29/12/11

La noticia precoz

La información es un bien que, por abundante, se ha desvalorizado en los últimos años. Ante el avance incontenible de las nuevas tecnologías, los diferentes medios tienen más medios – valga la redundancia – para reproducir lo que pasa. Vivimos en la era de la sobreinformación. Ya no importa tanto lo que se dice, sino el sólo hecho de decir algo. En los diarios online abundan los artículos de dos o tres párrafos, una clara demostración de que no se tienen los datos suficientes como para redondear una crónica seria. Lo importante es que la página principal se renueve constantemente, simulando un innecesario y continuo recambio. Aunque suenen a noticias de ayer, el contenido que podemos encontrar en los periódicos en su versión papel suele ser mucho más rico y sustentable. La instantaneidad deja de ser una virtud en el momento en que se vuelve sinónimo de irresponsabilidad. Se prioriza entretener antes que informar, se busca llamar la atención aunque no siempre se sabe qué hacer cuando se la obtiene. Lo precoz como sinónimo de prematuro.

Vértigo: Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.

Pienso que las consecuencias son lógicas cuando me pongo a analizar las causas: con el advenimiento de las nuevas tecnologías sobrevino un abanico de herramientas hasta hace muy poco tiempo desconocidas. Por ende, son inevitables los tropiezos por tener que caminar en un terreno virgen y extraño. Sería importante comenzar por reconocer y diferenciar cuál es el campo que le corresponde a cada uno. Bien vale aquí el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta. Cuando el objetivo es comunicar, la radio es capaz de brindar rapidez, la televisión puede aportar riqueza desde las imágenes y los diarios son el mejor terreno para ahondar en el análisis. Me interesa hacer hincapié en el papel que juegan estos últimos – es decir, la prensa gráfica – y la relación que tienen con internet.

¿Cómo se hace para competir contra la velocidad con que se propagan las noticias a través de twitter? Pues, evitando dicha competencia. Los 140 caracteres son de una gran utilidad para informar (muy) brevemente y con gran rapidez. Pero surge un contratiempo ante tanta instantaneidad, una vez que se ha prendido la mecha es muy complicado apagarla: el usuario quiere saber todos los detalles con idéntico apremio. El cliente no siempre tiene razón. No hace falta alimentar esa ansiedad de información con datos poco precisos o que no fueron verificados. Debe ser virtud de quienes ocupan el rol de comunicadores no sucumbir ante la demanda urgente del público, siendo ellos los que imponen el ritmo, los que marcan el tempo. Sino se corre el riesgo de quedar constantemente en offside, fuera de juego, lo que desprestigia a la profesión y pone en riesgo la credibilidad. Debemos educar con la paciencia, buscando brindar un mejor servicio, si llega rápido bien, pero nunca desechando calidad.

No nos gusta esperar por nada. En un mundo híper conectado, pareciera que lo que llega antes siempre es mejor. Hace no mucho tiempo, me descubrí a mi mismo apretando F5 para actualizar la pantalla del navegador, en busca de un dato más sobre la última noticia, de algún video o una foto aunque sea. Yo, que hace un par de años hice un blog con la propuesta de que vayamos más lento, me sorprendí al verme atrapado por la desesperación de querer saber todo ya, o inclusive antes. Y fue ahí cuando pensé, acá hay algo que no está bien. ¿Por qué estoy tan apurado? ¿De dónde sale tal prisa? He llegado a la conclusión que son los mismos medios los que generan dicha urgencia. Informar se ha vuelto una carrera, gana el que lo dice antes.

Recién hablaba de un desprestigio de la profesión, pero esa no es la única consecuencia de entregar noticias erróneas o imprecisas, hay otra bastante más peligrosa: las reacciones que pueden generarse a raíz de determinada información. Vivimos nerviosos, por momentos la realidad pareciera estar cocinándose adentro de una olla a presión y un titular de un diario puede ser suficiente para destaparla. Es fundamental ser responsables ante lo que se dice, porque es posible que luego no haya tiempo para rectificaciones. Mejor prevenir que curar. Es indispensable tomarse el tiempo que sea necesario para confirmar algún dato, aunque eso signifique abandonar la carrera. No hay ganadores ni perdedores a la hora de comunicar una noticia. Entender que no existe tal competencia, quizá nos enseñe a disfrutar un poco más.

