11/11/09

Prohibido opinar diferente

Dos amigos coinciden en una tribuna finalizado un partido de fútbol. Discuten, exponen opiniones desencontradas, charlan acerca de lo acontecido en dicho encuentro. Termina el intercambio de ideas, se suben al mismo auto y vuelven juntos a sus hogares respectivos, sin resquemor alguno. ¿Qué extraño suceso hizo que dos argentinos, luego de una discusión en la que nunca se pusieron de acuerdo, no terminasen peleados? Si a usted le resulta extraña la pregunta que acaba de leer es porque probablemente haya descuidado un término de vital importancia en dicho enunciado: “argentinos”. El objetivo de mi exagerado razonamiento, es hacer hincapié en una característica profundamente arraigada de nuestra sociedad: la intolerancia hacia una opinión disidente.

Discutir, el arte de intercambiar ideas y opiniones, nos obliga a ejercitar la mente. Uno se ve constantemente en la necesidad de argumentar para poder demostrar que lo que está expresando es lo correcto. Es un ejercicio definitivamente enriquecedor. Estoy convencido que muchas ideas y razonamientos surgen de charlas en las que nuestro interlocutor piensa en algún modo distinto a nosotros, lo que nos obliga a analizar y repensar lo que estamos diciendo. Cuando uno quiere hacerse entender y no lo logra, busca por todos los medios posibles, agota todas las opciones hasta sentirse satisfecho, ya sea porque el otro entendió o porque uno hizo todo lo que estaba a su alcance para que eso suceda. Pero cuando actuamos de forma intolerante, estamos bloqueando la capacidad de pensar distinto. Por el sólo hecho de estar en contra de lo que el otro opina, somos capaces de defender argumentos que ni siquiera nos representan. Ser intolerantes es perder la capacidad de escuchar, nos hace menos humanos, nos reduce. Es el autismo de la razón.

Todos tenemos actitudes intolerantes: en la calle, en el trabajo, en nuestra vida cotidiana se nos presentan diversas situaciones en las que dejamos de pensar al otro como par. Esta forma de ser genera violencia, que puede ser física y también verbal. Y produce un desgaste, que puede terminar siendo mentalmente agotador. Uno se vuelve impaciente, tiende a enojarse por cualquier cosa y termina confrontando, casi siempre sin sentido.

Por eso hoy les propongo hacernos cargo, cada uno desde su lugar. Uno tiende a pensar que todos los defectos son de los demás y a olvidarse de que, como ser humano, es también falible. Creo que es necesario ejercitar nuestra paciencia, pero sabiendo que no es una tarea sencilla. Vivimos en una ciudad de Buenos Aires en la que reina el caos, en donde la intolerancia es moneda corriente y se multiplica en cada esquina. Esto nos pone en la obligación de hacer un esfuerzo si queremos que algo cambie.

La vida del político es básicamente confrontar e intercambiar ideas con sus pares. Sin embargo, uno tiene la sensación de que nuestros dirigentes no están dispuestos a aceptar que el otro puede tener razón, inclusive creyendo que es así. Esto hace que sea prácticamente imposible lograr un crecimiento. Es por ello que, sin temor a ser redundante, vuelvo a hacer hincapié en un tema ya fetiche en mis artículos: la educación. Es indispensable enseñarles a los más chicos que es posible convivir en armonía. No sólo importa que aprendan geografía, historia o el teorema de Pitágoras. También es fundamental que nunca dejen de creer en el diálogo, en el intercambio de opiniones, y que aprendan desde pequeños a exponer sus ideas con claridad y compromiso. Sólo así podremos soñar con una clase dirigente que sea capaz de luchar y defender sus ideales con inteligencia e hidalguía.

Vivimos en una sociedad que no acepta convivir con quienes piensan diferente y que muchas veces lo hace sólo desde el prejuicio, ya que nunca se dio un momento para preguntarse por qué el otro piensa lo que piensa. Creo que todos disfrutamos al compartir una mesa con amigos, polemizando sobre los temas más triviales y somos capaces de dejar la vida en cada discusión. Por eso no entiendo cómo es posible que no podamos sentarnos a dialogar e intentar ponernos de acuerdo, acerca de los temas que hacen a nuestro futuro como país y, por ende, a nuestro futuro como habitantes de este suelo. Hoy empiezo por aceptar que muchas veces he pecado de intolerante, logrando generalmente sólo perjudicarme.

