Me gusta pensar que hay algo mágico en ese cristal que aparenta ser plateado y que cuando nos colocamos delante, nos devuelve – de inmediato y sin consultar – la imagen viva de nosotros mismos. Digo que aparenta, porque resulta difícil de corroborar: siempre está reflejando algo. Debe ser extraña la sensación que experimentamos ante la primera aparición de nuestra figura rebotada en el espejo. Hoy, gracias a la fotografía y el video, tenemos la posibilidad de vernos realizando cualquier tipo de actividad: bailando, corriendo, hasta durmiendo. Sin embargo, fue aquel reflejo el que nos confirmó que estábamos aquí: ver para creer. El tiempo pasó, nos fuimos poniendo viejos y siempre hubo uno ahí para ratificarlo.
“Los mares del sur siguen justificando los ojos y la vida. Todos los Iniesta del mundo y el Barça, también.” Así finaliza un hermoso texto de Ariel Scher, en el que se cuenta la historia de un chico que juega al fútbol en la playa, se cree Iniesta y aprendió mirando al Barcelona por televisión junto a su papá. La historia de un chico que, a una edad en la que todavía es necesario pararse arriba del inodoro para verse en el espejo del baño, busca parecerse a esa banda de locos bajitos que desparraman fútbol por las canchas del mundo.
Un espejo es una tabla de cristal que refleja lo que tiene delante. Cuanto mayor es la calidad con la que ha sido azogado (proceso mediante el cual el vidrio se vuelve espejado), más nítida es la imagen que nos devuelve. En Cataluña existe un grupo de personas que, sin proponérselo, descubrió una fórmula para fabricar espejos de excelencia, logrando una calidad de reflejo pocas veces vista. ¿Cómo lo lograron? Resulta que transformaron el terreno de juego del Camp Nou en un inmenso cristal plateado: en él, jugadores vestidos de azulgrana se convierten en destellos de luz que rebotan contra el cristal inanimado y se te meten a través de la retina. Como un germen: son el principio, el origen de la seducción.
Viéndolos jugar uno tiene la sensación de que está ante un espectáculo guionado, por momentos las escenas de la realidad se vuelven dignas de una superproducción cinematográfica. Pero no lo son, los protagonistas son tan reales como los pies descalzos de ese chico que corre por la arena vestido con la camiseta número 8 de su ídolo. Se mueven, tocan, improvisan. Nos transmiten sus hábitos con naturalidad, llevan adentro ese germen, que alguna vez fue semilla. Son causa y efecto de un juego que al mismo tiempo asombra y cautiva: por belleza y por efectividad. A pesar de estar contemporáneamente fuera de contexto, ya que viven rodeados de espejos que reflejan una imagen más bien opaca de ese deporte al que llamamos fútbol.
Sinergia: 1. Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales.
2. Fútbol Club Barcelona.
La definición número 1 está sacada del diccionario de la Real Academia Española. La número 2 es una suerte de metáfora que acabo de inventar, pues entiendo que la palabra “sinergia” tiene mucho que ver con lo que hizo Josep Guardiola dándole forma a este equipo. “Yo, desde los 13 años, he sido educado de una manera muy particular de entender el juego, que es como me enseñaron y jugué luego en el Barça. Por eso, me gustaría que mis equipos se lo pasaran bien jugando al fútbol, que fueran protagonistas del juego”, declaraba Pep algún tiempo antes de comenzar su carrera como director técnico. Y su equipo se la pasa bien, literal y figuradamente. Se pasa bien la pelota (la protagonista estelar) y se divierte a la vez que divierte.
Los promotores de esta filosofía de juego lejos están de ser revolucionarios. “El futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania”, dijo alguna vez Gary Lineker, ex futbolista británico. La frase, además de simpática, supone una verdad tan simple como elemental: cuando el partido comienza, son 11 jugadores por lado. “Alinear es un arte que considera la configuración inteligente de relaciones”, escribió Oscar Cano Moreno, entrenador de fútbol español, en su libro El modelo de juego del FC Barcelona. Se trata de defender una idea. La que defiende Guardiola cuando nos habla de juego, un concepto que a muchos hasta les podría sonar anticuado si lo relacionamos con este deporte.
“Toque, toque, toque, nos movemos, nos movemos.” El pequeño Iniesta juega en la orilla y pretende inculcarles a sus compañeros el modelo catalán. Por un momento se vuelve él mismo un objeto (animado) capaz de reflejar los principios ideológicos del fútbol barcelonista. Se contagia y contagia. Y entonces yo – que ahora estoy sentado frente a la pantalla de la computadora imaginándome esa playa – repentinamente descubro que allí radica el encanto, en el efecto contagio. Porque existen muchos espejos en los que reflejarse y también muchos modelos que vale la pena imitar.
Ninguno como este Barça.
24/02/12
21/01/12
Confesionario (II)
Yo salí campeón jugando al fútbol con mis amigos. Nueve palabras que describen cabalmente, cuál es uno de los significados – desde mi singular perspectiva – de la palabra felicidad. El 2011 fue un año muy lindo, en el que viví unas cuantas experiencias nuevas, algunas de las cuales las he ido contando por acá – a través de esta acogedora bitácora – y algunas otras no, me las he querido guardar, son para mí. Fue gratificante descubrir que el artículo con título homónimo a éste (el número II está sólo por cuestiones prácticas), ha sido uno de los mejor recibidos por varios de ustedes, los lectores. Aunque, debo reconocer que no todos lograron decodificar por completo el mensaje que traía implícito. Es lógico, simplemente no me conocen lo suficiente, pero ese texto – como algunos otros que también navegan por las aguas de este blog – fue una suerte de descarga emocional, llevaba adjunto una importante dosis de desencanto, por aquel viejo anhelo tan deseado e incumplido. Pues he aquí, y a continuación, mi casi inmediata respuesta a esa primera declaración. Si el primer Confesionario tenía un tinte más bien triste, ésta segunda versión vendría a ser su contracara.
Recién comienzo a desandar los terrenos del segundo párrafo y ya empiezo a sacar conclusiones, que vertiginosamente devienen en advertencia: cuidado amigo lector, es harto probable que estemos ante uno de los más viscerales de mis escritos. Como suele suceder cuando decido relatar vivencias, el teclado de mi computadora escupe palabras con inusual fluidez. Mi estilo de escritura es por el contrario, particularmente pausado, como haciéndole honor – involuntariamente – al nombre del blog. Lo que van a encontrar en los párrafos que se asoman por debajo, es un cúmulo de fotografías convertidas en relato, que documentan algo sucedido durante una mañana de primavera.
El sábado 26 de noviembre de 2011 está marcado con resaltador en el calendario de mi historia personal. Como le comenté a alguien durante la semana previa, ese día estaba destinado a ser quizá uno los más felices de mi vida, siempre y cuando todo saliese como lo deseábamos (el plural abarca a todos los que se ajustan a la definición de las dos últimas palabras de la oración que da comienzo a este artículo: “mis amigos”). Ese sábado se jugaba la última fecha del campeonato. Viví los días previos con un sentimiento particular, mezcla de ansiedad y nerviosismo. Ansiedad por querer que llegue el día del partido y nerviosismo por saber que – a contramano de mi más profundo deseo – tenía grandes chances de no ser titular. Lo supe desde el mismo momento en que me bajé del avión que me trajo de vuelta a Buenos Aires, luego de algo más de cuatro meses en territorio neocelandés: mi ausencia producto del viaje era sinónimo de perder privilegios tales como ser de la partida en el once inicial del equipo. Pero, aunque entendía que era lógico y no lo merecía, nunca perdí la esperanza de poder estar de entrada.