21/11/11

Confesionario

Tengo 29 años. Nunca voy a cumplir el sueño de jugar al fútbol profesionalmente, en la primera de un club. Lo tengo muy claro. Sin embargo, siento que jamás dejaré de soñarlo. Terminé de redactar la segunda oración y me dieron ganas de llorar. Lo vivo con dolor, aunque a alguno le pueda sonar exagerado, tal vez con el más legítimo de los dolores. Es difícil de explicar, pero piensen en algo que desean con locura y saben que nunca tendrán. Bien se podría hacer la analogía con un amor no correspondido. Quizá les cueste entenderlo, de hecho no pretendo que lo hagan, escribo en parte para desahogarme. Empecé a pensar este artículo después de leer una nota a Alessandro Del Piero, en un pasaje de la misma le preguntaron cómo hacía para divertirse a los 37 años: “Todavía me dejo llevar por la pasión de esa cosa redonda llamada pelota. Hay momentos en los que hay que saber hacer de todo, incluso tirarse al suelo para recuperar un balón o correr por correr. Es bonito así y yo estoy superfeliz de llevar todo esto dentro. Cuando se muera, ya no tendré nada.”

Profesional es aquel que practica habitualmente una actividad, de la cual vive. Mientras que amateur (o aficionado) es aquel que también lo hace, pero sin recibir un pago a cambio. La pasión no discrimina a unos o a otros. Hay quienes juegan al fútbol apasionadamente y ganan mucho dinero, así como también están los que lo practican con un nivel similar de compromiso sin que exista un beneficio económico de por medio. Hay gente que cree que por ganar millones y ser famosos, los jugadores pierden las ganas de jugar. No quiero pecar de ingenuo, entiendo que eso pueda suceder, pero se que no es la regla. No me interesa polemizar al respecto, hoy quiero hacer hincapié en los que sí experimentamos este sentimiento. Los que como Del Piero, sabemos que sin la pasión por el fútbol, no tendríamos nada.

Somos unos cuantos los que compartimos esta locura. Yo juego todos los sábados en un torneo amateur. Hace un par de fines de semana teníamos un partido muy importante, en el que defendíamos la punta del campeonato. Y a pesar de haber arrancado ganando, nos lo dieron vuelta y estuvimos a pocos minutos de perderlo. Hasta que llegó un centro al área, la pelota cayó en medio del tumulto y Feli tocó corto para el Negro Damián, que con un puntazo de zurda decretó el empate. Repaso ese instante en mi memoria y se me eriza la piel. El festejo fue interminable, desaforado, loco. Tan loco que no me dejó seguir jugando el partido, ya que salí de la montaña humana con un corte en la cabeza y otro en el ojo. Viví los últimos minutos sentado a un costado del campo, con la camiseta manchada de sangre y la impotencia de no poder volver a entrar. Todavía me tienen que sacar los puntos de la cabeza, los del ojo se me salieron el sábado pasado, mientras estaba jugando.

Jugar: Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse.

Hablamos de diversión e instantáneamente entra en escena también la tristeza. Ganar o perder condiciona el ánimo de toda la semana: ese tiempo muerto que transcurre entre partido y partido. Como no somos profesionales y no jugamos en grandes estadios, vivimos atentos al pronóstico del tiempo, esperando que la lluvia no obligue a suspender las canchas y haya que esperar hasta el sábado siguiente para volver a jugar. Somos seres extraños, vamos por la vida disfrazados: de lunes a viernes es posible que nos descubran haciendo de abogados, médicos, periodistas. Hoy estoy sin trabajo y, cada tanto, cuando alguien me pregunta ‘¿a vos qué te gustaría hacer?’, la respuesta que quisiera dar – pero siempre reprimo para no quedar como un tonto o un loco – es: ser jugador de fútbol.