Debemos preocuparnos por vivir un poco más despacio, de tomarnos el tiempo necesario para ser más pensantes. En una realidad regida por la ansiedad, que nos envuelve en su espiral vertiginoso y nos lleva a actuar constantemente de forma irracional, es muy sencillo volvernos intolerantes. Actuamos por instinto, más como animales que como seres humanos que somos. Y en definitiva, en esta ecuación, salimos siempre perdiendo.

Intolerancia: Falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

31/10/09

¿Cuántos Messi hay?

Me preocupé cuando lo escuché a Diego decir que quería hablar con Messi. Lionel no necesita que le hablen afuera de la cancha. La Pulga necesita divertirse jugando con la camiseta de la Selección, igual que como cuando juega en el Barcelona. No hay dos Messi. No existe tal cosa como “el Messi del Barcelona” o “el Messi de la Selección”. Lionel es uno solo y resulta que le gusta jugar al fútbol. Cuando sale a la cancha se deja llevar por el juego en el sentido más lúdico de la palabra. No necesita que lo hagan sentir responsable, sino que lo dejen ser él mismo.

Hay jugadores que rinden por arriba de su capacidad cuando se sienten importantes, cuando los cargan de responsabilidades y les suben la vara con la que miden su rendimiento. Hay jugadores que muestran su mejor versión en instancias finales, cuando las papas queman. Para ver la mejor versión de Messi no hace falta hablarle, ni darle la 10, ni decirle que es el mejor del mundo. Para que rinda al cien por cien hace falta hacerlo sentir cómodo adentro de la cancha. Hace falta rodearlo bien, hacerlo sentir parte de un equipo y no el encargado de ganar el partido. Cuando el rendimiento colectivo pierde lo colectivo, Lionel se ve obligado a ser el salvador, a tener que gambetear a cuatro, tirar el centro e ir a cabecearlo. Y ahí es cuando se pierde, cuando la situación lo sobrepasa y su incomodidad hace que deje de sentirse útil para el equipo. Entonces se aísla, inconcientemente se va del partido, comienza a entrar cada vez menos en juego y, cuando lo hace, busca siempre la individual y pierde más de lo que gana.

En contradicción con lo que muchos creen, Messi es un jugador que necesita del equipo. Es individualista por naturaleza y su gambeta en velocidad es indescifrable. Pero para explotar su individualismo necesita ser bien asistido. Necesita estar bien acompañado. Necesita mezclarse entre el resto, hacerse pasar por un rato por un jugador más, para poder luego aparecer por sorpresa y demostrar que es un verdadero fuoriclase. Es notable como cuando tiene cerca un jugador con el que se siente cómodo, con el que siente que puede congeniar adentro de la cancha, enseguida lo busca. Lío necesita encontrar en Verón a su Xavi o en Aimar a su Iniesta.

Se le exige mucho más que al resto, porque se sabe que tiene mucho más para dar. Los que nunca lo vieron jugar en España dudan de sus condiciones o se preguntan si alguna vez rindió en la Selección. Inclusive he llegado a escuchar que es una mentira o han llegado a decir que no es argentino, sino catalán. Lionel sabe que no está rindiendo con la albiceleste y se siente en deuda. Por eso no grita los goles, porque no se siente parte del equipo. Pero esto no sucede porque sus compañeros no lo ayuden o porque se sienta excluido. Esto le pasa porque no se siente útil, sabe que no les está dando todo lo que su potencial le permite.

La Pulga no es enganche, es un jugador vertical que cuando agarra la pelota busca inmediatamente el camino más directo al arco. No se destaca por su visión de juego, ni tampoco por ser un gran asistidor y aún así puede meter una bola de gol, ya que la sensibilidad de su pie izquierdo se lo permite. Es un delantero con gol y, sin embargo, en los últimos partidos jugando para la Selección Argentina casi no pateó al arco. Messi está siendo desperdiciado. Tenemos al mejor jugador del planeta, pero no lo sabemos aprovechar.