La mañana del partido amaneció con clima ideal para la práctica deportiva al aire libre: sol radiante. Me pasaron a buscar bien temprano, como estaba previsto, y llegamos al predio adonde se juega el torneo antes de que abran las puertas. El ánimo de todos estaba por las nubes, con un punto de ventaja por sobre el segundo, necesitábamos de un triunfo más para asegurarnos el campeonato. Una vez cambiados llegó el momento de la charla técnicaˡ, el único tramo de la jornada que – por razones que serán esbozadas a continuación – no fue completamente feliz para quien escribe. De la mano de las emotivas palabras que nuestro entrenador nos regaló antes de salir a la cancha, llegó la confirmación menos deseada: iba a ser suplente.
Me abstraje unos pocos segundos del contexto con el propósito de asimilar la noticia, para inmediatamente volver, en mente y espíritu, al lugar de los hechos. Hice la parte de la entrada en calor que me correspondía y después fui a patearle al arquero para que pueda culminar con la suya. Algunos minutos más tarde, sonó el silbatazo que dio comienzo al juego. Siguiendo la cábala de los partidos anteriores en los que no me tocó ser titular, no me puse la camiseta y me quedé en cuero, siguiendo la acción pegado a la raya lateral, caminando inquieto de lado a lado según para donde fuese el balón. El sufrimiento duró menos de lo esperado, promediando el primer tiempo ya estábamos 3 a 0 arriba. En ese momento el técnico me dijo que me moviera, que en diez minutos entraba. Con el partido definitivamente encaminado – ya había llegado el cuarto gol –, ingresé al campo de juego antes de que finalice la primera mitad.
Me sumerjo en el relato y revivo en mi memoria cada instante de aquella mañana de primavera. Quedaban todavía algunos minutos de juego cuando los que estaban afuera empezaron con los festejos. La pelota se jugaba cerca de nuestra área, yo los veía cantar abrazados, desde las cercanías del círculo central. Fue entonces cuando sentí un par de lágrimas brotándome de los ojos, deslizándose hasta llegar al encuentro con las mejillas, recorriéndome verticalmente la cara y soltándose al vacío justo después hacerle una caricia a la mandíbula. Bajé la mirada, respiré hondo y sonreí. No hubiese sentido vergüenza si alguno percibía que había estado llorando, eran lágrimas de emoción y al mismo tiempo de orgullo. Ese grupo de amigos, devenido en equipo, estaba logrando el sueño de salir campeón.
Emoción: Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
Lo somático pasa por esas pequeñas gotas de agua que nos salen de los ojos y que tienen como objetivo comunicarle al resto del mundo que estamos sentimentalmente vivos. Paradójicamente, podemos llorar tanto de tristeza como de alegría, sólo que en este segundo caso, muchas veces lo hacemos a un nivel cuantitativamente menor. Como si nos hubieran avisado de antemano, que podemos generar una cierta cantidad límite de lágrimas felices y entonces uno viviese administrándolas para no quedarse sin. Todo lo que nos pasa es sentimiento. Reímos a carcajadas, lloramos desconsoladamente, nos enojamos y nos desenojamos, todo el tiempo estamos experimentando sensaciones y, en la mayoría de los casos, vamos haciendo lo posible para que sean placenteras.
Aquel sábado de noviembre fui feliz. Y si alguien me preguntase cuál fue el momento de mayor alegría de esa jornada, mi respuesta sería: cuando miré hacia el costado de la cancha y vi a los que estaban afuera empezando a festejar. Es decir, en el instante en que mi emoción tocó su techo y las lágrimas me nublaron la vista. La satisfacción obtenida por el logro que estábamos alcanzando, fue un proceso de muchos meses de esfuerzo y dedicación. El festejo fue acorde, no a la trascendencia del título que estaba en disputa – muy pocos se enteraron que un equipo llamado Creisi Mayin ganó un torneo de fútbol amateur en Pilar –, sino al nivel de importancia y de pasión que nosotros habíamos depositado en él. Por ende, fue un merecido y hermoso festejo. Como escribí en el epígrafe de una de las fotos de esa tarde: una fiesta interminable.
ˡAclaración: En este artículo se cuenta una historia real, protagonizada por un equipo de fútbol amateur cuyos integrantes se comportan y viven como si cada partido fuese la final del mundo.
Recién comienzo a desandar los terrenos del segundo párrafo y ya empiezo a sacar conclusiones, que vertiginosamente devienen en advertencia: cuidado amigo lector, es harto probable que estemos ante uno de los más viscerales de mis escritos. Como suele suceder cuando decido relatar vivencias, el teclado de mi computadora escupe palabras con inusual fluidez. Mi estilo de escritura es por el contrario, particularmente pausado, como haciéndole honor – involuntariamente – al nombre del blog. Lo que van a encontrar en los párrafos que se asoman por debajo, es un cúmulo de fotografías convertidas en relato, que documentan algo sucedido durante una mañana de primavera.
El sábado 26 de noviembre de 2011 está marcado con resaltador en el calendario de mi historia personal. Como le comenté a alguien durante la semana previa, ese día estaba destinado a ser quizá uno los más felices de mi vida, siempre y cuando todo saliese como lo deseábamos (el plural abarca a todos los que se ajustan a la definición de las dos últimas palabras de la oración que da comienzo a este artículo: “mis amigos”). Ese sábado se jugaba la última fecha del campeonato. Viví los días previos con un sentimiento particular, mezcla de ansiedad y nerviosismo. Ansiedad por querer que llegue el día del partido y nerviosismo por saber que – a contramano de mi más profundo deseo – tenía grandes chances de no ser titular. Lo supe desde el mismo momento en que me bajé del avión que me trajo de vuelta a Buenos Aires, luego de algo más de cuatro meses en territorio neocelandés: mi ausencia producto del viaje era sinónimo de perder privilegios tales como ser de la partida en el once inicial del equipo. Pero, aunque entendía que era lógico y no lo merecía, nunca perdí la esperanza de poder estar de entrada.
La mañana del partido amaneció con clima ideal para la práctica deportiva al aire libre: sol radiante. Me pasaron a buscar bien temprano, como estaba previsto, y llegamos al predio adonde se juega el torneo antes de que abran las puertas. El ánimo de todos estaba por las nubes, con un punto de ventaja por sobre el segundo, necesitábamos de un triunfo más para asegurarnos el campeonato. Una vez cambiados llegó el momento de la charla técnicaˡ, el único tramo de la jornada que – por razones que serán esbozadas a continuación – no fue completamente feliz para quien escribe. De la mano de las emotivas palabras que nuestro entrenador nos regaló antes de salir a la cancha, llegó la confirmación menos deseada: iba a ser suplente.
Me abstraje unos pocos segundos del contexto con el propósito de asimilar la noticia, para inmediatamente volver, en mente y espíritu, al lugar de los hechos. Hice la parte de la entrada en calor que me correspondía y después fui a patearle al arquero para que pueda culminar con la suya. Algunos minutos más tarde, sonó el silbatazo que dio comienzo al juego. Siguiendo la cábala de los partidos anteriores en los que no me tocó ser titular, no me puse la camiseta y me quedé en cuero, siguiendo la acción pegado a la raya lateral, caminando inquieto de lado a lado según para donde fuese el balón. El sufrimiento duró menos de lo esperado, promediando el primer tiempo ya estábamos 3 a 0 arriba. En ese momento el técnico me dijo que me moviera, que en diez minutos entraba. Con el partido definitivamente encaminado – ya había llegado el cuarto gol –, ingresé al campo de juego antes de que finalice la primera mitad.
