – con todo lo que significa hacerse cargo – para luego enderezar el rumbo. No nos podemos dar el lujo de esperar que todos sean Mandela. No sería recomendable pensar que sólo con el paso de los años, cada uno encontrará los medios para dilucidar que, por ejemplo, discriminar está mal. Por eso la clave es alimentar, pensando esta acción a través de sus sinónimos: fomentar el amor por la educación, nutrir el deseo por enriquecer nuestros conocimientos, suministrar las herramientas que nos permitan desarrollarnos.

- Ley de Áreas de Grupo: estipula la existencia de zonas separadas en las ciudades para cada grupo étnico.

La ignorancia y la desigualdad presuponen un riesgo doble: los más necesitados crecen acumulando bronca contra los que tienen lo que yo no puedo tener, mientras que las clases altas tienden a aislarse en pos de resguardar lo que aquellos otros me quieren sacar. Además de lo importante de la educación, creo que también es fundamental trabajar en la integración. Tanto del excluido como del que excluye. Desarrollar la convivencia tendrá como resultado más posibilidades para los que no las tienen y significará al mismo tiempo un descenso en el nivel de miedo generalizado. Bien vale como ejemplo lo que es capaz de generar el deporte, particularmente el fútbol: adentro de una cancha no existen las clases sociales, nadie repara en el color de la piel del que hizo el gol antes de ir a abrazarlo.



- Ley de Nativos: conocida como Ley de Pase, prohíbe a los sudafricanos negros el desplazamiento desde las zonas rurales a las ciudades.

La carencia actúa como un límite. Si miramos el mapa de las grandes ciudades, podremos advertir que en muchas ocasiones en los alrededores de los barrios más pudientes se sitúan las villas de emergencia. El denominador común en ambos territorios es la exclusividad: de un lado están sólo los que no tienen nada y del otro se encuentran únicamente los que pueden pagar la entrada. En la práctica son como dos países limítrofes en los que hay que cumplir determinados requisitos para poder cruzar la frontera. Desde hace tiempo me vengo preguntando cuál es el sentido de que el mundo esté dividido cual rompecabezas. Entiendo que es necesario desde lo organizacional, de otro modo sería muy complicado administrar el territorio. Pero no acepto que sea necesario pedir permiso (y que te lo concedan) para poder ingresar a otro país. Sueño con un futuro en el que las líneas divisorias de cada nación no sean más que la transición hacia una cultura diferente.

“La lucha es mi vida. Seguiré luchando por la libertad hasta el fin de mis días.” Nelson Mandela (1961)

11/4/11

Verde locura

El movimiento mecánico del brazo derecho es casi automático, antes de que las retinas reciban el primer destello de luz, el pulgar derecho busca de memoria el botón indicado del control remoto y el televisor se enciende. Es domingo, minutos después de las tres de la tarde, aunque por unos instantes el desconcierto que nos invade a todos al despertar me obliga a hacer un esfuerzo y chequear por segunda vez la hora en el despertador. Enseguida me vuelvo hacia la pantalla y los canales se suceden hasta llegar a los deportivos. En ESPN está a punto de comenzar la última jornada del Masters de Augusta – el torneo de golf más importante de la temporada – y un pequeño recuadro anuncia que Ángel Cabrera comenzará a jugar a las 15:40, hora de nuestro país. Para mi posterior sorpresa no cambio de canal, me levanto, me lavo la cara, me hago un café con leche y me siento frente a la tele a ver golf. Sí, golf.

