31/10/11

Yo soy del 82

Yo nací cuando la dictadura estaba dando sus últimos manotazos de ahogado. Somos, por ende, de la misma generación: fuimos juntos a la primaria y también a la secundaria, pero nos conocimos cuando yo estaba haciendo el CBC en la Universidad de Buenos Aires. Nunca me voy a olvidar de ese día, era domingo por supuesto y yo estaba algo nervioso. Nuestra relación se va afianzando a medida que pasa el tiempo. Hasta ahora fueron seis las veces que nos vimos, casualmente una cada dos años. Yo he aprendido a quererte, defenderte y valorarte, vos estás cada día más linda.

Disfruto del sólo hecho de ir a votar, salir a la calle y encontrarme con la ciudad en situación electoral. El paisaje del domingo difiere del habitual, los estadios de fútbol están cerrados y se abren las puertas de las escuelas. Contrariamente a lo que sucede durante cualquier día de clases, adentro de las aulas reina el silencio, y no por una repentina visita de la directora, sino porque por algunas horas se transformaron en cuartos oscuros. Cuando era chico pensaba que se trataba de una especie de cueva, que uno tiene el privilegio de descubrir recién de grande. Resulta ser, sin embargo, que no existe tal oscuridad y que la única diferencia con el lugar que yo frecuentaba de niño, es que las ventanas han sido cubiertas. ¿Para qué? Para que nuestro voto sea un secreto que compartiremos tan solo, con el pizarrón y los pupitres.

Más allá de los candidatos, más allá de las propuestas, es sano vivir en un país que tiene la posibilidad de elegir. Desde aquel primer gobierno de Yrigoyen y la Ley Sáenz Peña, pasando por la inclusión del voto femenino en el año 1947, la Argentina ha podido elegir a sus representantes. Pero cuidado, porque ese privilegio no ha estado siempre vigente. La historia de nuestro país está manchada con la sangre de las dictaduras militares. Durante muchos años, los habitantes de este suelo no tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad. Democracia es sinónimo de libertad. Hoy, y desde hace ya más de 28 años, esta doctrina es un árbol que ha echado raíces y que tenemos el deber de regar constantemente.

¿Qué no te gustan las opciones que hay para elegir? Sucede que no alcanza solamente con meter una boleta en un sobre de tanto en tanto: para que nuestra querida democracia siga gozando de buena salud es imprescindible participar, involucrarse. La militancia política es una de las opciones, pero no la única. Informarse, opinar, comunicar, son todas formas de ser partícipes y de hacer valer nuestro derecho. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a convivir con el que opina diferente a nosotros. Democracia es también sinónimo de pluralismo, lo que implica que inevitablemente existirán siempre fuerzas que defiendan otras posturas. No es sano pretender que nuestra creencia es la única opción correcta. Por lo que se vuelve de vital importancia el rol de los opositores, quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar las decisiones tomadas por quienes son gobierno.

“La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar, libre como el viento.” La historia no la escriben los que ganan, la historia la escribimos entre todos. Es imprescindible mantener viva la memoria, recordando con orgullo a todos aquellos que pagaron con su vida por decir siempre lo que pensaban. Valorando y reivindicando su lucha, ejerciendo siempre nuestro derecho. Algunos días atrás, mientras esperaba que vuelva el presidente de mesa para yo poder votar, vi salir de otra de las aulas a una mujer que había ido con sus dos hijos, y sonreí. Es probable que esos chicos nunca tengan la posibilidad de imaginarse el cuarto oscuro como un lugar misterioso y por descubrir. Pero lo que importa realmente, es que cuando crezcan puedan ser ellos los que vayan con sus hijos, y así sucesivamente. Es por esa razón que, luego de introducir mi sobre en la urna, volví a casa caminando despacio, contento por saber que más allá del nombre de quien sea electo, la que gana siempre sos vos.

Democracia: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

24/9/11

La vuelta está en marcha

Para vos, amigo pincharrata.

Setenta y siete días pasaron desde aquel domingo a la tarde en que llegué a Seddon Accommodation, una casa con: tres habitaciones, una cocina, un living-comedor y un baño. En su esplendor hubo ocho habitantes conviviendo al mismo tiempo, dos por habitación y dos que dormían en el living. Lavar los platos antes de usarlos (y no siempre después), bañarse rápido para que nadie se quede sin agua caliente, convivir con porrones de cerveza vacíos desparramados por doquier, son algunas de las incomodidades a las que hubo que acostumbrarse. Sin embargo, esa casa será por siempre mi casa, mi hogar en Nueva Zelanda. Y cada uno de los que compartieron ese techo serán, a su vez, mi familia neozelandesa.