Me sumerjo en el relato y revivo en mi memoria cada instante de aquella mañana de primavera. Quedaban todavía algunos minutos de juego cuando los que estaban afuera empezaron con los festejos. La pelota se jugaba cerca de nuestra área, yo los veía cantar abrazados, desde las cercanías del círculo central. Fue entonces cuando sentí un par de lágrimas brotándome de los ojos, deslizándose hasta llegar al encuentro con las mejillas, recorriéndome verticalmente la cara y soltándose al vacío justo después hacerle una caricia a la mandíbula. Bajé la mirada, respiré hondo y sonreí. No hubiese sentido vergüenza si alguno percibía que había estado llorando, eran lágrimas de emoción y al mismo tiempo de orgullo. Ese grupo de amigos, devenido en equipo, estaba logrando el sueño de salir campeón.
Emoción: Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
Lo somático pasa por esas pequeñas gotas de agua que nos salen de los ojos y que tienen como objetivo comunicarle al resto del mundo que estamos sentimentalmente vivos. Paradójicamente, podemos llorar tanto de tristeza como de alegría, sólo que en este segundo caso, muchas veces lo hacemos a un nivel cuantitativamente menor. Como si nos hubieran avisado de antemano, que podemos generar una cierta cantidad límite de lágrimas felices y entonces uno viviese administrándolas para no quedarse sin. Todo lo que nos pasa es sentimiento. Reímos a carcajadas, lloramos desconsoladamente, nos enojamos y nos desenojamos, todo el tiempo estamos experimentando sensaciones y, en la mayoría de los casos, vamos haciendo lo posible para que sean placenteras.
Aquel sábado de noviembre fui feliz. Y si alguien me preguntase cuál fue el momento de mayor alegría de esa jornada, mi respuesta sería: cuando miré hacia el costado de la cancha y vi a los que estaban afuera empezando a festejar. Es decir, en el instante en que mi emoción tocó su techo y las lágrimas me nublaron la vista. La satisfacción obtenida por el logro que estábamos alcanzando, fue un proceso de muchos meses de esfuerzo y dedicación. El festejo fue acorde, no a la trascendencia del título que estaba en disputa – muy pocos se enteraron que un equipo llamado Creisi Mayin ganó un torneo de fútbol amateur en Pilar –, sino al nivel de importancia y de pasión que nosotros habíamos depositado en él. Por ende, fue un merecido y hermoso festejo. Como escribí en el epígrafe de una de las fotos de esa tarde: una fiesta interminable.
ˡAclaración: En este artículo se cuenta una historia real, protagonizada por un equipo de fútbol amateur cuyos integrantes se comportan y viven como si cada partido fuese la final del mundo.
29/12/11
La noticia precoz
La información es un bien que, por abundante, se ha desvalorizado en los últimos años. Ante el avance incontenible de las nuevas tecnologías, los diferentes medios tienen más medios – valga la redundancia – para reproducir lo que pasa. Vivimos en la era de la sobreinformación. Ya no importa tanto lo que se dice, sino el sólo hecho de decir algo. En los diarios online abundan los artículos de dos o tres párrafos, una clara demostración de que no se tienen los datos suficientes como para redondear una crónica seria. Lo importante es que la página principal se renueve constantemente, simulando un innecesario y continuo recambio. Aunque suenen a noticias de ayer, el contenido que podemos encontrar en los periódicos en su versión papel suele ser mucho más rico y sustentable. La instantaneidad deja de ser una virtud en el momento en que se vuelve sinónimo de irresponsabilidad. Se prioriza entretener antes que informar, se busca llamar la atención aunque no siempre se sabe qué hacer cuando se la obtiene. Lo precoz como sinónimo de prematuro.
Vértigo: Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.
Pienso que las consecuencias son lógicas cuando me pongo a analizar las causas: con el advenimiento de las nuevas tecnologías sobrevino un abanico de herramientas hasta hace muy poco tiempo desconocidas. Por ende, son inevitables los tropiezos por tener que caminar en un terreno virgen y extraño. Sería importante comenzar por reconocer y diferenciar cuál es el campo que le corresponde a cada uno. Bien vale aquí el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta. Cuando el objetivo es comunicar, la radio es capaz de brindar rapidez, la televisión puede aportar riqueza desde las imágenes y los diarios son el mejor terreno para ahondar en el análisis. Me interesa hacer hincapié en el papel que juegan estos últimos – es decir, la prensa gráfica – y la relación que tienen con internet.
¿Cómo se hace para competir contra la velocidad con que se propagan las noticias a través de twitter? Pues, evitando dicha competencia. Los 140 caracteres son de una gran utilidad para informar (muy) brevemente y con gran rapidez. Pero surge un contratiempo ante tanta instantaneidad, una vez que se ha prendido la mecha es muy complicado apagarla: el usuario quiere saber todos los detalles con idéntico apremio. El cliente no siempre tiene razón. No hace falta alimentar esa ansiedad de información con datos poco precisos o que no fueron verificados. Debe ser virtud de quienes ocupan el rol de comunicadores no sucumbir ante la demanda urgente del público, siendo ellos los que imponen el ritmo, los que marcan el tempo. Sino se corre el riesgo de quedar constantemente en offside, fuera de juego, lo que desprestigia a la profesión y pone en riesgo la credibilidad. Debemos educar con la paciencia, buscando brindar un mejor servicio, si llega rápido bien, pero nunca desechando calidad.
No nos gusta esperar por nada. En un mundo híper conectado, pareciera que lo que llega antes siempre es mejor. Hace no mucho tiempo, me descubrí a mi mismo apretando F5 para actualizar la pantalla del navegador, en busca de un dato más sobre la última noticia, de algún video o una foto aunque sea. Yo, que hace un par de años hice un blog con la propuesta de que vayamos más lento, me sorprendí al verme atrapado por la desesperación de querer saber todo ya, o inclusive antes. Y fue ahí cuando pensé, acá hay algo que no está bien. ¿Por qué estoy tan apurado? ¿De dónde sale tal prisa? He llegado a la conclusión que son los mismos medios los que generan dicha urgencia. Informar se ha vuelto una carrera, gana el que lo dice antes.
Recién hablaba de un desprestigio de la profesión, pero esa no es la única consecuencia de entregar noticias erróneas o imprecisas, hay otra bastante más peligrosa: las reacciones que pueden generarse a raíz de determinada información. Vivimos nerviosos, por momentos la realidad pareciera estar cocinándose adentro de una olla a presión y un titular de un diario puede ser suficiente para destaparla. Es fundamental ser responsables ante lo que se dice, porque es posible que luego no haya tiempo para rectificaciones. Mejor prevenir que curar. Es indispensable tomarse el tiempo que sea necesario para confirmar algún dato, aunque eso signifique abandonar la carrera. No hay ganadores ni perdedores a la hora de comunicar una noticia. Entender que no existe tal competencia, quizá nos enseñe a disfrutar un poco más.
Vértigo: Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.