Fueron más de cuatro horas durante las que palabras como putt, bogey o águila se escuchaban constantemente y en las que conocí a jugadores como Geoff Ogilvy y Adam Scott, entre otros. Me metí rápido en el personaje y – mientras seguía las acciones en el televisor – me dediqué a contar lo que pasaba vía twitter. Como si fuese el más experto periodista de golf, escribía comentarios como este: “@Santi_Gonzalez: Tremendo putt largo del Pato en el hoyo 4, aseguró el par y sigue -8. Tiger hizo águila en el 8, se puso -10 y lo festejó de lo lindo”. Sin la posibilidad de disfrutar de la imagen en HD por carecer de la tecnología necesaria y aprendiendo de lo que otros opinaban, también en 140 caracteres, el tiempo transcurría sin que se produzca desmedro alguno en mi nivel de atención. Hay que reconocer que la televisación del evento es fantástica, aprovechando los intervalos que se producen en el juego de cada participante – ya sea porque se trasladan de un lado a otro del campo o porque están aguardando su turno – uno tiene la posibilidad de ver en vivo lo que está haciendo cada uno de los que pelean arriba. Cambié de canal un par de veces aprovechando las pausas y así me encontré – casualmente – con el gol que Valeri le hizo a Boca. Pero no estaba interesado en ver fútbol.

Como leía esta mañana en El País, la jornada del domingo fue “una película de suspenso digna del mejor guión de Alfred Hitchcock”. Rory McIlroy, el joven de 21 años que había llegado al último día como líder y con cuatro golpes de ventaja sobre sus escoltas, no tuvo un buen desenlace y luego de un triple bogey en el hoyo 10 se despidió de la pelea por el título. Es probable que la presión le haya jugado una mala pasada como comentaban los expertos, la cuestión es que la debacle del irlandés le abrió la puerta a un nutrido grupo de competidores en la lucha por calzarse el saco verde. Diez nombres desfilaron por la punta a lo largo de una tarde inolvidable que fue derechito a parar a la historia grande del certamen. Acá van un par de tweets como ejemplo de lo cambiante que era el marcador: “@Santi_Gonzalez: Ogilvy está encendido, cinco birdies al hilo en 12-16 para subirse a la punta con -10” y un par de minutos después “@Santi_Gonzalez: Adam Scott quiere ser el primer australiano en ganar Augusta. Está puntero con -11 después del birdie en el 14”. Impredecible, vibrante.


En Buenos Aires caía la noche y con ella se acercaba el momento del desenlace allá en el estado de Georgia. Tiger Woods arrancó el día a siete golpes del puntero, tuvo un gran desempeño en la ida para llegar a ponerse -10 bajo el par de la cancha, lo que hizo ilusionar a sus fanáticos, pero se quedó sin nafta en el final y terminó cuarto y a cuatro del campeón. Sus 67 golpes del día fueron, sin embargo, su mejor marca para un domingo en el Masters. Ángel Cabrera se mantuvo expectante durante toda la tarde. Hizo birdie en el 15 y así llegó a -10, lo que lo dejaba a dos golpes del líder a esa altura. Era el momento de demostrar para qué estaba, pero un bogey en el hoyo siguiente lo dejó sin chances. Terminó con doble par, en el séptimo puesto con -9 y redondeando una buena actuación. Los australianos Adam Scott y Jason Day tuvieron un gran cierre y finalizaron como escoltas a dos golpes del vencedor. El saco verde fue para el sudafricano Charl Schwartzel que totalizó 274 (-14) para consagrarse por primera vez en un major. Con 5 birdies – cuatro en los últimos cuatro hoyos – y un águila fenomenal en el 3, logró recortar los cuatro golpes de más que tenía al comenzar la jornada y cerró con un gran putt que significó un título.

Para mí fue un domingo distinto, en el que pude confirmar – una vez más – que los grandes eventos deportivos cautivan mi atención y me invitan a vivirlos sin despegarme un segundo de la pantalla. El año pasado había seguido atentamente el desenlace de la consagración de Mickelson. Este sábado, mientras hacía zapping, vi como el Pato Cabrera terminaba segundo el tercer día de competencia, lo que le iba a permitir jugar el domingo junto al líder. Ayer me desperté casualmente en el momento que comenzaba la jornada y pude disfrutar de una tarde con el mejor golf del planeta. Pablo Fábregas, productor de Metro y Medio, dejó este comentario en su twitter cuando promediaba la tarde: “@pablitofabregas: Mirando golf y pasándola bien. Mañana voy a buscar los papeles para la jubilación”. Somos unos cuantos los que ésta mañana nos podríamos haber cruzado en la cola para iniciar el trámite.