Proceso: 1. Acción de ir hacia delante.
2. Transcurso del tiempo.

La vida es un continuo transcurrir, se trata de un proceso durante el cual nos vemos constantemente en la obligación/necesidad de tomar decisiones. Para ello, algunos somos más fríos, más pensantes y otros nos dejamos llevar por la intuición, vamos atrás de lo que sentimos. Desde mi punto de vista, lo ideal pasa por combinar ambos estados, buscando elegir con una dosis de frialdad y otra de pasión. No siempre es sencillo lograrlo, pero bien vale la pena el intento.

Hace un par de semanas dejé mi casa, casualmente también fue un domingo. Esa mañana me desperté con la felicidad de saber que estaba comenzando mis vacaciones. En el living los que ya estaban levantados charlaban y, por un instante, yo fui el tema de conversación. Escucharlos me hizo recordar, entonces agarré el teléfono y escribí lo que sigue en un mail para mis amigos: “Acá es domingo a la mañana y me acabo de despertar. En general nunca me acuerdo de lo que soñé, hoy no era la excepción. Pero un amigo mexicano que vive en la casa me ayudó a hacer memoria. Anoche grité un gol mientras dormía. Sólo me acuerdo que fue del Pipi Romagnoli y que lo estaba viendo por tele con mi viejo.”

Vuelta: 1. Regreso al punto de partida.
2. Retorno o recompensa.
3. Repetición de algo.

Ahora escribo sentado en la mesa del comedor del ferry que me cruzará de Picton a Wellington. Navegando por Queen Charlotte Sound, entre un puñado de montes tapizados con el verde oscuro de los árboles, comienzo a dejar atrás la Isla Sur. Lo que significa, de alguna manera, empezar a despedirme también de Nueva Zelanda. Ahí abajo quedaron mi casa, mis amigos, mi familia. Nelson, Hokitika, Queenstown, Dunedin, Kaikoura, Picton. Seis ciudades, de norte a sur y viceversa, en menos de dos semanas le di toda la vuelta a la isla. Volví a ser un turista, mezclado entre los miles que llegaron para ver el Mundial de Rugby. Y hay, en ese hecho, un dejo de nostalgia – por más que hoy posiblemente ya no quede nadie – cada vez que en mi memoria vuelva a cruzar la puerta de la casa de Seddon, ahí estarán todos: desparramados por el living, jugando a la playstation, abrigándose con el calor del hogar.

El otro día, leyendo a Villoro, me encontré con un breve parráfo que me hizo sentir identificado: “Durante nueve años contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español.” Para él patear una pelota y gritar en su idioma eran lo mismo. La analogía es doble. Disfruto de poder comunicarme en otras lenguas – lo que me permite acercarme a otras culturas – pero ningún idioma me gusta tanto como el castellano, a la vez que coincido en el sentimiento de libertad que experimento dentro de una cancha de fútbol. Volver, significará por ende una recompensa, así como también una garantía: no más gritos afónicos contemplando la pequeña pantalla del celular.

Repetición es sinónimo de rutina, lo que no necesariamente debe verse como algo negativo. Como cuando los que se reiteran son los mails que confirman asistencia al asado de mañana a la noche, o lo rutinario pasa por coordinar cuántos somos y cuántos autos hay disponibles para ir a jugar el sábado. Extraño desde hacer la cola para entrar a la cancha, hasta el indignarme por tener que soportar a tal o cual comentarista mientras miro algún partido por televisión. El punto de partida siempre será Buenos Aires. Regresar es también la certeza de revivir gratos momentos, desencadenados por el reencuentro con todos aquellos que son familia. Valoro la posibilidad que tengo hoy, de decidir no por obligación, sino por voluntad. El viaje de vuelta es largo y comenzó aquel día en que el corazón me dijo que ya era buen momento para volver.

30/8/11

Bajo cero

La temperatura corporal desciende gradualmente, el paisaje comienza a teñirse de blanco y la sensación térmica se ve reflejada en ese movimiento espasmódico e inevitable que uno realiza al temblar. Si el termómetro fuera el ascensor de un edificio, en este momento estaríamos bajando hasta el primer subsuelo probablemente. Puedo contar las veces que he visto nevar con los dedos de una sola mano, desconozco cuántas más serán necesarias para que yo deje de sonreír por el simple hecho de ver los copos cayendo.