Si el logra olvidarse de que tiene que demostrar, cada vez que toca el balón, que es el mejor del mundo. Si logra dejarse llevar y sumergirse en el juego, ahí podremos verlo en su mejor versión. Inclusive, es probable que alcance un nivel de rendimiento superlativo y logre que nadie se permita siquiera dudar, que es actualmente el mejor. Para que lo haga, lo más importante no es hablarle. Está bien preguntarle qué es lo que necesita para sentirse cómodo, pero existe la posibilidad de que él no sea conciente del motivo. La solución pasa por el equipo. Cuando la Selección logre un funcionamiento como tal, ahí podremos disfrutar del mejor Messi. Del único Messi.

8/10/09

Bienvenido Matías

Existen algunos que todavía sienten que pueden hacer algo para combatir a todo lo malo que significa el fútbol como negocio pura y exclusivamente. Y para los que, ingenuamente, seguimos creyendo en recuperar lo sano que tiene este hermoso juego, escuchar a un jugador que defiende los mismos valores con los que quien escribe busca desempeñarse en cada aspecto de su vida, es sin duda reconfortante. Yo me permito soñar, por qué no, con un fútbol más allá del negocio. Por eso hoy digo: bienvenido otra vez, Pelado.

En la actualidad, los chicos que están comenzando sus carreras como futbolistas, firman su primer contrato con edad de novena división y tienen un representante, inclusive antes de entender realmente cuál es la función que éste debe cumplir. Una mañana, luego de su regreso a River, Almeyda se sorprendió al ver aparecer a uno de los más jóvenes del plantel con auto nuevo. Al indagar, se enteró de que era un regalo de su representante. Molesto con esta situación se preguntó: ¿por qué, si lo quiere tanto, en lugar de un auto no le regala un departamento?

Esta manera de pensar, está históricamente relacionada con la de antiguos directores técnicos, como por ejemplo Timoteo Griguol, que no les permitía a sus dirigidos invertir en un cero kilómetro sin antes asegurarse el techo propio. Este rol casi paternal que tenían ciertos entrenadores, brindaba un gran aporte en la formación de muchos futbolistas. Hoy este deporte está cada vez más lejos de aquellas épocas y los chicos se ven obligados a hacerse grandes cada vez más jóvenes. Es así como terminan yéndose a jugar al exterior a muy temprana edad y muchas veces sin la madurez necesaria para afrontar semejante desafío.

Almeyda dejó el fútbol porque se había asqueado, estaba cansado de ver como el negocio se comía al deporte y, con edad y físico para seguir jugando, decidió volverse a su casa a disfrutar de su familia. Luego de un par de años de inactividad, sintió que el jugador que tenía adentro le estaba pidiendo volver. Pasaron el Showbol y el Torneo Super 8, con estrellas del pasado, y apareció un ofrecimiento para volver a jugar oficialmente con la camiseta que lo vio nacer. Y Matías no dudo. El mismo que había largado cuatro años atrás para preservar su salud mental estaba de vuelta, convencido de que podía serle útil a su club y a este deporte desde adentro de la cancha. Durante el período que estuvo sin competir se dedicó, entre otras cosas, a aconsejar a los futbolistas más jóvenes. Hoy, con 35 años, sabe que su físico le da para jugar durante un tiempo más y que cuando deje definitivamente la actividad, seguirá estando cerca del fútbol. Seguirá intentando aportar lo suyo, porque se dio cuenta de que la única forma de defender lo que él siente que está bien, es involucrándose. Porque, al fin y al cabo, de eso se trata la vida, de jugarse por lo que uno cree que es lo correcto.

Hoy en día, el mundo del balón se encuentra atrapado en las garras de un gigantesco negocio que lo absorbe, corrompe y utiliza para beneficio de quienes ostentan el poder. Esta realidad, no hace más que perjudicar inmensamente al juego, al deporte en su sentido más puro y sano. Es así como, en el fútbol argentino, la mayoría de los clubes se encuentran en situaciones críticas desde el punto de vista económico. Los dirigentes se ven constantemente obligados a vender rápido a sus jóvenes figuras
para poder afrontar medianamente las deudas y este círculo vicioso lo único que logra es debilitar cada vez más a las instituciones y, a su vez, fortalecer a los grandes inversores.

En medio de este presente nefasto desde lo deportivo, nos encontramos los espectadores, simples amantes del juego que no nos sentimos completos si no podemos ver jugar a nuestro equipo. Y también está un tal Matías Jesús Almeyda, el Pelado, un futbolista sano que busca combatir a todos aquellos que, tratando de hacer su negocio, están matando al fútbol. Desde su lugar dentro del verde rectángulo, no sólo demuestra que todavía le da el físico para rendir en la alta competencia, sino que además brinda un gran aporte en la formación de los más chicos.