Una vez, muchos años atrás, jugué un partido amistoso con el club de mi barrio en la cancha de Almagro. Salimos por el túnel, que tiene apenas diez metros de largo y sólo está para unir a los vestuarios ubicados debajo de la platea local con el campo de juego, y con mis botines rojos pisé el césped de un campo de primera. Lo recuerdo con mucha alegría, a pesar de lo intrascendente del partido, para mi fue un día muy especial. En esa época soñaba con ser jugador profesional, lo vivía como una meta posible de alcanzar. El tiempo pasó y muchas cosas cambiaron, sin embargo cada vez que entro a una cancha vuelvo a ser ese chico. Aunque ahora esté acá sentado delante de la computadora escribiendo, con la intensión de conmoverlos, o más no sea entretenerlos durante algunos minutos contando parte de mi historia. No se dejen engañar, ni por mucho que lo intente, ni por más que insista en ponerme el traje de escritor y les hable de la pena de muerte o relate alguna experiencia de viaje. Es sólo una coraza que me protege de este presente que me toca vivir. Si algún día me buscan, es fácil encontrarme: soy ese que corre detrás de una pelota todos los sábados en Pilar.

31/10/11

Yo soy del 82

Yo nací cuando la dictadura estaba dando sus últimos manotazos de ahogado. Somos, por ende, de la misma generación: fuimos juntos a la primaria y también a la secundaria, pero nos conocimos cuando yo estaba haciendo el CBC en la Universidad de Buenos Aires. Nunca me voy a olvidar de ese día, era domingo por supuesto y yo estaba algo nervioso. Nuestra relación se va afianzando a medida que pasa el tiempo. Hasta ahora fueron seis las veces que nos vimos, casualmente una cada dos años. Yo he aprendido a quererte, defenderte y valorarte, vos estás cada día más linda.

Disfruto del sólo hecho de ir a votar, salir a la calle y encontrarme con la ciudad en situación electoral. El paisaje del domingo difiere del habitual, los estadios de fútbol están cerrados y se abren las puertas de las escuelas. Contrariamente a lo que sucede durante cualquier día de clases, adentro de las aulas reina el silencio, y no por una repentina visita de la directora, sino porque por algunas horas se transformaron en cuartos oscuros. Cuando era chico pensaba que se trataba de una especie de cueva, que uno tiene el privilegio de descubrir recién de grande. Resulta ser, sin embargo, que no existe tal oscuridad y que la única diferencia con el lugar que yo frecuentaba de niño, es que las ventanas han sido cubiertas. ¿Para qué? Para que nuestro voto sea un secreto que compartiremos tan solo, con el pizarrón y los pupitres.

Más allá de los candidatos, más allá de las propuestas, es sano vivir en un país que tiene la posibilidad de elegir. Desde aquel primer gobierno de Yrigoyen y la Ley Sáenz Peña, pasando por la inclusión del voto femenino en el año 1947, la Argentina ha podido elegir a sus representantes. Pero cuidado, porque ese privilegio no ha estado siempre vigente. La historia de nuestro país está manchada con la sangre de las dictaduras militares. Durante muchos años, los habitantes de este suelo no tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad. Democracia es sinónimo de libertad. Hoy, y desde hace ya más de 28 años, esta doctrina es un árbol que ha echado raíces y que tenemos el deber de regar constantemente.

¿Qué no te gustan las opciones que hay para elegir? Sucede que no alcanza solamente con meter una boleta en un sobre de tanto en tanto: para que nuestra querida democracia siga gozando de buena salud es imprescindible participar, involucrarse. La militancia política es una de las opciones, pero no la única. Informarse, opinar, comunicar, son todas formas de ser partícipes y de hacer valer nuestro derecho. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a convivir con el que opina diferente a nosotros. Democracia es también sinónimo de pluralismo, lo que implica que inevitablemente existirán siempre fuerzas que defiendan otras posturas. No es sano pretender que nuestra creencia es la única opción correcta. Por lo que se vuelve de vital importancia el rol de los opositores, quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar las decisiones tomadas por quienes son gobierno.