Frío: 1. Dicho de un cuerpo: que tiene una temperatura muy inferior a la ordinaria del ambiente.
2. Que, respecto de una persona o cosa, muestra indiferencia, desapego o desafecto, o que no toma interés por ella.
3. Sensación que se experimenta ante un descenso de temperatura.

Soy propenso a experimentar la sensación mencionada en la definición número tres. Definitivamente prefiero el verano antes que el invierno. Me gusta el calor, disfruto de el sólo hecho de no tener que abrigarme. Sin embargo, llegar al viñedo y ver todo pintado de color blanco fue espectacular. Con seis capas de ropa encima, igual me era imposible dejar de temblar. Entre las actividades que realizo a diario en el trabajo, lo mejor es el stripping si uno pretende mantener el cuerpo caliente: se trata de arrancar de entre los cables de acero las ramas sueltas que ya fueron podadas. Suele ser bastante fastidioso, es inevitable recibir cada dos por tres algún que otro latigazo al tirar con fuerza de las que están más enredadas. Bajo la lluvia blanca fueron un par de horas durante las que se podría decir: disfruté de tener frío.

Hace poco más de dos años nacía este espacio, casi de casualidad: una tarde se me ocurrió hacer un blog para poder publicar un artículo que había escrito. Estuve varias horas para decidir cuál iba a ser el nombre del mismo. Del blog, no del artículo. Y no sabía todavía, que al elegir Hacé la pausa estaba al mismo tiempo marcando el camino a seguir. La expresión tiene un origen futbolero y puede ser aplicada con el mismo sentido a cualquier situación de la vida cotidiana.

“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”, escribió Eduardo Sacheri. Yo juego al fútbol con pasión, se me va la vida en cada partido y vuelvo a renacer con cada pitazo inicial. Se juega como se vive. Cuando me siento a escribir soy igual. El año pasado redacté unos cuantos artículos para un portal de deportes que, en ese entonces, estaba recién dando sus primeros pasos. Un día decidí dejar de hacerlo: me di cuenta que había perdido temperatura, la simpleza del trabajo requerido iba en detrimento de la dosis de pasión necesaria para poder sentirme satisfecho. Se vive como se juega.

Este blog puede tomar diferentes formas, puede ser una bitácora durante algún viaje, así como también un cable a tierra ante una situación o suceso que no es de mi agrado. Siempre haciéndole honor a su nombre, sin precipitaciones. Algunas veces escribo para compartir una experiencia, algunas otras para realizar algún tipo de denuncia. Hoy lo hago con la intención de incomodar.

En el mundo en que vivimos hay museos, hay osos de peluche y también polares, hay wi-fi, hay rascacielos y villas miseria, hay sopas instantáneas, teléfonos celulares, películas de terror y carreras de caballos. Hay también balcones, fronteras, música funcional, orcas asesinas, zapatos con tacos. Hay marihuana y hay guerras. En el mundo en que vivimos hay pisos radiantes, estufas eléctricas, calefacción central. Pero no todos vivimos en las mismas condiciones, hay gente como yo por ejemplo, que un día se puede dar el lujo de trabajar bajo la nieve y disfrutarlo. Mientras hundía mis botas en la alfombra blanca se me vino la imagen de aquel que convive con esa sensación llamada frío todos los días. Y lo sufre.

Empecé con la descripción de una mañana bajo la nieve. No tenía del todo claro hacia donde quería a ir. Me gusta embarcarme en este tipo de relatos en los que me dejo llevar, sin tener la certeza de si voy a llegar a algún destino en particular. Generalmente son los más difíciles de escribir. El hilo conductor de este artículo es el análisis de lo que no necesita ser analizado. Porque de eso se trata hacer la pausa, de tomarse un tiempo de más para pensar – y repensar, las veces que sea necesario – en todo aquello que a simple vista parece simple, valga la redundancia. Resulta muy gratificante darse cuenta de que no fue un tiempo perdido, de que lejos estuvo de estar de más. En el básquet lo llaman tiempo muerto. Yo suelo utilizarlo para buscar en el diccionario, por ejemplo. Una de las definiciones de la palabra pasión dice: lo contrario a la acción. Nada tiene que ver con el uso que le di algunos párrafos más arriba. Sin embargo, la inacción puede ser también la calma que antecede a la tormenta. Porque una buena solución para dejar de sentir frío, podría ser ponernos en movimiento.