21/9/09

Aprovechar el negocio

Un país que vivió las atrocidades de un apartheid que lo dividió en dos, como si el diferente color de piel hiciese incompatible a las personas; un país que todavía está aprendiendo a vivir en una sociedad de todos, dentro de menos un año estará recibiendo al mundial de fútbol.

La Sudáfrica negra ya disfruta de lo que será, sin duda, un mes de fiesta, a pesar de la enorme responsabilidad que significa organizar la copa del mundo. Sin embargo, no todas son buenas: a mediados de julio, un paro de los obreros de la construcción ponía en riesgo la terminación de las obras y hace un par de semanas, hubo una huelga de taxistas que, celosos con el nuevo sistemas de autobuses rápidos recientemente implementado en Johannesburgo, terminó con los micros baleados y sus conductores amenazados de muerte.



Sudáfrica trabaja desde hace tiempo para recibir el primer mundial en suelo africano y, que todo esté en condiciones a tiempo, requiere de un esfuerzo mayor de toda la sociedad.

El 11 de Febrero de 1990 era liberado, luego de 27 años de prisión y a los 71 años de edad, Nelson Mandela. El apartheid (la palabra significa ‘segregación’) fue un acto de racismo que durante más de 40 años mantuvo al país dividido de acuerdo a la clasificación racial de cada individuo. Mandela, luego de su liberación, llevó al apartheid a su fin y el 27 de Abril de 1994, en las primeras elecciones generales en décadas, fue elegido el primer presidente negro en la historia de Sudáfrica. Desde su nuevo cargo, puso en marcha una política de reconciliación nacional y a un año de su asunción organizó la copa del mundo de rugby.

Un deporte que fue históricamente uno de los símbolos de los afrikaner (así se los llama a los sudafricanos de raza blanca y descendientes de holandeses), durante el mundial, logró como había previsto Mandela, unir a negros y blancos bajo una misma causa. La copa del mundo ganada por los Springbok en 1995 es uno de los hitos en la historia de la reconciliación nacional.

Durante décadas, los sudafricanos vivían en ciudades diferentes, de acuerdo a su clasificación racial (basada en el color de piel) y también practicaban deportes distintos: los blancos amaban al rugby, deporte en el que son potencia mundial, mientras los negros preferían el fútbol.

Hoy todo un país se prepara para un evento similar al que vivieran 14 años atrás, pero de una magnitud mucho mayor. Durante un mundial de fútbol, no sólo los fanáticos de ese deporte se hacen presentes, el mundo entero observa lo que sucede durante un mes en el que se respira fútbol. Ciudadanos de todo el planeta invadirán un país que hace menos de 20 años estaba regido por el racismo y en el que el odio de la raza negra, que vivía bajo la opresión y la esclavitud, era de un grado difícil de imaginar por quienes nunca vivimos una situación semejante.

Pero hoy existen chicos en Sudáfrica que nacieron y crecieron en un país nuevo, en un contexto muy diferente al de un par de décadas atrás, chicos que, como los nacidos después del ’83 en Argentina, no convivieron con un régimen nefasto en la historia de su nación. Para estos chicos, y para todos los chicos, este deporte que mueve cifras millonarias alrededor del globo, el fútbol, es simplemente un juego.



Adentro de un campo de juego somos todos iguales. Negros y blancos, ricos y pobres corren detrás de un balón sin hacerse problema por el origen racial o la clase social de sus compañeros de equipo. La única manera de crecer que tiene una sociedad es por medio de la educación. Y es ahí en donde el deporte, en este caso el fútbol, puede brindar un gran aporte. El odio interracial sigue vigente en muchos lugares del planeta. La única manera de combatir al gran negocio que es la guerra, es educando a los más chicos. Ellos serán los que tomen las decisiones en el futuro. Hay que utilizar todas las herramientas que estén a nuestro alcance para dicho propósito. El fútbol puede hacer un aporte fundamental y no debemos desaprovecharlo.

31/8/09

¿De qué lado estás?