Pienso que las consecuencias son lógicas cuando me pongo a analizar las causas: con el advenimiento de las nuevas tecnologías sobrevino un abanico de herramientas hasta hace muy poco tiempo desconocidas. Por ende, son inevitables los tropiezos por tener que caminar en un terreno virgen y extraño. Sería importante comenzar por reconocer y diferenciar cuál es el campo que le corresponde a cada uno. Bien vale aquí el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta. Cuando el objetivo es comunicar, la radio es capaz de brindar rapidez, la televisión puede aportar riqueza desde las imágenes y los diarios son el mejor terreno para ahondar en el análisis. Me interesa hacer hincapié en el papel que juegan estos últimos – es decir, la prensa gráfica – y la relación que tienen con internet.
¿Cómo se hace para competir contra la velocidad con que se propagan las noticias a través de twitter? Pues, evitando dicha competencia. Los 140 caracteres son de una gran utilidad para informar (muy) brevemente y con gran rapidez. Pero surge un contratiempo ante tanta instantaneidad, una vez que se ha prendido la mecha es muy complicado apagarla: el usuario quiere saber todos los detalles con idéntico apremio. El cliente no siempre tiene razón. No hace falta alimentar esa ansiedad de información con datos poco precisos o que no fueron verificados. Debe ser virtud de quienes ocupan el rol de comunicadores no sucumbir ante la demanda urgente del público, siendo ellos los que imponen el ritmo, los que marcan el tempo. Sino se corre el riesgo de quedar constantemente en offside, fuera de juego, lo que desprestigia a la profesión y pone en riesgo la credibilidad. Debemos educar con la paciencia, buscando brindar un mejor servicio, si llega rápido bien, pero nunca desechando calidad.
No nos gusta esperar por nada. En un mundo híper conectado, pareciera que lo que llega antes siempre es mejor. Hace no mucho tiempo, me descubrí a mi mismo apretando F5 para actualizar la pantalla del navegador, en busca de un dato más sobre la última noticia, de algún video o una foto aunque sea. Yo, que hace un par de años hice un blog con la propuesta de que vayamos más lento, me sorprendí al verme atrapado por la desesperación de querer saber todo ya, o inclusive antes. Y fue ahí cuando pensé, acá hay algo que no está bien. ¿Por qué estoy tan apurado? ¿De dónde sale tal prisa? He llegado a la conclusión que son los mismos medios los que generan dicha urgencia. Informar se ha vuelto una carrera, gana el que lo dice antes.
Recién hablaba de un desprestigio de la profesión, pero esa no es la única consecuencia de entregar noticias erróneas o imprecisas, hay otra bastante más peligrosa: las reacciones que pueden generarse a raíz de determinada información. Vivimos nerviosos, por momentos la realidad pareciera estar cocinándose adentro de una olla a presión y un titular de un diario puede ser suficiente para destaparla. Es fundamental ser responsables ante lo que se dice, porque es posible que luego no haya tiempo para rectificaciones. Mejor prevenir que curar. Es indispensable tomarse el tiempo que sea necesario para confirmar algún dato, aunque eso signifique abandonar la carrera. No hay ganadores ni perdedores a la hora de comunicar una noticia. Entender que no existe tal competencia, quizá nos enseñe a disfrutar un poco más.
21/11/11
Confesionario
Tengo 29 años. Nunca voy a cumplir el sueño de jugar al fútbol profesionalmente, en la primera de un club. Lo tengo muy claro. Sin embargo, siento que jamás dejaré de soñarlo. Terminé de redactar la segunda oración y me dieron ganas de llorar. Lo vivo con dolor, aunque a alguno le pueda sonar exagerado, tal vez con el más legítimo de los dolores. Es difícil de explicar, pero piensen en algo que desean con locura y saben que nunca tendrán. Bien se podría hacer la analogía con un amor no correspondido. Quizá les cueste entenderlo, de hecho no pretendo que lo hagan, escribo en parte para desahogarme. Empecé a pensar este artículo después de leer una nota a Alessandro Del Piero, en un pasaje de la misma le preguntaron cómo hacía para divertirse a los 37 años: “Todavía me dejo llevar por la pasión de esa cosa redonda llamada pelota. Hay momentos en los que hay que saber hacer de todo, incluso tirarse al suelo para recuperar un balón o correr por correr. Es bonito así y yo estoy superfeliz de llevar todo esto dentro. Cuando se muera, ya no tendré nada.”
Profesional es aquel que practica habitualmente una actividad, de la cual vive. Mientras que amateur (o aficionado) es aquel que también lo hace, pero sin recibir un pago a cambio. La pasión no discrimina a unos o a otros. Hay quienes juegan al fútbol apasionadamente y ganan mucho dinero, así como también están los que lo practican con un nivel similar de compromiso sin que exista un beneficio económico de por medio. Hay gente que cree que por ganar millones y ser famosos, los jugadores pierden las ganas de jugar. No quiero pecar de ingenuo, entiendo que eso pueda suceder, pero se que no es la regla. No me interesa polemizar al respecto, hoy quiero hacer hincapié en los que sí experimentamos este sentimiento. Los que como Del Piero, sabemos que sin la pasión por el fútbol, no tendríamos nada.
Somos unos cuantos los que compartimos esta locura. Yo juego todos los sábados en un torneo amateur. Hace un par de fines de semana teníamos un partido muy importante, en el que defendíamos la punta del campeonato. Y a pesar de haber arrancado ganando, nos lo dieron vuelta y estuvimos a pocos minutos de perderlo. Hasta que llegó un centro al área, la pelota cayó en medio del tumulto y Feli tocó corto para el Negro Damián, que con un puntazo de zurda decretó el empate. Repaso ese instante en mi memoria y se me eriza la piel. El festejo fue interminable, desaforado, loco. Tan loco que no me dejó seguir jugando el partido, ya que salí de la montaña humana con un corte en la cabeza y otro en el ojo. Viví los últimos minutos sentado a un costado del campo, con la camiseta manchada de sangre y la impotencia de no poder volver a entrar. Todavía me tienen que sacar los puntos de la cabeza, los del ojo se me salieron el sábado pasado, mientras estaba jugando.
Jugar: Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse.
Hablamos de diversión e instantáneamente entra en escena también la tristeza. Ganar o perder condiciona el ánimo de toda la semana: ese tiempo muerto que transcurre entre partido y partido. Como no somos profesionales y no jugamos en grandes estadios, vivimos atentos al pronóstico del tiempo, esperando que la lluvia no obligue a suspender las canchas y haya que esperar hasta el sábado siguiente para volver a jugar. Somos seres extraños, vamos por la vida disfrazados: de lunes a viernes es posible que nos descubran haciendo de abogados, médicos, periodistas. Hoy estoy sin trabajo y, cada tanto, cuando alguien me pregunta ‘¿a vos qué te gustaría hacer?’, la respuesta que quisiera dar – pero siempre reprimo para no quedar como un tonto o un loco – es: ser jugador de fútbol.