“La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar, libre como el viento.” La historia no la escriben los que ganan, la historia la escribimos entre todos. Es imprescindible mantener viva la memoria, recordando con orgullo a todos aquellos que pagaron con su vida por decir siempre lo que pensaban. Valorando y reivindicando su lucha, ejerciendo siempre nuestro derecho. Algunos días atrás, mientras esperaba que vuelva el presidente de mesa para yo poder votar, vi salir de otra de las aulas a una mujer que había ido con sus dos hijos, y sonreí. Es probable que esos chicos nunca tengan la posibilidad de imaginarse el cuarto oscuro como un lugar misterioso y por descubrir. Pero lo que importa realmente, es que cuando crezcan puedan ser ellos los que vayan con sus hijos, y así sucesivamente. Es por esa razón que, luego de introducir mi sobre en la urna, volví a casa caminando despacio, contento por saber que más allá del nombre de quien sea electo, la que gana siempre sos vos.

Democracia: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.

24/9/11

La vuelta está en marcha

Para vos, amigo pincharrata.

Setenta y siete días pasaron desde aquel domingo a la tarde en que llegué a Seddon Accommodation, una casa con: tres habitaciones, una cocina, un living-comedor y un baño. En su esplendor hubo ocho habitantes conviviendo al mismo tiempo, dos por habitación y dos que dormían en el living. Lavar los platos antes de usarlos (y no siempre después), bañarse rápido para que nadie se quede sin agua caliente, convivir con porrones de cerveza vacíos desparramados por doquier, son algunas de las incomodidades a las que hubo que acostumbrarse. Sin embargo, esa casa será por siempre mi casa, mi hogar en Nueva Zelanda. Y cada uno de los que compartieron ese techo serán, a su vez, mi familia neozelandesa.

Proceso: 1. Acción de ir hacia delante.
2. Transcurso del tiempo.

La vida es un continuo transcurrir, se trata de un proceso durante el cual nos vemos constantemente en la obligación/necesidad de tomar decisiones. Para ello, algunos somos más fríos, más pensantes y otros nos dejamos llevar por la intuición, vamos atrás de lo que sentimos. Desde mi punto de vista, lo ideal pasa por combinar ambos estados, buscando elegir con una dosis de frialdad y otra de pasión. No siempre es sencillo lograrlo, pero bien vale la pena el intento.

Hace un par de semanas dejé mi casa, casualmente también fue un domingo. Esa mañana me desperté con la felicidad de saber que estaba comenzando mis vacaciones. En el living los que ya estaban levantados charlaban y, por un instante, yo fui el tema de conversación. Escucharlos me hizo recordar, entonces agarré el teléfono y escribí lo que sigue en un mail para mis amigos: “Acá es domingo a la mañana y me acabo de despertar. En general nunca me acuerdo de lo que soñé, hoy no era la excepción. Pero un amigo mexicano que vive en la casa me ayudó a hacer memoria. Anoche grité un gol mientras dormía. Sólo me acuerdo que fue del Pipi Romagnoli y que lo estaba viendo por tele con mi viejo.”

Vuelta: 1. Regreso al punto de partida.
2. Retorno o recompensa.
3. Repetición de algo.

Ahora escribo sentado en la mesa del comedor del ferry que me cruzará de Picton a Wellington. Navegando por Queen Charlotte Sound, entre un puñado de montes tapizados con el verde oscuro de los árboles, comienzo a dejar atrás la Isla Sur. Lo que significa, de alguna manera, empezar a despedirme también de Nueva Zelanda. Ahí abajo quedaron mi casa, mis amigos, mi familia. Nelson, Hokitika, Queenstown, Dunedin, Kaikoura, Picton. Seis ciudades, de norte a sur y viceversa, en menos de dos semanas le di toda la vuelta a la isla. Volví a ser un turista, mezclado entre los miles que llegaron para ver el Mundial de Rugby. Y hay, en ese hecho, un dejo de nostalgia – por más que hoy posiblemente ya no quede nadie – cada vez que en mi memoria vuelva a cruzar la puerta de la casa de Seddon, ahí estarán todos: desparramados por el living, jugando a la playstation, abrigándose con el calor del hogar.

El otro día, leyendo a Villoro, me encontré con un breve parráfo que me hizo sentir identificado: “Durante nueve años contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español.” Para él patear una pelota y gritar en su idioma eran lo mismo. La analogía es doble. Disfruto de poder comunicarme en otras lenguas – lo que me permite acercarme a otras culturas – pero ningún idioma me gusta tanto como el castellano, a la vez que coincido en el sentimiento de libertad que experimento dentro de una cancha de fútbol. Volver, significará por ende una recompensa, así como también una garantía: no más gritos afónicos contemplando la pequeña pantalla del celular.