Multitud, disconformidad, tensión, enfrentamiento. Para cualquiera que vive en la ciudad de Buenos Aires, estas son palabras que no sorprenden. La imagen es elocuente: un tipo tirado en el piso, acurrucado, intentando cubrirse de los golpes. A su alrededor otros cuatro tipos le pegan patadas. Unos metros atrás de los agresores, un fotógrafo y un camarógrafo registran el momento. Yo observo lo que sucede por televisión, desde la comodidad de mi casa, y decido poner pausa.

Durante nuestra vida debemos tomar decisiones constantemente. La mayoría son decisiones menores (mate o café) y existen determinadas ocasiones, en las que la elección requiere cierto nivel de análisis previo. Para ello, la herramienta que más utilizamos es la experiencia. Y, basándonos en la experiencia, muchas veces decidimos de forma inconsciente, por ejemplo: sin hacer ningún análisis, yo se que el café con leche me gusta con tres cucharadas de azúcar.

Sinceramente no concibo el ver a un fotógrafo que se desespera por obtener la imagen precisa, el golpe en el momento del impacto, y que no reacciona intentando defender a ese mismo hombre al que está fotografiando. Y ustedes me dirán: su trabajo es sacar fotos y no resguardar la seguridad de sus conciudadanos. A lo que yo respondo: antes de ser fotógrafo, ese hombre con una cámara de fotos en la mano, es un ser humano, igual que el que está siendo golpeado, igual que vos y yo. Y como seres humanos, tenemos poder de decisión.

Para mi no existe ver como cuatro tipos le pegan a otro y no hacer nada. Y menos acercarse para sacar una foto y dejar que le sigan pegando. Quizás alguno de esos que golpeaban, a la noche se avergüencen al verse por televisión. O quizás no. No voy a juzgarlos a ellos. Hoy me propongo cuestionar un accionar que es común en todos nosotros, como parte de una sociedad.

Es entendible no responder al ver como a alguien le roban a punta de pistola delante de nuestros ojos, porque probablemente tiene que ver con poner en riesgo la vida. Pero ahora me detengo ante la imagen que me devuelve el televisor: hace minutos se leyó la primera sentencia en el juicio por Cromañón y los integrantes del grupo Callejeros fueron absueltos. Los familiares de los chicos muertos esa noche están furiosos y lo demuestran ante las cámaras. La zona de tribunales se ve envuelta por el caos. En medio de la muchedumbre enfurecida está el hijo de Omar Chabán. Y es a él a quien le están pegando.

Es la no-reacción del fotógrafo y el cámara lo que me hizo ruido. Esa imagen fue el disparador que me llevó a sentarme a escribir. Creo que es la versión malentendida del rol que uno cumple en la sociedad lo que nos lleva a quedarnos inmóviles ante determinadas situaciones. Yo fotógrafo estoy acá para sacar fotos, y nada más. El resultado es la inacción, como si en determinadas circunstancias se bloqueara nuestra capacidad de análisis. Seguramente ese fotógrafo volvió a su casa luego de una jornada laboral más, se pegó una ducha y se hizo algo de comer, sin cuestionarse en absoluto su accionar de horas antes, sin un dejo de remordimiento por haber visto como golpeaban a aquel hombre y no haber hecho nada para ayudarlo.

Yo me pregunto cuán normal es esto. O mejor dicho, cuán bien está que esto nos resulte normal. Y llego a la conclusión de que no está nada bien, de que estamos fallando en algo si una imagen así no nos genera nada. Es por eso que decidí ponerle pausa a la realidad. Porque de eso se trata este espacio, en el que no sólo voy a escribir comentarios deportivos.

Comencé hablando de tomar decisiones, y creo que lo preocupante en este caso es el hecho de que en ningún momento nos permitimos dudar. En ningún momento nos damos la oportunidad de decidir. El fotógrafo no elije entre ayudar al hombre o sacar la foto. Existe aquí un alto grado de alienación, determinadas situaciones se nos vuelven normales y ni siquiera nos preguntamos si está bien o mal. Pero nunca es tarde para despertar, para demostrarnos a nosotros mismos que somos personas pensantes y que todavía conservamos nuestra capacidad de análisis.

No pretendo condenar al fotógrafo, que después de todo es una muestra de lo que somos todos nosotros como individuos dentro de esta sociedad. Hoy mi objetivo es despertar ese sentimiento dormido, que día a día no nos deja reaccionar ante situaciones en las que estamos en desacuerdo. Porque todos tenemos la posibilidad de elegir. Porque todos podemos poner pausa y decidir de qué lado queremos estar.