Una vez, muchos años atrás, jugué un partido amistoso con el club de mi barrio en la cancha de Almagro. Salimos por el túnel, que tiene apenas diez metros de largo y sólo está para unir a los vestuarios ubicados debajo de la platea local con el campo de juego, y con mis botines rojos pisé el césped de un campo de primera. Lo recuerdo con mucha alegría, a pesar de lo intrascendente del partido, para mi fue un día muy especial. En esa época soñaba con ser jugador profesional, lo vivía como una meta posible de alcanzar. El tiempo pasó y muchas cosas cambiaron, sin embargo cada vez que entro a una cancha vuelvo a ser ese chico. Aunque ahora esté acá sentado delante de la computadora escribiendo, con la intensión de conmoverlos, o más no sea entretenerlos durante algunos minutos contando parte de mi historia. No se dejen engañar, ni por mucho que lo intente, ni por más que insista en ponerme el traje de escritor y les hable de la pena de muerte o relate alguna experiencia de viaje. Es sólo una coraza que me protege de este presente que me toca vivir. Si algún día me buscan, es fácil encontrarme: soy ese que corre detrás de una pelota todos los sábados en Pilar.
Profesional es aquel que practica habitualmente una actividad, de la cual vive. Mientras que amateur (o aficionado) es aquel que también lo hace, pero sin recibir un pago a cambio. La pasión no discrimina a unos o a otros. Hay quienes juegan al fútbol apasionadamente y ganan mucho dinero, así como también están los que lo practican con un nivel similar de compromiso sin que exista un beneficio económico de por medio. Hay gente que cree que por ganar millones y ser famosos, los jugadores pierden las ganas de jugar. No quiero pecar de ingenuo, entiendo que eso pueda suceder, pero se que no es la regla. No me interesa polemizar al respecto, hoy quiero hacer hincapié en los que sí experimentamos este sentimiento. Los que como Del Piero, sabemos que sin la pasión por el fútbol, no tendríamos nada.
Somos unos cuantos los que compartimos esta locura. Yo juego todos los sábados en un torneo amateur. Hace un par de fines de semana teníamos un partido muy importante, en el que defendíamos la punta del campeonato. Y a pesar de haber arrancado ganando, nos lo dieron vuelta y estuvimos a pocos minutos de perderlo. Hasta que llegó un centro al área, la pelota cayó en medio del tumulto y Feli tocó corto para el Negro Damián, que con un puntazo de zurda decretó el empate. Repaso ese instante en mi memoria y se me eriza la piel. El festejo fue interminable, desaforado, loco. Tan loco que no me dejó seguir jugando el partido, ya que salí de la montaña humana con un corte en la cabeza y otro en el ojo. Viví los últimos minutos sentado a un costado del campo, con la camiseta manchada de sangre y la impotencia de no poder volver a entrar. Todavía me tienen que sacar los puntos de la cabeza, los del ojo se me salieron el sábado pasado, mientras estaba jugando.
Jugar: Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse.
Hablamos de diversión e instantáneamente entra en escena también la tristeza. Ganar o perder condiciona el ánimo de toda la semana: ese tiempo muerto que transcurre entre partido y partido. Como no somos profesionales y no jugamos en grandes estadios, vivimos atentos al pronóstico del tiempo, esperando que la lluvia no obligue a suspender las canchas y haya que esperar hasta el sábado siguiente para volver a jugar. Somos seres extraños, vamos por la vida disfrazados: de lunes a viernes es posible que nos descubran haciendo de abogados, médicos, periodistas. Hoy estoy sin trabajo y, cada tanto, cuando alguien me pregunta ‘¿a vos qué te gustaría hacer?’, la respuesta que quisiera dar – pero siempre reprimo para no quedar como un tonto o un loco – es: ser jugador de fútbol.
Una vez, muchos años atrás, jugué un partido amistoso con el club de mi barrio en la cancha de Almagro. Salimos por el túnel, que tiene apenas diez metros de largo y sólo está para unir a los vestuarios ubicados debajo de la platea local con el campo de juego, y con mis botines rojos pisé el césped de un campo de primera. Lo recuerdo con mucha alegría, a pesar de lo intrascendente del partido, para mi fue un día muy especial. En esa época soñaba con ser jugador profesional, lo vivía como una meta posible de alcanzar. El tiempo pasó y muchas cosas cambiaron, sin embargo cada vez que entro a una cancha vuelvo a ser ese chico. Aunque ahora esté acá sentado delante de la computadora escribiendo, con la intensión de conmoverlos, o más no sea entretenerlos durante algunos minutos contando parte de mi historia. No se dejen engañar, ni por mucho que lo intente, ni por más que insista en ponerme el traje de escritor y les hable de la pena de muerte o relate alguna experiencia de viaje. Es sólo una coraza que me protege de este presente que me toca vivir. Si algún día me buscan, es fácil encontrarme: soy ese que corre detrás de una pelota todos los sábados en Pilar.
31/10/11
Yo soy del 82
Yo nací cuando la dictadura estaba dando sus últimos manotazos de ahogado. Somos, por ende, de la misma generación: fuimos juntos a la primaria y también a la secundaria, pero nos conocimos cuando yo estaba haciendo el CBC en la Universidad de Buenos Aires. Nunca me voy a olvidar de ese día, era domingo por supuesto y yo estaba algo nervioso. Nuestra relación se va afianzando a medida que pasa el tiempo. Hasta ahora fueron seis las veces que nos vimos, casualmente una cada dos años. Yo he aprendido a quererte, defenderte y valorarte, vos estás cada día más linda.
Disfruto del sólo hecho de ir a votar, salir a la calle y encontrarme con la ciudad en situación electoral. El paisaje del domingo difiere del habitual, los estadios de fútbol están cerrados y se abren las puertas de las escuelas. Contrariamente a lo que sucede durante cualquier día de clases, adentro de las aulas reina el silencio, y no por una repentina visita de la directora, sino porque por algunas horas se transformaron en cuartos oscuros. Cuando era chico pensaba que se trataba de una especie de cueva, que uno tiene el privilegio de descubrir recién de grande. Resulta ser, sin embargo, que no existe tal oscuridad y que la única diferencia con el lugar que yo frecuentaba de niño, es que las ventanas han sido cubiertas. ¿Para qué? Para que nuestro voto sea un secreto que compartiremos tan solo, con el pizarrón y los pupitres.
Más allá de los candidatos, más allá de las propuestas, es sano vivir en un país que tiene la posibilidad de elegir. Desde aquel primer gobierno de Yrigoyen y la Ley Sáenz Peña, pasando por la inclusión del voto femenino en el año 1947, la Argentina ha podido elegir a sus representantes. Pero cuidado, porque ese privilegio no ha estado siempre vigente. La historia de nuestro país está manchada con la sangre de las dictaduras militares. Durante muchos años, los habitantes de este suelo no tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad. Democracia es sinónimo de libertad. Hoy, y desde hace ya más de 28 años, esta doctrina es un árbol que ha echado raíces y que tenemos el deber de regar constantemente.
¿Qué no te gustan las opciones que hay para elegir? Sucede que no alcanza solamente con meter una boleta en un sobre de tanto en tanto: para que nuestra querida democracia siga gozando de buena salud es imprescindible participar, involucrarse. La militancia política es una de las opciones, pero no la única. Informarse, opinar, comunicar, son todas formas de ser partícipes y de hacer valer nuestro derecho. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a convivir con el que opina diferente a nosotros. Democracia es también sinónimo de pluralismo, lo que implica que inevitablemente existirán siempre fuerzas que defiendan otras posturas. No es sano pretender que nuestra creencia es la única opción correcta. Por lo que se vuelve de vital importancia el rol de los opositores, quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar las decisiones tomadas por quienes son gobierno.