Repetición es sinónimo de rutina, lo que no necesariamente debe verse como algo negativo. Como cuando los que se reiteran son los mails que confirman asistencia al asado de mañana a la noche, o lo rutinario pasa por coordinar cuántos somos y cuántos autos hay disponibles para ir a jugar el sábado. Extraño desde hacer la cola para entrar a la cancha, hasta el indignarme por tener que soportar a tal o cual comentarista mientras miro algún partido por televisión. El punto de partida siempre será Buenos Aires. Regresar es también la certeza de revivir gratos momentos, desencadenados por el reencuentro con todos aquellos que son familia. Valoro la posibilidad que tengo hoy, de decidir no por obligación, sino por voluntad. El viaje de vuelta es largo y comenzó aquel día en que el corazón me dijo que ya era buen momento para volver.

30/8/11

Bajo cero

La temperatura corporal desciende gradualmente, el paisaje comienza a teñirse de blanco y la sensación térmica se ve reflejada en ese movimiento espasmódico e inevitable que uno realiza al temblar. Si el termómetro fuera el ascensor de un edificio, en este momento estaríamos bajando hasta el primer subsuelo probablemente. Puedo contar las veces que he visto nevar con los dedos de una sola mano, desconozco cuántas más serán necesarias para que yo deje de sonreír por el simple hecho de ver los copos cayendo.

Frío: 1. Dicho de un cuerpo: que tiene una temperatura muy inferior a la ordinaria del ambiente.
2. Que, respecto de una persona o cosa, muestra indiferencia, desapego o desafecto, o que no toma interés por ella.
3. Sensación que se experimenta ante un descenso de temperatura.

Soy propenso a experimentar la sensación mencionada en la definición número tres. Definitivamente prefiero el verano antes que el invierno. Me gusta el calor, disfruto de el sólo hecho de no tener que abrigarme. Sin embargo, llegar al viñedo y ver todo pintado de color blanco fue espectacular. Con seis capas de ropa encima, igual me era imposible dejar de temblar. Entre las actividades que realizo a diario en el trabajo, lo mejor es el stripping si uno pretende mantener el cuerpo caliente: se trata de arrancar de entre los cables de acero las ramas sueltas que ya fueron podadas. Suele ser bastante fastidioso, es inevitable recibir cada dos por tres algún que otro latigazo al tirar con fuerza de las que están más enredadas. Bajo la lluvia blanca fueron un par de horas durante las que se podría decir: disfruté de tener frío.

Hace poco más de dos años nacía este espacio, casi de casualidad: una tarde se me ocurrió hacer un blog para poder publicar un artículo que había escrito. Estuve varias horas para decidir cuál iba a ser el nombre del mismo. Del blog, no del artículo. Y no sabía todavía, que al elegir Hacé la pausa estaba al mismo tiempo marcando el camino a seguir. La expresión tiene un origen futbolero y puede ser aplicada con el mismo sentido a cualquier situación de la vida cotidiana.

“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”, escribió Eduardo Sacheri. Yo juego al fútbol con pasión, se me va la vida en cada partido y vuelvo a renacer con cada pitazo inicial. Se juega como se vive. Cuando me siento a escribir soy igual. El año pasado redacté unos cuantos artículos para un portal de deportes que, en ese entonces, estaba recién dando sus primeros pasos. Un día decidí dejar de hacerlo: me di cuenta que había perdido temperatura, la simpleza del trabajo requerido iba en detrimento de la dosis de pasión necesaria para poder sentirme satisfecho. Se vive como se juega.

Este blog puede tomar diferentes formas, puede ser una bitácora durante algún viaje, así como también un cable a tierra ante una situación o suceso que no es de mi agrado. Siempre haciéndole honor a su nombre, sin precipitaciones. Algunas veces escribo para compartir una experiencia, algunas otras para realizar algún tipo de denuncia. Hoy lo hago con la intención de incomodar.