29/7/11

Unipersonal

“Argentina es hermoso y es jodidísimo, y Hawaii es hermoso y es jodidísimo. Ahí te das cuenta que es uno, y no el lugar”. La frase la escuché en un capítulo de Clase Turista, la dijo un argentino que vive en la isla de Maui desde hace ya varios años. Era domingo al mediodía y en ese momento estaba solo, en el living de una casa que comparto con siete integrantes más (checos, mexicanos, chilenos), terminando de almorzar y tomando un vaso/taza de vino. Todos se habían ido a la playa, yo decidí quedarme y descansar un rato adentro, preparándome para el plato fuerte de la jornada: el picado de la tarde. Para mi son fundamentales estos momentos en los que puedo disfrutar en soledad, carente de compañía.

Primer día libre después de la primera semana laboral. Estaba todo arreglado, ellos traían la pelota, nosotros sólo teníamos que preocuparnos por juntar la gente. Suena mi celular, un mensaje de texto, una pregunta. ¿Tienen inflador? Entro súbitamente en pánico, levanto la vista buscando compañía y pego un grito: muchachos, hay un problema, necesitamos inflar la pelota. La respuesta llega de inmediato, el inflador está, lo que hace falta es un pico. Sí, ese insignificante tubito de metal que hace posible que el aire llegue hasta lo profundo de la cámara y el cuero se estire hasta adquirir forma esférica. Devuelvo el mensaje con la noticia del inflador inútil. Ellos también responden, tan sólo un puñado de palabras denotan una infancia sin potrero: “capaz el fin de semana que viene se pueda jugar, nos vemos”. Me invade la indignación, agarro la bicicleta y salgo a recorrer el pueblo en busca de una solución que no encuentro. Cuando vuelvo a la casa alguien me dice que podemos usar el cartucho de tinta de una birome. Meto la mano en el bolsillo y escribo en el celular: “solucionado lo del inflador, nos encontramos 2:30 PM en la cancha de la escuela”. Un par de horas más tarde el sol comienza a caer, el invento de la birome no sirvió de mucho pero el fútbol igual dijo presente. Yo jugué con los franceses, ganamos 14 a 10.

Seis veces a la semana me despierto a las 7 AM, cuando suena por primera vez la alarma del celular. Entreabro los ojos, lo agarro con la mano derecha y presiono “posponer 10 minutos”. En la oscuridad de la habitación puedo ver, gracias a la luz que emite el teléfono, el humito que me sale por la boca al exhalar. Me meto debajo de las sábanas y repito la misma acción dos o tres veces mínimo. Luego tomo coraje y me levanto, hay que considerar que estamos en invierno y que, por ende, nunca es sencillo salir de la cama. Hace frío dentro de la casa y por la mañana el mejor refugio es la cocina, cuanto más cerca del horno mejor.

En el pueblo hay un solo supermercado, bastante pequeño y con una característica que detesto: sensores de movimiento que emiten un sonido agudo y corto, avisando que estás en la góndola de los artículos de limpieza o que acabas de pasar por el rincón adonde descansan los lácteos. Intento realizar el esfuerzo de anticipar el estrépito con el pensamiento y minimizar así ese breve instante de ira, pero es imposible. Para colmo de males, a mi me gusta ir al supermercado y deambular por demás, aunque ya tenga en la mano lo que fui a comprar. Aquí, es una práctica poco recomendable si uno quiere preservar su salud mental.

Algo lindo que tiene esta casa es el living, con los dos televisores uno arriba del otro y la chimenea al lado, que no nos deja sentir el frío del invierno neozelandés. Conseguir leña es una de las tareas fundamentales a realizar un par de veces por semana. Un día de lluvia al regresar del viñedo o (cualquier día) por la noche, son los mejores momentos para hacerlo. Cual grupo comando, la camioneta se detiene a un costado de la ruta y todos corren, juntan unos cuantos pedazos de madera y regresan al vehículo. Me gusta ocuparme de prender el fuego, pero como los troncos son siempre de un tamaño considerable – y necesario, sobretodo si uno quiere disfrutar del calor por al menos un par de horas – hacerlos arder puede ser una tarea complicada. Todo sirve a la hora de empezar la fogata: cajas de cereales, cartones de huevos, hasta las tiritas de papel y alambre que usamos para atar las plantas de vid.