15/8/09

Y acá en los tablones

En pleno escándalo post ruptura de contrato entre la AFA y TSC (Televisión Satelital Codificada), en este presente en el que no sabemos en qué canal vamos a poder ver nuestro fútbol casero, aprovecho para proponer la vuelta a las canchas. En tiempos en los que el negocio está más presente que el juego, creo que es un buen momento para reivindicar la pasión.

El fútbol argentino ha sido siempre resaltado por la efervescencia con que se vive cada encuentro desde las tribunas. Es normal escuchar a jugadores que emigraron a jugar en el exterior, decir que extrañan nuestra manera de sentir el fútbol.

Está claro que en este presente mundial multimediático, un deporte tan popular como es el fútbol no puede estar ajeno al gran negocio de la televisión. Hoy nos es posible ver partidos de las ligas más diversas y la oferta es tal que no importa a que hora prendemos el televisor, siempre hay un encuentro para ver. Para el espectador futbolero, es un contexto que roza el ideal. Pero esta posibilidad de ver prácticamente todo lo que pasa, ha alejado a muchos de los estadios. Sin olvidarnos del alto grado de violencia con el que convivimos, podemos plantear un escenario perfecto: fútbol seguro desde el sillón de casa.

En una tribuna se mezclan los sentimientos más diversos y es posible pasar de la tristeza a la alegría en cuestión de segundos. En una tribuna se derraman lágrimas de dolor, pero también de emoción. En un grito de gol se desata la locura y uno se abraza con amigos, pero también con desconocidos a los que nunca volverá a ver ni abrazar. Yo creo que hincha es aquel que domingo a domingo vive los partidos en la cancha. Ese capaz de bancarse horas de cola para conseguir una entrada y que sufre inmensamente si se queda sin la suya. Porque la cargada que más duele es la que gritan miles de tipos desde la otra punta del estadio. Y la más disfrutable es la que cantás vos a la par de tu hinchada. Porque para el hincha no existe momento más sublime, que el festejo de un gol sobre la hora contra clásico rival.

Por eso hoy me siento a escribir sobre los que no entendemos a este deporte sin la tribuna. Sobre los que se sienten incompletos cuando gritan un gol sentados en la frialdad del comedor, sin la chance de abrazarse con nadie, sin sentir la euforia del grito colectivo, sin el inmediato cántico que cada hinchada tiene posterior al festejo de gol. A pesar de que hoy todo debe pasar por la pantalla del televisor para ser real, todavía estamos los que creemos en la familia futbolera. Los que disfrutamos cada fin de semana encontrándonos en ese lugar elegido de la tribuna, ahí donde siempre estamos los mismos. Familias del fútbol, que no se reúnen para navidad ni tampoco en los cumpleaños, pero que sin embargo se extrañan cuando hay que ir de visitante o alguno se pierde un partido porque estaba enfermo.

Quizás algún día entendamos que la televisación de los partidos debe ser un servicio. Y cuando digo “entendamos” estoy hablando de nosotros, los simples espectadores, y también de ellos, los encargados de tomar las decisiones. Porque a pesar de que el fútbol es un negocio que mueve millones, no existiría sin los miles de tipos que cada fin de semana siguen a su equipo. Hoy nos dicen desde el Gobierno que quieren un fútbol para todos pero, lamentablemente, es difícil creerles. Mientras tanto, los Kirchner continúan en su lucha contra el Grupo Clarín y la gente espera ansiosa por su deporte más querido. Ojalá que este momento de cambios que estamos viviendo, nos ayude a entender que el gran negocio del fútbol, en el que la televisión juega un papel preponderante, todavía nos da lugar a los que disfrutamos viviendo los partidos desde la tribuna. Porque no existe un fútbol sin hinchas. Porque nosotros, los hinchas, también somos el fútbol.

7/7/09

Fútbol ansioso

Carlos Bilardo dijo hace tiempo: “El partido perfecto sale 0 a 0. A un gran remate lo evita una gran atajada“. Vale aclarar que no coincido con esta afirmación. Si existe algo así como el partido perfecto, para mi sería un encuentro con muchos goles. Los arqueros tendrían grandes atajadas, pero los atacantes lograrían convertir con precisos remates físicamente inalcanzables para los guardametas. Pero dejemos por un rato la ficción, porque hoy quiero hablar sobre el nivel de ansiedad que reina en nuestro fútbol.