“La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar, libre como el viento.” La historia no la escriben los que ganan, la historia la escribimos entre todos. Es imprescindible mantener viva la memoria, recordando con orgullo a todos aquellos que pagaron con su vida por decir siempre lo que pensaban. Valorando y reivindicando su lucha, ejerciendo siempre nuestro derecho. Algunos días atrás, mientras esperaba que vuelva el presidente de mesa para yo poder votar, vi salir de otra de las aulas a una mujer que había ido con sus dos hijos, y sonreí. Es probable que esos chicos nunca tengan la posibilidad de imaginarse el cuarto oscuro como un lugar misterioso y por descubrir. Pero lo que importa realmente, es que cuando crezcan puedan ser ellos los que vayan con sus hijos, y así sucesivamente. Es por esa razón que, luego de introducir mi sobre en la urna, volví a casa caminando despacio, contento por saber que más allá del nombre de quien sea electo, la que gana siempre sos vos.
Democracia: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
Disfruto del sólo hecho de ir a votar, salir a la calle y encontrarme con la ciudad en situación electoral. El paisaje del domingo difiere del habitual, los estadios de fútbol están cerrados y se abren las puertas de las escuelas. Contrariamente a lo que sucede durante cualquier día de clases, adentro de las aulas reina el silencio, y no por una repentina visita de la directora, sino porque por algunas horas se transformaron en cuartos oscuros. Cuando era chico pensaba que se trataba de una especie de cueva, que uno tiene el privilegio de descubrir recién de grande. Resulta ser, sin embargo, que no existe tal oscuridad y que la única diferencia con el lugar que yo frecuentaba de niño, es que las ventanas han sido cubiertas. ¿Para qué? Para que nuestro voto sea un secreto que compartiremos tan solo, con el pizarrón y los pupitres.
Más allá de los candidatos, más allá de las propuestas, es sano vivir en un país que tiene la posibilidad de elegir. Desde aquel primer gobierno de Yrigoyen y la Ley Sáenz Peña, pasando por la inclusión del voto femenino en el año 1947, la Argentina ha podido elegir a sus representantes. Pero cuidado, porque ese privilegio no ha estado siempre vigente. La historia de nuestro país está manchada con la sangre de las dictaduras militares. Durante muchos años, los habitantes de este suelo no tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad. Democracia es sinónimo de libertad. Hoy, y desde hace ya más de 28 años, esta doctrina es un árbol que ha echado raíces y que tenemos el deber de regar constantemente.
¿Qué no te gustan las opciones que hay para elegir? Sucede que no alcanza solamente con meter una boleta en un sobre de tanto en tanto: para que nuestra querida democracia siga gozando de buena salud es imprescindible participar, involucrarse. La militancia política es una de las opciones, pero no la única. Informarse, opinar, comunicar, son todas formas de ser partícipes y de hacer valer nuestro derecho. Al mismo tiempo, es fundamental aprender a convivir con el que opina diferente a nosotros. Democracia es también sinónimo de pluralismo, lo que implica que inevitablemente existirán siempre fuerzas que defiendan otras posturas. No es sano pretender que nuestra creencia es la única opción correcta. Por lo que se vuelve de vital importancia el rol de los opositores, quienes tienen la responsabilidad de fiscalizar las decisiones tomadas por quienes son gobierno.
“La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar, libre como el viento.” La historia no la escriben los que ganan, la historia la escribimos entre todos. Es imprescindible mantener viva la memoria, recordando con orgullo a todos aquellos que pagaron con su vida por decir siempre lo que pensaban. Valorando y reivindicando su lucha, ejerciendo siempre nuestro derecho. Algunos días atrás, mientras esperaba que vuelva el presidente de mesa para yo poder votar, vi salir de otra de las aulas a una mujer que había ido con sus dos hijos, y sonreí. Es probable que esos chicos nunca tengan la posibilidad de imaginarse el cuarto oscuro como un lugar misterioso y por descubrir. Pero lo que importa realmente, es que cuando crezcan puedan ser ellos los que vayan con sus hijos, y así sucesivamente. Es por esa razón que, luego de introducir mi sobre en la urna, volví a casa caminando despacio, contento por saber que más allá del nombre de quien sea electo, la que gana siempre sos vos.
Democracia: Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
24/09/11
La vuelta está en marcha
Para vos, amigo pincharrata.
Setenta y siete días pasaron desde aquel domingo a la tarde en que llegué a Seddon Accommodation, una casa con: tres habitaciones, una cocina, un living-comedor y un baño. En su esplendor hubo ocho habitantes conviviendo al mismo tiempo, dos por habitación y dos que dormían en el living. Lavar los platos antes de usarlos (y no siempre después), bañarse rápido para que nadie se quede sin agua caliente, convivir con porrones de cerveza vacíos desparramados por doquier, son algunas de las incomodidades a las que hubo que acostumbrarse. Sin embargo, esa casa será por siempre mi casa, mi hogar en Nueva Zelanda. Y cada uno de los que compartieron ese techo serán, a su vez, mi familia neozelandesa.
Proceso: 1. Acción de ir hacia delante.
2. Transcurso del tiempo.
La vida es un continuo transcurrir, se trata de un proceso durante el cual nos vemos constantemente en la obligación/necesidad de tomar decisiones. Para ello, algunos somos más fríos, más pensantes y otros nos dejamos llevar por la intuición, vamos atrás de lo que sentimos. Desde mi punto de vista, lo ideal pasa por combinar ambos estados, buscando elegir con una dosis de frialdad y otra de pasión. No siempre es sencillo lograrlo, pero bien vale la pena el intento.
Hace un par de semanas dejé mi casa, casualmente también fue un domingo. Esa mañana me desperté con la felicidad de saber que estaba comenzando mis vacaciones. En el living los que ya estaban levantados charlaban y, por un instante, yo fui el tema de conversación. Escucharlos me hizo recordar, entonces agarré el teléfono y escribí lo que sigue en un mail para mis amigos: “Acá es domingo a la mañana y me acabo de despertar. En general nunca me acuerdo de lo que soñé, hoy no era la excepción. Pero un amigo mexicano que vive en la casa me ayudó a hacer memoria. Anoche grité un gol mientras dormía. Sólo me acuerdo que fue del Pipi Romagnoli y que lo estaba viendo por tele con mi viejo.”
Vuelta: 1. Regreso al punto de partida.
2. Retorno o recompensa.
3. Repetición de algo.
Ahora escribo sentado en la mesa del comedor del ferry que me cruzará de Picton a Wellington. Navegando por Queen Charlotte Sound, entre un puñado de montes tapizados con el verde oscuro de los árboles, comienzo a dejar atrás la Isla Sur. Lo que significa, de alguna manera, empezar a despedirme también de Nueva Zelanda. Ahí abajo quedaron mi casa, mis amigos, mi familia. Nelson, Hokitika, Queenstown, Dunedin, Kaikoura, Picton. Seis ciudades, de norte a sur y viceversa, en menos de dos semanas le di toda la vuelta a la isla. Volví a ser un turista, mezclado entre los miles que llegaron para ver el Mundial de Rugby. Y hay, en ese hecho, un dejo de nostalgia – por más que hoy posiblemente ya no quede nadie – cada vez que en mi memoria vuelva a cruzar la puerta de la casa de Seddon, ahí estarán todos: desparramados por el living, jugando a la playstation, abrigándose con el calor del hogar.