En castellano es Nueva Zelanda, en maorí Aotearoa, coloquialmente traducido como “tierra de la gran nube blanca”. Aunque no siempre sean tan blancas. Para convivir con el invierno kiwi, es necesario acostumbrarse a la lluvia. Pero como el clima es por demás ciclotímico, cada tanto el sol se asoma a saludar y te regala un lindo arcoiris. Coincido con lo que dice la frase con la que comienzo este artículo, es uno, siempre. No importa el adónde. Hoy me toca sentarme en un colchón sin cama – apoyado directamente en el piso – con la computadora sobre las piernas, para poder escribir con cierta tranquilidad. En esta casa la constante es el caos, el desorden. Hay que sacar turno para casi todo: para cocinar, para ducharse, hasta para usar la taza grandota.

Se que estoy de paso, aunque por un momento haya dejado el traje de viajero en el placard. Acá vivo el día a día como uno más, no me siento un intruso que anda espiando la vida del resto, soy parte del paisaje. Eso me obliga a tener que sobrellevar tanto los aspectos positivos como los negativos de mi entorno actual. Guardo la cámara de fotos en la mochila y me calzo las botas de goma para poder caminar por el barro. Le pongo el cuerpo a esta experiencia en la que lo exótico se confunde con lo que comúnmente podríamos entender como habitual. Es hermoso y es jodidísimo. Está en mí el saber sacarle provecho a las distintas vivencias. Desde la charla con los franceses que me invitaron con un par de cervezas en el comedor del motorcamp, hasta el viento helado de la montaña que no quiere entender de camperas ni gorros de lana. Un café con leche caliente después de trabajar, una carcajada que no es necesario traducir. Hoy escribo para mí, para contarle a esa parte mía que siempre dejo en Buenos Aires cómo es vivir acá, 15 horas en offside. Citando a Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”. Pues entonces, que el paseo valga la pena.

12/7/11

Sólo un sueño

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.” Edgar Allan Poe

Levantando la vista uno se encuentra con el verde de las montañas y el sol de la mañana que ya se empieza a asomar por detrás. Allá en el fondo están por llegar las ovejas, para seguir arrasando con el campo a medida que avanzan en busca de más alimento. Caminando entre las innumerables – pero numeradas – hileras de viña se respira aire de campo, apenas una decena de personas trabajan y en el ambiente reina la paz. Intento mantener la concentración y realizar la fuerza justa para no quebrar la planta al enrollarla en el cable. En ese momento, una idea, más bien un concepto, se me viene a la cabeza: irse por las ramas. Decido dejar para más tarde el ejercicio de profundizar en el análisis, vuelvo mentalmente al viñedo y me dejo llevar por la música de las cañas peleando por desatarse. Así transcurrirá la jornada, tranquilamente.

Rama: Parte secundaria de algo, que nace o se deriva de otra cosa principal.

“Es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro…”, cantan a coro los Onda Vaga, y yo sonrío con la certeza de haber hallado una frase que llegó para allanarme el camino en la narración. Los lectores asiduos ya sabrán que acostumbro utilizar definiciones y citas como herramienta en muchos de mis textos. Pues volvamos a ubicar espacialmente al relato en Seddon, un pueblo minúsculo perteneciente a la región de Marlborough, zona plagada de viñedos. Paulatinamente, la mañana le ha dejado su lugar a la tarde, es entonces, y como tantas veces, que la música me ayuda a encontrar el rumbo que me conducirá al destino de lo que quiero expresar. Cuando pienso en el niño que llevamos dentro, inmediatamente lo asocio con la expresión más pura del soñar.

Sueño: 1. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes.
2. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.

Con respecto a lo que aportan las definiciones, empezando por la primera, se me hace inevitable plantear la siguiente relación: soñar es irse por las ramas. Las imágenes o sucesos se derivan de otras/os a medida que se desarrolla la fantasía. Por otro lado, la improbabilidad sugerida en la segunda definición no me termina de convencer. Para mi los sueños son proyectos, deseos o esperanzas sin lugar a dudas, pero a los que uno puede aspirar. Entiendo que todos nos damos el lujo de soñar con un imposible de vez en cuando, pero también considero que el primer paso para cualquier tipo de proyecto no es concreto, sino que se origina en ese instante en que uno lo sueña. Bien vale primero construir el castillo en el aire, para luego ocuparse de los cimientos.