En el mundo en que vivimos hay museos, hay osos de peluche y también polares, hay wi-fi, hay rascacielos y villas miseria, hay sopas instantáneas, teléfonos celulares, películas de terror y carreras de caballos. Hay también balcones, fronteras, música funcional, orcas asesinas, zapatos con tacos. Hay marihuana y hay guerras. En el mundo en que vivimos hay pisos radiantes, estufas eléctricas, calefacción central. Pero no todos vivimos en las mismas condiciones, hay gente como yo por ejemplo, que un día se puede dar el lujo de trabajar bajo la nieve y disfrutarlo. Mientras hundía mis botas en la alfombra blanca se me vino la imagen de aquel que convive con esa sensación llamada frío todos los días. Y lo sufre.

Empecé con la descripción de una mañana bajo la nieve. No tenía del todo claro hacia donde quería a ir. Me gusta embarcarme en este tipo de relatos en los que me dejo llevar, sin tener la certeza de si voy a llegar a algún destino en particular. Generalmente son los más difíciles de escribir. El hilo conductor de este artículo es el análisis de lo que no necesita ser analizado. Porque de eso se trata hacer la pausa, de tomarse un tiempo de más para pensar – y repensar, las veces que sea necesario – en todo aquello que a simple vista parece simple, valga la redundancia. Resulta muy gratificante darse cuenta de que no fue un tiempo perdido, de que lejos estuvo de estar de más. En el básquet lo llaman tiempo muerto. Yo suelo utilizarlo para buscar en el diccionario, por ejemplo. Una de las definiciones de la palabra pasión dice: lo contrario a la acción. Nada tiene que ver con el uso que le di algunos párrafos más arriba. Sin embargo, la inacción puede ser también la calma que antecede a la tormenta. Porque una buena solución para dejar de sentir frío, podría ser ponernos en movimiento.

29/7/11

Unipersonal

“Argentina es hermoso y es jodidísimo, y Hawaii es hermoso y es jodidísimo. Ahí te das cuenta que es uno, y no el lugar”. La frase la escuché en un capítulo de Clase Turista, la dijo un argentino que vive en la isla de Maui desde hace ya varios años. Era domingo al mediodía y en ese momento estaba solo, en el living de una casa que comparto con siete integrantes más (checos, mexicanos, chilenos), terminando de almorzar y tomando un vaso/taza de vino. Todos se habían ido a la playa, yo decidí quedarme y descansar un rato adentro, preparándome para el plato fuerte de la jornada: el picado de la tarde. Para mi son fundamentales estos momentos en los que puedo disfrutar en soledad, carente de compañía.

Primer día libre después de la primera semana laboral. Estaba todo arreglado, ellos traían la pelota, nosotros sólo teníamos que preocuparnos por juntar la gente. Suena mi celular, un mensaje de texto, una pregunta. ¿Tienen inflador? Entro súbitamente en pánico, levanto la vista buscando compañía y pego un grito: muchachos, hay un problema, necesitamos inflar la pelota. La respuesta llega de inmediato, el inflador está, lo que hace falta es un pico. Sí, ese insignificante tubito de metal que hace posible que el aire llegue hasta lo profundo de la cámara y el cuero se estire hasta adquirir forma esférica. Devuelvo el mensaje con la noticia del inflador inútil. Ellos también responden, tan sólo un puñado de palabras denotan una infancia sin potrero: “capaz el fin de semana que viene se pueda jugar, nos vemos”. Me invade la indignación, agarro la bicicleta y salgo a recorrer el pueblo en busca de una solución que no encuentro. Cuando vuelvo a la casa alguien me dice que podemos usar el cartucho de tinta de una birome. Meto la mano en el bolsillo y escribo en el celular: “solucionado lo del inflador, nos encontramos 2:30 PM en la cancha de la escuela”. Un par de horas más tarde el sol comienza a caer, el invento de la birome no sirvió de mucho pero el fútbol igual dijo presente. Yo jugué con los franceses, ganamos 14 a 10.

Seis veces a la semana me despierto a las 7 AM, cuando suena por primera vez la alarma del celular. Entreabro los ojos, lo agarro con la mano derecha y presiono “posponer 10 minutos”. En la oscuridad de la habitación puedo ver, gracias a la luz que emite el teléfono, el humito que me sale por la boca al exhalar. Me meto debajo de las sábanas y repito la misma acción dos o tres veces mínimo. Luego tomo coraje y me levanto, hay que considerar que estamos en invierno y que, por ende, nunca es sencillo salir de la cama. Hace frío dentro de la casa y por la mañana el mejor refugio es la cocina, cuanto más cerca del horno mejor.