El otro día, leyendo a Villoro, me encontré con un breve parráfo que me hizo sentir identificado: “Durante nueve años contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español.” Para él patear una pelota y gritar en su idioma eran lo mismo. La analogía es doble. Disfruto de poder comunicarme en otras lenguas – lo que me permite acercarme a otras culturas – pero ningún idioma me gusta tanto como el castellano, a la vez que coincido en el sentimiento de libertad que experimento dentro de una cancha de fútbol. Volver, significará por ende una recompensa, así como también una garantía: no más gritos afónicos contemplando la pequeña pantalla del celular.
Repetición es sinónimo de rutina, lo que no necesariamente debe verse como algo negativo. Como cuando los que se reiteran son los mails que confirman asistencia al asado de mañana a la noche, o lo rutinario pasa por coordinar cuántos somos y cuántos autos hay disponibles para ir a jugar el sábado. Extraño desde hacer la cola para entrar a la cancha, hasta el indignarme por tener que soportar a tal o cual comentarista mientras miro algún partido por televisión. El punto de partida siempre será Buenos Aires. Regresar es también la certeza de revivir gratos momentos, desencadenados por el reencuentro con todos aquellos que son familia. Valoro la posibilidad que tengo hoy, de decidir no por obligación, sino por voluntad. El viaje de vuelta es largo y comenzó aquel día en que el corazón me dijo que ya era buen momento para volver.
Setenta y siete días pasaron desde aquel domingo a la tarde en que llegué a Seddon Accommodation, una casa con: tres habitaciones, una cocina, un living-comedor y un baño. En su esplendor hubo ocho habitantes conviviendo al mismo tiempo, dos por habitación y dos que dormían en el living. Lavar los platos antes de usarlos (y no siempre después), bañarse rápido para que nadie se quede sin agua caliente, convivir con porrones de cerveza vacíos desparramados por doquier, son algunas de las incomodidades a las que hubo que acostumbrarse. Sin embargo, esa casa será por siempre mi casa, mi hogar en Nueva Zelanda. Y cada uno de los que compartieron ese techo serán, a su vez, mi familia neozelandesa.
Proceso: 1. Acción de ir hacia delante.
2. Transcurso del tiempo.
La vida es un continuo transcurrir, se trata de un proceso durante el cual nos vemos constantemente en la obligación/necesidad de tomar decisiones. Para ello, algunos somos más fríos, más pensantes y otros nos dejamos llevar por la intuición, vamos atrás de lo que sentimos. Desde mi punto de vista, lo ideal pasa por combinar ambos estados, buscando elegir con una dosis de frialdad y otra de pasión. No siempre es sencillo lograrlo, pero bien vale la pena el intento.
Hace un par de semanas dejé mi casa, casualmente también fue un domingo. Esa mañana me desperté con la felicidad de saber que estaba comenzando mis vacaciones. En el living los que ya estaban levantados charlaban y, por un instante, yo fui el tema de conversación. Escucharlos me hizo recordar, entonces agarré el teléfono y escribí lo que sigue en un mail para mis amigos: “Acá es domingo a la mañana y me acabo de despertar. En general nunca me acuerdo de lo que soñé, hoy no era la excepción. Pero un amigo mexicano que vive en la casa me ayudó a hacer memoria. Anoche grité un gol mientras dormía. Sólo me acuerdo que fue del Pipi Romagnoli y que lo estaba viendo por tele con mi viejo.”
Vuelta: 1. Regreso al punto de partida.
2. Retorno o recompensa.
3. Repetición de algo.
Ahora escribo sentado en la mesa del comedor del ferry que me cruzará de Picton a Wellington. Navegando por Queen Charlotte Sound, entre un puñado de montes tapizados con el verde oscuro de los árboles, comienzo a dejar atrás la Isla Sur. Lo que significa, de alguna manera, empezar a despedirme también de Nueva Zelanda. Ahí abajo quedaron mi casa, mis amigos, mi familia. Nelson, Hokitika, Queenstown, Dunedin, Kaikoura, Picton. Seis ciudades, de norte a sur y viceversa, en menos de dos semanas le di toda la vuelta a la isla. Volví a ser un turista, mezclado entre los miles que llegaron para ver el Mundial de Rugby. Y hay, en ese hecho, un dejo de nostalgia – por más que hoy posiblemente ya no quede nadie – cada vez que en mi memoria vuelva a cruzar la puerta de la casa de Seddon, ahí estarán todos: desparramados por el living, jugando a la playstation, abrigándose con el calor del hogar.
El otro día, leyendo a Villoro, me encontré con un breve parráfo que me hizo sentir identificado: “Durante nueve años contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español.” Para él patear una pelota y gritar en su idioma eran lo mismo. La analogía es doble. Disfruto de poder comunicarme en otras lenguas – lo que me permite acercarme a otras culturas – pero ningún idioma me gusta tanto como el castellano, a la vez que coincido en el sentimiento de libertad que experimento dentro de una cancha de fútbol. Volver, significará por ende una recompensa, así como también una garantía: no más gritos afónicos contemplando la pequeña pantalla del celular.
Repetición es sinónimo de rutina, lo que no necesariamente debe verse como algo negativo. Como cuando los que se reiteran son los mails que confirman asistencia al asado de mañana a la noche, o lo rutinario pasa por coordinar cuántos somos y cuántos autos hay disponibles para ir a jugar el sábado. Extraño desde hacer la cola para entrar a la cancha, hasta el indignarme por tener que soportar a tal o cual comentarista mientras miro algún partido por televisión. El punto de partida siempre será Buenos Aires. Regresar es también la certeza de revivir gratos momentos, desencadenados por el reencuentro con todos aquellos que son familia. Valoro la posibilidad que tengo hoy, de decidir no por obligación, sino por voluntad. El viaje de vuelta es largo y comenzó aquel día en que el corazón me dijo que ya era buen momento para volver.
30/08/11
Bajo cero
La temperatura corporal desciende gradualmente, el paisaje comienza a teñirse de blanco y la sensación térmica se ve reflejada en ese movimiento espasmódico e inevitable que uno realiza al temblar. Si el termómetro fuera el ascensor de un edificio, en este momento estaríamos bajando hasta el primer subsuelo probablemente. Puedo contar las veces que he visto nevar con los dedos de una sola mano, desconozco cuántas más serán necesarias para que yo deje de sonreír por el simple hecho de ver los copos cayendo.
Frío: 1. Dicho de un cuerpo: que tiene una temperatura muy inferior a la ordinaria del ambiente.
2. Que, respecto de una persona o cosa, muestra indiferencia, desapego o desafecto, o que no toma interés por ella.
3. Sensación que se experimenta ante un descenso de temperatura.
Soy propenso a experimentar la sensación mencionada en la definición número tres. Definitivamente prefiero el verano antes que el invierno. Me gusta el calor, disfruto de el sólo hecho de no tener que abrigarme. Sin embargo, llegar al viñedo y ver todo pintado de color blanco fue espectacular. Con seis capas de ropa encima, igual me era imposible dejar de temblar. Entre las actividades que realizo a diario en el trabajo, lo mejor es el stripping si uno pretende mantener el cuerpo caliente: se trata de arrancar de entre los cables de acero las ramas sueltas que ya fueron podadas. Suele ser bastante fastidioso, es inevitable recibir cada dos por tres algún que otro latigazo al tirar con fuerza de las que están más enredadas. Bajo la lluvia blanca fueron un par de horas durante las que se podría decir: disfruté de tener frío.