“Soñar en teoría, es vivir un poco, pero vivir soñando es no existir.” Jean-Paul Sartre

Yo me permito la osadía de no coincidir del todo con el filósofo francés. Me parece que vivir soñando es, en cierto sentido, imprescindible. Es la manera más sana de ir en busca de un objetivo. Me levanto cada mañana para ir a trabajar con el propósito de ahorrar lo necesario para poder seguir viajando. Es importante aprender a desandar el camino para poder sacarle provecho a cada instante, por más insignificante que pueda parecer de antemano. Hacer del vivir soñando parte del objetivo.


“Creo que todavía estoy durmiendo, me siento como en un sueño”. Hace algunos días, el serbio Novak Djokovic logró su mayor anhelo: “Es el día más feliz de mi vida, logré el sueño de ganar Wimbledon”. Fue el primer torneo que vio por televisión cuando era chico, muchos años atrás, cuando su padre todavía pensaba que el pequeño Nole iba a seguir sus pasos. Hasta aquel día de la confesión: “No quiero esquiar, no quiero ser futbolista. Quiero jugar al tenis, quiero ser como Sampras”. Djokovic lidera hoy el ranking mundial de la ATP, nada más y nada menos que en la era de Federer y Nadal. Pero atención, no se trata solamente de querer ser el mejor, sino serían muchos los que por haberse quedado en el camino se sentirían fracasados. Hay sueños de todos los tamaños y colores, para todos los gustos.

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Pedro Calderón de la Barca

Las manos duelen después de haber trabajado todo el día, el sol ya se ha despedido hasta mañana y el frío dice presente en la montaña. Giro la cabeza y levanto la vista hacia el horizonte, el paisaje es majestuoso. No hay un rincón de tierra sin cultivar, para donde mires todo es viña. Jamás soñé con hacer esto, con trabajar en donde estoy trabajando, con vivir está realidad que estoy viviendo. Ese es otro punto a favor que tienen los sueños, a veces vienen sin que uno los busque, simplemente te despertás y descubrís que estás protagonizando una historia sin guión. Es por eso que yo tengo sólo un pedido: si toda la vida es sueño, déjenme dormir entonces, que no me quiero despertar jamás.

23/6/11

Sinsentido(s)

“Todo lo tóxico de mi país a mi me entra por la nariz, lavo autos, limpio zapatos, huelo pega y también huelo paco, robo billeteras pero soy buena gente, soy una sonrisa sin dientes”, Canción para un niño en la calle (Mercedes Sosa & Calle 13).

Estaba leyendo recién y una imagen del relato – más bien fue un aroma – me hizo notar algo que no me había llamado la atención hasta ese momento: en Auckland hay mar, pero no hay olor a mar. No se si es que yo estuve toda la semana resfriado (lo hubiese sentido, en menor medida), pero lo cierto es que pasé varios días sin percatarme de que esa fragancia, que tanto me gusta, no estaba en el ambiente por alguna razón. Mientras pensaba en el (no) olor a mar, se me dio por ponerme a buscar otros olores, otros aromas que – por su particularidad – me transportan a un lugar determinado. El hostel en el que me hospedé durante esos días en Auckland por ejemplo, a pesar de no ser un lugar sucio ni nada parecido, te recibía desde el momento en que cruzabas la corrediza puerta de entrada, con un olor singular que no me dejaba estar del todo cómodo. O la semidesierta Christchurch, todavía llena de escombros producto del terremoto, que también tiene un aroma específico que te advierte que estás ahí, es una mezcla de olor a polvo sumado a la ausencia casi total de gente, que produce una suerte de involuntario vacío.

Hace unos días salí a correr por el camino que bordea el lago Wakatipu, en Queenstown, una pequeña ciudad ubicada bien al sur en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Mientras trotaba cuesta arriba y barranca abajo, en la boca sentía el olor del aire seco y frío de la montaña, que entraba y salía de mis pulmones. Es probable que en el ambiente hubiese otro aroma característico, posiblemente proveniente de los árboles que decoran ambos costados de la ruta, pero la agitación generada por el ejercicio físico no me dejaba diferenciar con claridad cada fragancia. La imposibilidad de reconocer nítidamente los olores también es, de alguna manera, una forma singular de sentir que nos remite a determinada situación.