En el pueblo hay un solo supermercado, bastante pequeño y con una característica que detesto: sensores de movimiento que emiten un sonido agudo y corto, avisando que estás en la góndola de los artículos de limpieza o que acabas de pasar por el rincón adonde descansan los lácteos. Intento realizar el esfuerzo de anticipar el estrépito con el pensamiento y minimizar así ese breve instante de ira, pero es imposible. Para colmo de males, a mi me gusta ir al supermercado y deambular por demás, aunque ya tenga en la mano lo que fui a comprar. Aquí, es una práctica poco recomendable si uno quiere preservar su salud mental.

Algo lindo que tiene esta casa es el living, con los dos televisores uno arriba del otro y la chimenea al lado, que no nos deja sentir el frío del invierno neozelandés. Conseguir leña es una de las tareas fundamentales a realizar un par de veces por semana. Un día de lluvia al regresar del viñedo o (cualquier día) por la noche, son los mejores momentos para hacerlo. Cual grupo comando, la camioneta se detiene a un costado de la ruta y todos corren, juntan unos cuantos pedazos de madera y regresan al vehículo. Me gusta ocuparme de prender el fuego, pero como los troncos son siempre de un tamaño considerable – y necesario, sobretodo si uno quiere disfrutar del calor por al menos un par de horas – hacerlos arder puede ser una tarea complicada. Todo sirve a la hora de empezar la fogata: cajas de cereales, cartones de huevos, hasta las tiritas de papel y alambre que usamos para atar las plantas de vid.

En castellano es Nueva Zelanda, en maorí Aotearoa, coloquialmente traducido como “tierra de la gran nube blanca”. Aunque no siempre sean tan blancas. Para convivir con el invierno kiwi, es necesario acostumbrarse a la lluvia. Pero como el clima es por demás ciclotímico, cada tanto el sol se asoma a saludar y te regala un lindo arcoiris. Coincido con lo que dice la frase con la que comienzo este artículo, es uno, siempre. No importa el adónde. Hoy me toca sentarme en un colchón sin cama – apoyado directamente en el piso – con la computadora sobre las piernas, para poder escribir con cierta tranquilidad. En esta casa la constante es el caos, el desorden. Hay que sacar turno para casi todo: para cocinar, para ducharse, hasta para usar la taza grandota.

Se que estoy de paso, aunque por un momento haya dejado el traje de viajero en el placard. Acá vivo el día a día como uno más, no me siento un intruso que anda espiando la vida del resto, soy parte del paisaje. Eso me obliga a tener que sobrellevar tanto los aspectos positivos como los negativos de mi entorno actual. Guardo la cámara de fotos en la mochila y me calzo las botas de goma para poder caminar por el barro. Le pongo el cuerpo a esta experiencia en la que lo exótico se confunde con lo que comúnmente podríamos entender como habitual. Es hermoso y es jodidísimo. Está en mí el saber sacarle provecho a las distintas vivencias. Desde la charla con los franceses que me invitaron con un par de cervezas en el comedor del motorcamp, hasta el viento helado de la montaña que no quiere entender de camperas ni gorros de lana. Un café con leche caliente después de trabajar, una carcajada que no es necesario traducir. Hoy escribo para mí, para contarle a esa parte mía que siempre dejo en Buenos Aires cómo es vivir acá, 15 horas en offside. Citando a Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”. Pues entonces, que el paseo valga la pena.

12/7/11

Sólo un sueño

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.” Edgar Allan Poe

Levantando la vista uno se encuentra con el verde de las montañas y el sol de la mañana que ya se empieza a asomar por detrás. Allá en el fondo están por llegar las ovejas, para seguir arrasando con el campo a medida que avanzan en busca de más alimento. Caminando entre las innumerables – pero numeradas – hileras de viña se respira aire de campo, apenas una decena de personas trabajan y en el ambiente reina la paz. Intento mantener la concentración y realizar la fuerza justa para no quebrar la planta al enrollarla en el cable. En ese momento, una idea, más bien un concepto, se me viene a la cabeza: irse por las ramas. Decido dejar para más tarde el ejercicio de profundizar en el análisis, vuelvo mentalmente al viñedo y me dejo llevar por la música de las cañas peleando por desatarse. Así transcurrirá la jornada, tranquilamente.