Hace poco más de dos años nacía este espacio, casi de casualidad: una tarde se me ocurrió hacer un blog para poder publicar un artículo que había escrito. Estuve varias horas para decidir cuál iba a ser el nombre del mismo. Del blog, no del artículo. Y no sabía todavía, que al elegir Hacé la pausa estaba al mismo tiempo marcando el camino a seguir. La expresión tiene un origen futbolero y puede ser aplicada con el mismo sentido a cualquier situación de la vida cotidiana.
“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”, escribió Eduardo Sacheri. Yo juego al fútbol con pasión, se me va la vida en cada partido y vuelvo a renacer con cada pitazo inicial. Se juega como se vive. Cuando me siento a escribir soy igual. El año pasado redacté unos cuantos artículos para un portal de deportes que, en ese entonces, estaba recién dando sus primeros pasos. Un día decidí dejar de hacerlo: me di cuenta que había perdido temperatura, la simpleza del trabajo requerido iba en detrimento de la dosis de pasión necesaria para poder sentirme satisfecho. Se vive como se juega.
Este blog puede tomar diferentes formas, puede ser una bitácora durante algún viaje, así como también un cable a tierra ante una situación o suceso que no es de mi agrado. Siempre haciéndole honor a su nombre, sin precipitaciones. Algunas veces escribo para compartir una experiencia, algunas otras para realizar algún tipo de denuncia. Hoy lo hago con la intención de incomodar.
En el mundo en que vivimos hay museos, hay osos de peluche y también polares, hay wi-fi, hay rascacielos y villas miseria, hay sopas instantáneas, teléfonos celulares, películas de terror y carreras de caballos. Hay también balcones, fronteras, música funcional, orcas asesinas, zapatos con tacos. Hay marihuana y hay guerras. En el mundo en que vivimos hay pisos radiantes, estufas eléctricas, calefacción central. Pero no todos vivimos en las mismas condiciones, hay gente como yo por ejemplo, que un día se puede dar el lujo de trabajar bajo la nieve y disfrutarlo. Mientras hundía mis botas en la alfombra blanca se me vino la imagen de aquel que convive con esa sensación llamada frío todos los días. Y lo sufre.
Empecé con la descripción de una mañana bajo la nieve. No tenía del todo claro hacia donde quería a ir. Me gusta embarcarme en este tipo de relatos en los que me dejo llevar, sin tener la certeza de si voy a llegar a algún destino en particular. Generalmente son los más difíciles de escribir. El hilo conductor de este artículo es el análisis de lo que no necesita ser analizado. Porque de eso se trata hacer la pausa, de tomarse un tiempo de más para pensar – y repensar, las veces que sea necesario – en todo aquello que a simple vista parece simple, valga la redundancia. Resulta muy gratificante darse cuenta de que no fue un tiempo perdido, de que lejos estuvo de estar de más. En el básquet lo llaman tiempo muerto. Yo suelo utilizarlo para buscar en el diccionario, por ejemplo. Una de las definiciones de la palabra pasión dice: lo contrario a la acción. Nada tiene que ver con el uso que le di algunos párrafos más arriba. Sin embargo, la inacción puede ser también la calma que antecede a la tormenta. Porque una buena solución para dejar de sentir frío, podría ser ponernos en movimiento.
Frío: 1. Dicho de un cuerpo: que tiene una temperatura muy inferior a la ordinaria del ambiente.
2. Que, respecto de una persona o cosa, muestra indiferencia, desapego o desafecto, o que no toma interés por ella.
3. Sensación que se experimenta ante un descenso de temperatura.
Soy propenso a experimentar la sensación mencionada en la definición número tres. Definitivamente prefiero el verano antes que el invierno. Me gusta el calor, disfruto de el sólo hecho de no tener que abrigarme. Sin embargo, llegar al viñedo y ver todo pintado de color blanco fue espectacular. Con seis capas de ropa encima, igual me era imposible dejar de temblar. Entre las actividades que realizo a diario en el trabajo, lo mejor es el stripping si uno pretende mantener el cuerpo caliente: se trata de arrancar de entre los cables de acero las ramas sueltas que ya fueron podadas. Suele ser bastante fastidioso, es inevitable recibir cada dos por tres algún que otro latigazo al tirar con fuerza de las que están más enredadas. Bajo la lluvia blanca fueron un par de horas durante las que se podría decir: disfruté de tener frío.
Hace poco más de dos años nacía este espacio, casi de casualidad: una tarde se me ocurrió hacer un blog para poder publicar un artículo que había escrito. Estuve varias horas para decidir cuál iba a ser el nombre del mismo. Del blog, no del artículo. Y no sabía todavía, que al elegir Hacé la pausa estaba al mismo tiempo marcando el camino a seguir. La expresión tiene un origen futbolero y puede ser aplicada con el mismo sentido a cualquier situación de la vida cotidiana.
“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol.”, escribió Eduardo Sacheri. Yo juego al fútbol con pasión, se me va la vida en cada partido y vuelvo a renacer con cada pitazo inicial. Se juega como se vive. Cuando me siento a escribir soy igual. El año pasado redacté unos cuantos artículos para un portal de deportes que, en ese entonces, estaba recién dando sus primeros pasos. Un día decidí dejar de hacerlo: me di cuenta que había perdido temperatura, la simpleza del trabajo requerido iba en detrimento de la dosis de pasión necesaria para poder sentirme satisfecho. Se vive como se juega.
Este blog puede tomar diferentes formas, puede ser una bitácora durante algún viaje, así como también un cable a tierra ante una situación o suceso que no es de mi agrado. Siempre haciéndole honor a su nombre, sin precipitaciones. Algunas veces escribo para compartir una experiencia, algunas otras para realizar algún tipo de denuncia. Hoy lo hago con la intención de incomodar.
En el mundo en que vivimos hay museos, hay osos de peluche y también polares, hay wi-fi, hay rascacielos y villas miseria, hay sopas instantáneas, teléfonos celulares, películas de terror y carreras de caballos. Hay también balcones, fronteras, música funcional, orcas asesinas, zapatos con tacos. Hay marihuana y hay guerras. En el mundo en que vivimos hay pisos radiantes, estufas eléctricas, calefacción central. Pero no todos vivimos en las mismas condiciones, hay gente como yo por ejemplo, que un día se puede dar el lujo de trabajar bajo la nieve y disfrutarlo. Mientras hundía mis botas en la alfombra blanca se me vino la imagen de aquel que convive con esa sensación llamada frío todos los días. Y lo sufre.
Empecé con la descripción de una mañana bajo la nieve. No tenía del todo claro hacia donde quería a ir. Me gusta embarcarme en este tipo de relatos en los que me dejo llevar, sin tener la certeza de si voy a llegar a algún destino en particular. Generalmente son los más difíciles de escribir. El hilo conductor de este artículo es el análisis de lo que no necesita ser analizado. Porque de eso se trata hacer la pausa, de tomarse un tiempo de más para pensar – y repensar, las veces que sea necesario – en todo aquello que a simple vista parece simple, valga la redundancia. Resulta muy gratificante darse cuenta de que no fue un tiempo perdido, de que lejos estuvo de estar de más. En el básquet lo llaman tiempo muerto. Yo suelo utilizarlo para buscar en el diccionario, por ejemplo. Una de las definiciones de la palabra pasión dice: lo contrario a la acción. Nada tiene que ver con el uso que le di algunos párrafos más arriba. Sin embargo, la inacción puede ser también la calma que antecede a la tormenta. Porque una buena solución para dejar de sentir frío, podría ser ponernos en movimiento.
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