Olor a pochoclo es sinónimo de cine, a pólvora de petardos para mi equivale a estar en la cancha, aunque también podría hacer alusión a cualquier jardín durante la última semana de diciembre, ya sea Navidad o Año Nuevo. Pero no es el olfato el único sentido capaz de retrotraernos a un sitio específico. Vista, gusto, audición o tacto, cualquiera de ellos tiene el poder de hacernos saber que – gracias a un recuerdo del pasado – estamos en algún lugar conocido. Cada uno de nosotros sería capaz de reconocer a través del sentido del gusto, y sin la necesidad de recurrir a los otros cuatro, que está sentado en la mesa de su casa. Queenstown, por ejemplo, es una ciudad que se te mete directamente en la retina: la escena que cada mañana al abrir las cortinas, representan el lago y la montaña (los dos protagonistas principales de la obra), te llena los ojos y te invita a almacenar cada imagen en la memoria, ocupando bastante espacio del disco rígido debido a que es recomendable guardarlas en alta calidad.

Sentido: 1. Que incluye o expresa un sentimiento.
2. Proceso fisiológico de recepción y reconocimiento de sensaciones y estímulos que se produce a través de la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto o la situación de su propio cuerpo.
3. Modo particular de entender algo, o juicio que se hace de ello.
4. Razón de ser, finalidad.
5. Cada una de las distintas acepciones de las palabras.

Empecé hablando de los sentidos, en relación a la segunda acepción de la palabra. Pero luego de hurgar en el diccionario, algunos de los otros significados lograron seducirme. Cuando uno viaja suele sufrir un cambio inconciente en la capacidad natural de sentir. Al alejarse de los lugares comunes de lo cotidiano, nos volvemos más receptivos, lo que hace que todo lo que incluya o exprese algún sentimiento esté potencialmente más próximo a dejar su marca. Pero cada uno de nosotros tiene un modo particular de entender la realidad. Por ende, lo que para mi es fundamental, para otro puede resultar un absoluto sinsentido. Paradójicamente, aunque todo tenga una razón de ser, no siempre será la única.

Hace aproximadamente un año, me sentaba delante de la computadora con el deseo de ponerle palabras a la belleza de una ciudad que me había cautivado. Ahora escribo este artículo con la finalidad de compartir, por medio del relato, algunos de los sentimientos recopilados durante estas semanas de viaje. Con aromas e imágenes como condimento del texto escrito. Porque todo (nos) entra a través de los sentidos. Aprender a diferenciar cada fragancia, implica un ejercicio que es tan natural como gratificante. Cerrar los ojos y dejarse embriagar con el perfume del entorno, siempre será bien recompensado. Y teniendo claro que muchas veces no se trata de cuánto ni cómo ni dónde, sino que lo que realmente importa es con quién. El sólo hecho de compartir un momento con alguien que vale la pena, puede ser la causa que lo haga rebosar de sentido.

8/6/11

Fuera de contexto

“Contextualizar los problemas que cada uno tiene”, siete palabras que fueron el disparador de lo que viene a continuación. Sentado en el asiento 20A del vuelo que une Buenos Aires y Auckland, y mientras ceno, la idea se me viene a la cabeza y me apuro a anotarla en el primer papel que encuentro a mano. La traducción inmediata del pensamiento inicial fue: cada uno vive su propia vida. Una afirmación que no deja mucho lugar para la discusión, por ser demasiado simple: por tanto que uno intente a veces ponerse en el lugar del otro, nos será imposible interpretar cualquier tipo de realidad de la misma manera que lo hace el prójimo. Cada uno de nosotros posee un tamiz diferente e irrepetible – forjado a través de la propia experiencia – que utiliza para decodificar cada suceso, cada evento. Los esquimales, para brindar un ejemplo, llegan a diferenciar entre 30 tonalidades de blanco. Mientras que, por otro lado, aquellos que padecen de daltonismo, ven la misma realidad que nosotros, sólo que pintada de otro color. Son apenas un par de ejemplos de cómo no todos vemos lo mismo, a pesar de que estemos mirando hacia el mismo lugar. Es entonces cuando uno podría bien hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo son realmente las cosas?


Ahora escribo algunas líneas desde los 182 metros del café/bar que está en la SkyTower de Auckland, la estructura más alta hecha por el hombre de todo el hemisferio sur. Allá abajo, las luces de la ciudad se van encendiendo lentamente y la gente sale de las oficinas para empezar a disfrutar del fin de semana. Me cuesta pensar en un contexto más descontextualizado – valga la redundancia – que éste para analizar mi realidad, la que quedó allá, a 10.367 kilómetros, en la menospreciada Buenos Aires. Los viajes siempre me ayudan a sacar conclusiones, que no tienen porqué ser definitivas, pero que al fin y al cabo son conclusiones, lo cual ya es algo de por si positivo.