Rama: Parte secundaria de algo, que nace o se deriva de otra cosa principal.

“Es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro…”, cantan a coro los Onda Vaga, y yo sonrío con la certeza de haber hallado una frase que llegó para allanarme el camino en la narración. Los lectores asiduos ya sabrán que acostumbro utilizar definiciones y citas como herramienta en muchos de mis textos. Pues volvamos a ubicar espacialmente al relato en Seddon, un pueblo minúsculo perteneciente a la región de Marlborough, zona plagada de viñedos. Paulatinamente, la mañana le ha dejado su lugar a la tarde, es entonces, y como tantas veces, que la música me ayuda a encontrar el rumbo que me conducirá al destino de lo que quiero expresar. Cuando pienso en el niño que llevamos dentro, inmediatamente lo asocio con la expresión más pura del soñar.

Sueño: 1. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes.
2. Cosa que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.

Con respecto a lo que aportan las definiciones, empezando por la primera, se me hace inevitable plantear la siguiente relación: soñar es irse por las ramas. Las imágenes o sucesos se derivan de otras/os a medida que se desarrolla la fantasía. Por otro lado, la improbabilidad sugerida en la segunda definición no me termina de convencer. Para mi los sueños son proyectos, deseos o esperanzas sin lugar a dudas, pero a los que uno puede aspirar. Entiendo que todos nos damos el lujo de soñar con un imposible de vez en cuando, pero también considero que el primer paso para cualquier tipo de proyecto no es concreto, sino que se origina en ese instante en que uno lo sueña. Bien vale primero construir el castillo en el aire, para luego ocuparse de los cimientos.

“Soñar en teoría, es vivir un poco, pero vivir soñando es no existir.” Jean-Paul Sartre

Yo me permito la osadía de no coincidir del todo con el filósofo francés. Me parece que vivir soñando es, en cierto sentido, imprescindible. Es la manera más sana de ir en busca de un objetivo. Me levanto cada mañana para ir a trabajar con el propósito de ahorrar lo necesario para poder seguir viajando. Es importante aprender a desandar el camino para poder sacarle provecho a cada instante, por más insignificante que pueda parecer de antemano. Hacer del vivir soñando parte del objetivo.


“Creo que todavía estoy durmiendo, me siento como en un sueño”. Hace algunos días, el serbio Novak Djokovic logró su mayor anhelo: “Es el día más feliz de mi vida, logré el sueño de ganar Wimbledon”. Fue el primer torneo que vio por televisión cuando era chico, muchos años atrás, cuando su padre todavía pensaba que el pequeño Nole iba a seguir sus pasos. Hasta aquel día de la confesión: “No quiero esquiar, no quiero ser futbolista. Quiero jugar al tenis, quiero ser como Sampras”. Djokovic lidera hoy el ranking mundial de la ATP, nada más y nada menos que en la era de Federer y Nadal. Pero atención, no se trata solamente de querer ser el mejor, sino serían muchos los que por haberse quedado en el camino se sentirían fracasados. Hay sueños de todos los tamaños y colores, para todos los gustos.

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Pedro Calderón de la Barca

Las manos duelen después de haber trabajado todo el día, el sol ya se ha despedido hasta mañana y el frío dice presente en la montaña. Giro la cabeza y levanto la vista hacia el horizonte, el paisaje es majestuoso. No hay un rincón de tierra sin cultivar, para donde mires todo es viña. Jamás soñé con hacer esto, con trabajar en donde estoy trabajando, con vivir está realidad que estoy viviendo. Ese es otro punto a favor que tienen los sueños, a veces vienen sin que uno los busque, simplemente te despertás y descubrís que estás protagonizando una historia sin guión. Es por eso que yo tengo sólo un pedido: si toda la vida es sueño, déjenme dormir entonces, que no me quiero despertar jamás.