Vivimos en un país en el que el común de la gente no sabe perder. A casi nada. Y sobretodo si hablamos del deporte que más nos representa: el fútbol. Estamos de acuerdo en que a nadie le gusta irse derrotado. Y que cuando entramos a una cancha, inclusive en el más amistoso de los amistosos, hacemos todo lo posible para conseguir la victoria. Pero también tenemos claro que en un partido existen tres posibilidades: ganar, empatar o perder. Podemos relacionar lo ansioso de nuestro fútbol, con la incapacidad de aceptar la derrota como resultado posible.

Los argentinos no sabemos perder. ¿De qué hablamos cuándo decimos no saber perder? Un ejemplo claro es aquel partido que debe ser suspendido porque los simpatizantes del equipo que va perdiendo se trepan al alambrado hasta romperlo. Esta metodología ha sido adoptada como la forma más directa y sencilla que tiene una hinchada de dar por finalizado un cotejo. Definitivamente vamos por mal camino cuando le damos a los barras semejante potestad. Pero esa no es la única muestra de que los argentinos no sabemos perder.

Es cierto que nuestro fútbol está plagado de urgencias. Y las urgencias, exigen resultados inmediatos. Un plantel considerado rico, en cuanto a la calidad de sus integrantes, tiene que pelear el campeonato desde el comienzo y está obligado a hacer una buena campaña, por no decir, a salir campeón. Estos planteles son los denominados candidatos al título. Puede ser por venir de una buena campaña o por haberse reforzado en gran número y con jugadores de renombre. Dichos equipos deberán ubicarse en los puestos de vanguardia desde el comienzo. Si, por ejemplo, en la quinta fecha no están arriba en la tabla, es normal que el técnico comience a ser discutido. Hablo de ansiedad cuando un equipo ya cambió de entrenador antes de llegar a la mitad del torneo.

El fútbol es un deporte hermoso porque, entre otras cosas, tener mejores jugadores que el rival, no garantiza una victoria. Esta premisa básica lo hace impredecible. Cualquiera puede ganarle a cualquiera. O visto inversamente, cualquiera puede perder con cualquiera. Suena muy simple, pero hay veces que es difícil de entender. Hoy en día, el hincha promedio es reticente a aceptar que el equipo contrario puede jugar mejor. Si un conjunto formado mayormente por figuras de cierto nivel, pierde contra otro considerado de antemano más débil, es normal que reciba insultos. Hemos olvidado por completo, que un equipo puede jugar mejor que otro independientemente de los nombres propios. Partiendo de esa premisa, Godoy Cruz no podría jugar mejor que River. Esto no es así. No debemos olvidarnos que el fútbol es un deporte de conjunto, en el que las individualidades no son siempre determinantes. Messi no juega igual en todos lados. Esto está relacionado directamente con los jugadores que lo acompañan dentro del campo de juego. No podemos exigirle que sea el mismo que deslumbra en España, sin tener en cuenta la forma de jugar de nuestra Selección. Barcelona ha logrado un funcionamiento colectivo que potencia el rendimiento de sus jugadores. En ese contexto, Lionel Messi se destaca por sobre el resto.

Ser incapaz de aceptar que el otro puede jugar mejor es definitivamente no saber perder. Partiendo de esta premisa, se hace muy complicado aprender de la derrota. Un técnico inteligente es aquel que puede cambiar el rumbo de un plantel que arrancó mal. Para eso, es necesario tener paciencia y tiempo de trabajo. Son dos atributos difíciles de encontrar en nuestro fútbol. La ansiedad le ha ganado la batalla al tiempo. Y sin tiempo, la posibilidad de ver grandes equipos está supeditada, en mayor medida, al azar.


Desde este medio propongo dejar de aceptar como normal que un equipo cambie de técnico en la sexta fecha y que ante un par de malos resultados sea lógico que la hinchada cante "a ver si ponen huevos, que no juegan con nadie". No coincido en que un equipo que pierde el campeonato en la última fecha fracasó, sólo por el hecho de haber perdido. Propongo seguir viviendo los partidos con pasión, pero tomándonos el tiempo necesario para analizarlos con paciencia. Aunque suene utópico, quiero un fútbol más pensante. En el que los grandes equipos de fútbol, estén por encima de sus individualidades.