Mientras Kevin Johansen canta: “Me voy porque acá no se puede, me vuelvo porque allá tampoco…”. Mientras cada uno se encuentra inmerso en sus propios problemas, sean pequeños, grandes o irresolubles. Resulta que yo entro a un banco en Nueva Zelanda con la idea de abrir una cuenta y, un buen rato más tarde, salgo con el número de cuenta en un bolsillo de la campera y con la grata noticia de haber conocido a Frank, un empleado de origen hindú que llegó a este país hace ocho años, que tiene un hijo de tres años que nació acá y que se llama Suhan, que se pregunta si Messi es o no mejor que Diego y que me simplificó la existencia pocas horas después de haber pisado tierra maorí. ¿Cómo? Preocupándose por tratar de ayudarme en lo que yo necesitaba que me ayuden. ¿Por qué lo hizo? Porque cuando llegó al país se le hizo muy complicado adaptarse y dar sus
primeros pasos, y hoy está convencido de que lo mejor que puede hacer es devolverle una sonrisa y brindarle su ayuda desinteresada, a aquel que llega en una situación similar a la que él vivió. Durante estos primeros días, han sido varias las ocasiones en que me descubrí haciéndome la siguiente pregunta: ¿qué hago acá? Y he podido darme cuenta que lo más interesante no pasa por buscar una respuesta inmediata, sino por dejarse llevar e ir descubriéndolo sobre la marcha. Para poder así conocer gente como Frank, dispuesta a tomarse el tiempo que sea necesario para darte una mano.

Yo decidí hacer este viaje para poder sentirme fuera de contexto. Para conocer una cultura diferente (y por ende nueva para mi), en la búsqueda de lograr un crecimiento, más que todo desde el punto de vista humano. El primer comentario cuando le contaba a alguien que me iba era (usualmente): “ah, vos si que la pasas mal”.
A lo que probablemente mi respuesta más común haya sido una sonrisa que decía tácitamente: “y, la verdad que no me puedo quejar”. Sin embargo me he dado cuenta que sería falaz pensar que esta aventura sólo tiene como objetivo el disfrute. Estar sólo y a tantos kilómetros de casa implica, inevitablemente, momentos de sufrimiento (porque uno sufre cuando no puede tener lo que necesita), a los que se les puede dar – si uno sabe como – mucha utilidad. Canalizando esos sentimientos, podremos dimensionar con mayor precisión cuáles son los factores a los que debemos darle real importancia en nuestra vida y cuáles a los que no.

Contexto: Entorno físico o de situación, ya sea político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el cual se considera un hecho.


Pasaron varios días y ya estoy lejos de Auckland. Hoy me siento a escribir las últimas líneas de este artículo en la cocina del hostel, en Christchurch, la ciudad que hace poco más de un año sufrió un terremoto de 6,3 grados de magnitud en la escala de Richter. Hace un rato, mientras caminaba alrededor del cerco gigante que rodea el centro, volví a pensar en el tema del contexto. ¿Cómo es vivir un terremoto? Se me hace simplemente imposible pensar en como sería que el lugar en el que vivo, de un día para el otro, se convierta en ruinas. Miro a mi alrededor y las paredes de la habitación están empapeladas con mapas de todas partes del mundo. Cada tanto entra alguien a prepararse un café o a servirse algo para comer, son muchos los países con representantes que alguna vez dijeron presente en este recinto. Y cada uno de ellos será capaz de contar su propia versión de los hechos.

Vivimos – frecuentemente – preocupados por los contratiempos que nos invaden en nuestra vida cotidiana. Solemos catalogarlos como problemas, pero basta con que alguien cercano nos cuente que le pasó tal o cual cosa, que represente una gravedad de mayor nivel, para que luego de la comparación lleguemos a concluir que no tenemos derecho a quejarnos de nada. Hace un par de días charlaba con un inglés con el que compartí habitación en Wellington y, al comentarle que venía para Christchurch, me dijo: “no hay nada para ver, está todo cerrado”. Ahora que he recorrido esta ciudad, difícilmente pueda estar más lejos de compartir ese pensamiento. Porque, como decía al comenzar, cada uno vive su vida como quiere o puede. Porque bien vale hacer el ejercicio de ponerse en el lugar del otro, pero siempre teniendo en claro que cada uno de nosotros es único, e irrepetible.